E-Ciencias de la Información Revista electrónica publicada por la Escuela de Bibliotecología y Ciencias de la Información, Universidad de Costa Rica, 2060 San José, Costa Rica http://ebci.ucr.ac.cr E-Ciencias de la Información Revista electrónica semestral, ISSN-1659-4142 Volumen 3, número 2, discurso 1 Julio - diciembre, 2013 Publicado 1 de julio, 2013 http://revistaebci.ucr.ac.cr/ Tácticas para envenenar el olvido: de la memoria rupestre a Cibernet Carlos Manuel Villalobos Villalobos Protegido bajo licencia Creative Commons Universidad de Costa Rica E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 Tácticas para envenenar el olvido: de la memoria rupestre a Cibernet Carlos Manuel Villalobos Villalobos1 PRESENTACIÓN Conferencia en el marco del Día del Libro, 23 de abril de 2013. Facultad de Educación. Escuela de Bibliotecología y Ciencias de la Información Fecha de recibido: 25 abr. 2013 Fecha de aprobado: 30 abr. 2013 Yo pertenezco a la generación que entró a la universidad con máquina de escribir y soy de los primeros en el mundo que escribieron su tesis de graduación con un procesador de circuitos integrados. Este cambio fue como pasar de la bicicleta al aeroplano. Vimos cómo un teclado brujo entendía lenguajes de misterio y los transformaba en palabras verdes que iban apareciendo en la pantalla de un televisor llamado computadora. Fui testigo del surgimiento de una revolución que trastocaría la vida de millones de personas en todos los rincones del planeta. Pera esta revolución no es solamente un hilo de hechos que se sincronizan en el siglo XX. Tendríamos que empezar el cuento mucho tiempo atrás, pues la cuna de esta tecnología tiene sus genes en la antigua ceremonia de fijar en una piedra las señales de la conciencia. Escribir deriva de la raíz indoeropea 'skribh' que significa “rayar”. Estos raspados y pinturas en la roca se inscriben para auxiliar a la memoria y facilitar la comunicación. Estas rayas, que vienen desde el vientre mismo de las civilizaciones conocidas, fueron alguna vez la primera de las grandes revoluciones de este cuento de guardar recados. En un brillante ejercicio de deconstrucción de la cultura occidental, el filósofo francés Jacques Derridá desmantela el concepto de escritura y propone que el habla es en sí ya escritura en tanto huella instituida2 y si esta posibilidad se extrapola al mundo de lo metafísico, las profesiones de fe estarían de acuerdo con que en la conciencia o en el alma están escritos los mensajes eternos de los dioses. Los científicos saben bien que existe prueba de escrituras genéticas, sistemas neurológicos y códigos de inmunología que aprenden y almacenan datos en soportes que ni siquiera alcanzamos a comprender. De este modo, en cada célula, vegetal o animal, están estás escritas las claves que saben interpretar la vida. Como semiótico especialista en discursos culturales, en esta conferencia me atengo al concepto tradicional de escritura, entendido como sistema de signos que representan palabras, ideas o sonidos, principalmente, como notación verbal, auditiva o visual. De este modo, a las palabras 1 Universidad de Costa Rica. Escuela de Filología y Lingüística. COSTA RICA CARLOS.VILLALOBOS@ucr.ac.cr 2 Jacques Derridá (1930-2004) desarrolla estas tesis principalmente en sus libros De la gramatología (1967) y La escritura y la diferencia (1967). ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 1 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 no se las lleva el viento a morir como una flor del día. Sin embargo, la escritura, al igual que la oralidad, tarde o temprano también enfrenta la tachadura. Existe entonces una historia del olvido y existe una historia de la memoria. Esta comunicación es un contrapunteo entre ambas dimensiones. Las huellas de la escritura en incontables soportes representan la historia de la memoria. Las tachaduras, los borrones, la quema de bibliotecas y la prohibición de libros representan la historia del olvido. Si la historia de este pulso, que arranca justo en las cuevas rupestres hace más o menos 40 mil años, se pudiera resumir en un lapso de 24 horas, esto significa que hace apenas dos minutos fue posible la invención de la computadora, y tan solo hace 15 segundos se desbordó la palabra en las fauces hambrientas del mundo digital. Parece que, por fin, la memoria está ganando esta partida. Parece. En 1971, cuando la IBM© lanzó el primer disquete de ocho milímetros, que era como decir casi un disco de acetato, los seguidores de la cibernética quedaron boquiabiertos: se había superado el mundo de las tarjetas que perforaba con sus dientes electrónicos la incipiente inteligencia artificial. La escritura ahora también podía almacenar un lo invisible. Entonces, la capacidad de estos soportes de memoria era de poco menos de 100 kilobytes. En 1984, cuando llegamos a mil bytes, hubo que cambiar el código y se utilizó entonces el concepto de megabytes (10 mil bytes). Del Mega pasamos al Giga y, en este momento, estamos en la época del Tera, es decir, un millón de bytes. En el futuro seguirán el Peta, el Exa, el Zeta y el Yotta. Cuando lleguemos a Yotta el número será 10 más 24 ceros. En un dispositivo así podríamos guardar todas las películas del mundo, cien veces la Biblioteca de Alejandría y la música de todas las etnias de la historia humana y todo esto lucirlo en un mínimo espacio y llevarlo como si fuera un arete de cristal. Esto no está en la imaginación desbordada del espectro de Julio Verne. Esto está a la vuelta de la esquina. Pero eso es solo la punta del iceberg si lo pensamos en términos de los posibles cambios que a futuro sucederán en este corcel binario que viaja a galope desbocado. Pasó de moda el armatoste que tanto se parecía al trillado televisor. Estamos en la era de las tabletas electrónicas, de los ciberconectores, del Android marked y la integración de todo lo posible bajo la misma sombrilla de los lenguajes informáticos. Un diluvio universal de textos nos ofrece al instante océanos de palabras en un babel de lenguas desbordado. Nos asomamos por la borda de la web a este maremoto que nos mueve a la deriva del conocimiento a mar abierto. Algunos lo llaman mar y otros, nube; pero ya no alcanzan las metáforas para explicar esta avalancha. Mientras tanto, el dilema de la memoria y el olvido nos vuelven a convocar. Realmente está ganando la memoria. ¿Y si todo esto terminará más bien ahogándola? Pregúntenle a un niño de 10 años qué es un floppy disk o disquette. Nos mirará con un signo de pregunta y, si acaso sabe, entenderá que ese obsoleto dispositivo pertenece a la era de los dinosaurios. ¿Para qué se necesita saber lo que ya no sirve? ¿No es mejor echarlo al cajón del olvido? Alguna vez, en broma, he hecho este ejercicio. Fingir que estoy en el futuro y que recuerdo desde otro tiempo el instante que estoy viviendo en el presente. ¿Qué sentido tiene tener recuerdos del ahora mismo? ¿Será que esa inmediatez es la memoria de nuestro tiempo? ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 2 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 Vuelvo a la pregunta: ¿Cuánta memoria hay en nuestra memoria? ¿Cuánto de olvido hay en nuestro olvido? Es la hora cero de mi analogía de 40 mil años resumidos en 24 horas. Los dibujantes de las cavernas madrugan para expresar sus historias en la piedra. Todo esto empieza justo cuando los vientos glaciales de la última nevada universal estaban convirtiendo en pasado a los mamuts. Y ahí, en las precarias cuevas de salvación, ya evolucionados, los homo sapiens empiezan a escribir en la piedra avisos al futuro. En Tulancingo, México, detrás de la zona arqueológica de Huapalcalco, tuve la oportunidad de ver algunas de estas inscripciones que datan de miles de años. Aún se ven las tinturas milenarias de lo que parecen ser escenas de chamanes. En estas cuevas dispersas por el mundo es posible ver el cuento de la caza y el dato de cuántas lanzas se lanzaron y cuántos animales consiguieron. Durante horas, las pantallas rupestres son el noticiario de la tribu. Hijos, nietos biznietos y miles de generaciones siguen sintonizando estas épicas de la caza y ceremonias hechiceras. Por la tarde de este largo día, posiblemente a eso de la dos en punto, ya cansados del mismo cuento, los humanos empiezan a pintar vasijas y a dejar sus huellas en piedras, pieles, huesos y caparazones. Después de 18 largas horas, por fin aparece la escritura con atisbos fonológicos. Son las seis en punto de la tarde. Entonces, ocurre la primera revolución. Más allá de las covachas, alguien tiene la idea de pintar con signos el nombre de las cosas y salvarlas del olvido. De esto hay prueba en las tablas de Tartaria halladas en Rumanía, en los caparazones de tortuga encontrados en Jiahu, la China, en las marcas de los olmecas, inventores de la escritura en Mesoamérica o, más recientemente, en las los glifos mayas impresos en estuco. Cada cultura que emergió en la historia de algún modo consiguió dejar su huella en apuntes que grababan en piedra, madera, arcilla e incluso en nudos parlantes como algunos nombran al curioso método de escritura inca llamado quipu. Algunas de los materiales usados sucumbieron a las inclemencias y se los comió el olvido, pero otros soportaron el tiempo y nos legaron sistemas de signos que siguen retando a la curiosidad de nuestro tiempo. Como semiólogo no puedo establecer una frontera clara entre los sistemas identificables como escritura y los ornamentos pictóricos en vasijas cerámicas y otros objetos del legado antiguo. Si escribir es grabar para posponer el signo, en eso estoy de acuerdo con Derridá, incluso la danza y las ceremonias son formas colectivas de escritura. Todos responden, en última instancia, a la historia de la memoria. Así, por ejemplo, en la belleza de un huipil tejido con paciencia artesanal hay gritos del tiempo, señales de la memoria, que solo saben las manos tejedoras. Ahí también hay un misterio semiótico que muchos desconocen y, sin embargo, el color, el trazo y la numeración de estas telas es un cuento posible que alguien inventó tiempo atrás. ¿Qué dicen estos trajes ancestrales? Cuentan cuentos que quizá sepan de memoria los herederos. Dicho de otro modo, esta vestimenta es en función semiótica un libro abierto que anda por la calle. Cuando son aproximadamente las siete de la noche en esta comparación cronológica que propongo, los sumerios están viviendo su esplendor. Como muchos otros pueblos, al principio escribían con base en pictogramas. Pero abandonan este modo y se inventan la madre de la pluma fuente y la antesala del alfabeto con el que están escritas estas líneas. Es un modelo que abandona el morfema, es decir, la referencia icónica al nombre de las cosas y propone, en su ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 3 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 lugar, un novedoso mecanismo: el valor fonético silábico. De cientos de posibles trazos para escribir prácticamente un diccionario, se pasa a unos cuantos signos que imitan los vaivenes sonoros de la lengua. Para imprimir estos signos se usó un tallo vegetal biselado que tenía forma de cuña, es decir, un estilete en forma triangular que hunde la pasta flexible de la arcilla. Posteriormente, se diseca al sol o al fuego y queda lista para perdurar por siglos. Por este método es que se conoce a esta escritura como cuneiforme, es decir, escritura en forma de cuña. Gracias a este invento se producen toneladas de tablillas que ahora se pueden almacenar, borrar y reescribir. Así se llevan las cuentas de todo lo que ocurre. Es tan fascinante este sistema que las huellas de los mitos sumerios y sus ideas nos llegaron intactas, afortunadamente descifradas gracias al trabajo de lingüistas y arqueólogos como Henry Rawlinson y Ernest Sarzec, entre otros. De este modo, descubrimos el fascinante poema legendario de Gilgamesh, un héroe mítico que viaja al inframundo. Es el texto literario escrito más antiguo que se conoce hasta el momento. También tenemos noticias de la cotidianidad sumeria. Por ejemplo, una de las tablillas presenta un diálogo de un padre con un hijo desobediente. El padre reclama con enojo la vagancia del muchacho: “Crees que llegarás con éxito, tú que vagas por las plazas? Piensa en las generaciones de antaño, frecuenta la escuela y sacarás provecho”.3 Tal parece que los reclamos de los adultos en relación con las poblaciones jóvenes de ese entonces, 3700 años atrás, coinciden con las de hoy. De este modo, resulta fácil afirmar que todo dictado negativo contra los jóvenes es prejuicio adulto. Por esto, cuando me invitan a promover la lectura entre los jóvenes, siento deseos de darme la vuelta y promover la paciencia, y dicho sea de paso también la lectura, entre los más adultos. A la vuelta de 20 años los acusados estarán sentados en mismo lugar del juez y tendrán entonces el mismo reclamo para la siguiente generación: “¡qué mal está la juventud de hoy!”. Estas y muchas otras informaciones escritas se brincaron los siglos y llegaron ilesas a nuestro tiempo. Solo en Nínive, una importante ciudad asiria besada por el Tigris, se han encontrado miles de estas tablillas. Es la más antigua biblioteca de la que se tiene referencia. Disponían de un taller de copistas y anaqueles para guardar y clasificar los materiales. Curiosamente, esta historia entroncará, como ya veremos, con otras tablas que han vuelto como loco al mundo: las electrónicas. Tal vez estas tablillas parlantes de la audacia cuneiforme sigan por los siglos, contando sus historias y quizá nuestras tablas de magia digital, para ese entonces, lleguen mudas. ¿Quién sabe? Lo cierto del caso es que este sistema de escritura rompió con los modelos pictográficos que tenían otros pueblos y propició su uso en otras lenguas. Casi al mismo tiempo que los habitantes de estas fértiles tierras entre el Tigris y el Éufrates, produjeran este invento, a las orillas de otro río, el más famoso de los tiempos: en el Nilo, otro pueblo estaba inventando un modelo de escritura igualmente fabulosa. Los egipcios desarrollaron la escritura jeroglífica. No se basa, como la sumeria, en la imitación de sonidos silábicos, sino que combina al mismo tiempo lo figurativo, lo simbólico y lo fonético. Son marcas que supuestamente tienen un referente sagrado. Por eso, con base en la lengua que todo lo nombró, la griega, se les llama jeroglíficos: ερόςἱ (hierós, “sagrado”) y γλύφειν (glýfein, “grabar”). 3 Recuperado de http://www.mediterraneoantiguo.com/2012/09/articulo-sumer-nada-ha-cambiado-desde.html (20 de abril de 2013). ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 4 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 Ciertamente, no es un sistema fácil, como sí lo será después el que desarrollaron los fenicios, pero los signos hieráticos de este modelo no dejan de ser impresionantes. La imagen de la parte inferior de una pierna se convierte en la letra b. Si ustedes miran esta letra verán en efecto cómo se asemeja el signo a una pierna con su pie. Otro ejemplo: el junco es una hoja cilíndrica, alargada y flexible; pues bien, para representar esta planta se usaba una línea recta con una ligera flexión en la parte superior. Se parece a la nuestra actual letra latina“i”. Los egipcios grababan esta escritura en pieles, piedra, madera y cerámica al igual que muchos otros pueblos de su tiempo, pero legaron un invento que no es posible dejar de mencionar en los anales de la historia del libro. En las fértiles riberas del Nilo crece una planta palustre llamada Cyperus papyrus. De ahí sacaron los egipcios las largas hojas que envolvían en rodillos. Durante mucho tiempo estas largas láminas fueron un misterio y los griegos, intrigados, querían el secreto. Cuando preguntaron oyeron como respuesta “papiros”, que en lengua sagrada egipcia en realidad quería decir “no lo toques esto es del Faraón”. Luego, los griegos importarían el “nolotoques” de una ciudad llamada Biblos y es de ahí, precisamente, de donde viene la palabra griega para “libro”. De ahí derivan Biblia, biblioteca y bibliografía, entre otros términos. De papiro deriva la palabra papel. Es ciertamente chistoso que su sentido primigenio signifique “nolotoques”. Sin embargo, la industria actual del papel para los libros es más un aporte chino que egipcio. Los asiáticos primero usaron el bambú, luego fueron más precisos y con paja de arroz y de algodón diseñaron láminas más adecuadas para escribir y pintar. Egipto, mientras tanto, permaneció guardado por la arenas del olvido durante siglos, pero cuando Napoleón Bonaparte decidió la locura de invadirlo, se llevó con él a los ilustrados que hurgarían en la historia de este pueblo milenario. A diferencia de los europeos que destruyeron los maravillosos códices de las culturas del nuevo mundo, los soldados de Bonaparte guardaban con certeza patrimonial todo cuanto hallaban. Fue así como encontraron una piedra con tres escrituras diferentes: la jeroglífica, el demótico (un código egipcio de uso popular derivado del hierático) y, finalmente, lo mejor para efectos de traducción: griego antiguo. Esta es la famosa Piedra de Rosetta que luego los ingleses confiscaron. Pero los galos apuntaron todo y fue así como un genio llamado Jean-François Champollion hizo lo que casi todos los lingüistas creían imposible: descifró los jeroglíficos. Luego, las estelas y todas las cerámicas empezaron a gritar historias y el mundo maravillado entendió lo que tres mil años antes había quedado mudo. Ya he dicho que los fenicios fueron los que finalmente resumieron estos sistemas de escritura y aportaron la última de las revoluciones antes de la imprenta: ellos fueron los que inventaron el alfabeto con base en los sonidos más elementales. Y como eran unos navegantes del comercio contagiaron a buena parte del mundo en el último milenio antes de nuestra era. De su propuesta sale la escritura aramea, árabe, griega, hebrea, cirílica y, desde luego, la latina. Otros pueblos, como los chinos y los mayas, mantendrían los ideogramas y otras mezclas similares al código hierático de los egipcios. Me detengo un momento en el caso de las culturas precolombinas de nuestro lado del mundo. Principalmente, tres grandes civilizaciones produjeron acá los famosos libros llamados códices. Estas culturas son la maya, la mixteca y la mexica. Los códices se plegaban como un acordeón y se pintaban por ambos lados. Para ello, se usaba, principalmente, piel de ciervo y papel amate, extraído de la corteza de algunos ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 5 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 árboles. Durante mucho tiempo se creyó que la escritura pictográfica de estos pueblos era solo eso, dibujos y más dibujos, como serie de un cómic milenario que nadie comprendía. Hoy se sabe que la mezcla de códigos ideográficos y fonéticos, más el zigzag de la lectura, evidencia que conformaban bibliotecas gigantescas. Lamentablemente, frente a la visión auto-referencial de los europeos, miles de estos textos ardieron en las llamas de la ignorancia, principalmente, como ya veremos, a manos de un tal Diego de Landa. Se perdieron bibliotecas enteras y de este modo murió para siempre un legado inimaginable. La historia de las grandes bibliotecas que guardaron la palabra fundadora de lo que hoy llamamos Occidente tiene dos referentes antiguos que se disputaban el privilegio de los mejores tesoros del conocimiento. Son la biblioteca de Alejandría y la de Pérgamo. Dicen que ganaba en contenido y gloria la biblioteca Real de Alejandría, la ciudad que fundó el Gran Alejandro. Fueron los sabios Ptolomeos, leales a Alejandro Magno y sembradores de la era helenística de Egipto los constructores de esta biblioteca. Venían barcos de todas partes a dejar y a copiar volúmenes. Parecía como si el faro que recibía a los marinos atrajera con fervor las mentes ávidas de conocimiento. Desgraciadamente, otro incendio de odio de los tantos que trancan los ríos del saber acabó con todo. Y, entonces, Pérgamo fue la que finalmente logró salvar de este diluvio incendiario algunos de los legados que guardaba Alejandría. La ciudad de Pérgamo está en el mar Egeo, en lo que hoy es Turquía, cerca de Troya y justo al frente de la Isla de Lesbos, la patria de la gran poeta Safo que tanto ha sido amada y maldecida por sus labios de tinta erótica. Al principio, los libros se copiaban todos en papiro, pero como este material venía de Egipto y Alejandría era rival de Pérgamo, en un intento de boicot dejaron de suministrarlo. Fue entonces cuando surgió la urgencia de usar la piel vacuna como soporte. El nombre que recibe este invento se conocerá en la historia como pergamino, por ser de Pérgamo. No eran tantos los manuscritos de esta biblioteca si se compara con Alejandría, pero eran casi trescientos mil. Había de todo, pero algunos de los grandes textos literarios no estaban en los anaqueles de Pérgamo. Eso sí la filosofía griega estaba casi toda y es así como hoy sabemos de Sócrates, Platón y el gran maestro de Alejandro: Aristóteles. Más tarde, cuando la ruina y los saqueos cayeron sobre Pérgamo, Marco Antonio y su Cleopatra mandarían un cargamento de volúmenes a Alejandría en un intento de volverla un Fénix del conocimiento humano. Por cierto, actualmente, más por nostalgia cultural que por epicentro del saber, esta biblioteca, con ayuda internacional y de la UNESCO, ha sido reinstalada en esta pujante ciudad egipcia, solo que para llegar al legendario faro de su luz hoy no es necesario tomar un barco. El viaje se puede hacer desde cualquier dispositivo conectado a la Internet. El viento que lleva a las costas de esta dirección es simplemente www.bibalix.org. También habría que decir que bastaría un simple terabite y sobra espacio para almacenar todos los escritos que llegaron a tener estas rivales bibliotecas y las que luego hubo en Atenas, Rodas e incluso en Antioquia. Pero eso es otra larga historia. Muchos libros se salvaron gracias a que Pérgamo logró copiarlos y luego se propagaron por las nuevas bibliotecas que tendría el mundo. Muchas referencias ya estaban por perdidas para Europa siglos después. Pero llegaron sanas y salvas gracias a las cultas bibliotecas árabes y persas. Fue así como Europa, gracias al maestro Avicena o Ibn Siná, redescubrió a Aristóteles. ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 6 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 De este modo, hoy estamos mejor enterados de las polémicas que existían en torno a temas que nunca dejan de inquietar: por ejemplo, ¿es bueno leer o no hace falta? Un filósofo griego llamado Sócrates, quien nunca escribió, no creía en la escritura. Al menos eso es lo que dice Platón, el que sí escribe, en un diálogo llamado Fedro y sobre el que hará en 1968 Jacques Derridá un magno ensayo titulado La Farmacia de Platón. Sócrates hará uso de los mitos y propondrá que una deidad llamada Theuth le lleva como regalo a su padre Thamus, la grammata, es decir, un sistema de escritura. Theuth cree que este invento será el remedio contra el olvido humano. Pero Thamus cree que, más bien, es un veneno, pues habrá de pervertir el habla y la memoria de los hombres que, atenidos a la escritura, se olvidarán de recordar. Lo paradójico de este tema es que en griego 'remedio' y 'veneno' son un mismo término: “fármacon”. De ahí la aporía de esta discusión: la lectura enferma y es, al mismo tiempo, la cura. He aquí la gran discusión de siglos: la escritura es nociva y, por lo tanto, leer es un peligro o, por el contrario, la escritura nos vuelve sabios y nos salva de todo olvido. Resulta entonces paradójico que aquello que existe como remedio para salvar la memoria sea al mismo su veneno. Si todo está en el libro, no es necesario recordarlo. Si todo en está en la enciclopedia y ahora en mi dilecta Wikipedia, para qué memorizar nombres, fechas y otros datos. Esta conferencia, por ejemplo, me hubiera sido mucho más ardua sin el potente motor de Google©, que incluso corrige si apunto mal lo que estoy buscando. Para los ministerios de educación y de cultura en muchos países del mundo, la lectura es un bien social: un remedio contra la ignorancia. Pero para ciertas religiones sectarias y regímenes totalitarios, la lectura es un peligroso mal que urge controlar con lupa. Esta tesis inquisidora fue la que guió a Diego de Landa en su gran quema de los códices mayas. Llegó a Yucatán en 1549 con la misión de volver cristianos a todos los infieles y salvajes de este lado de la Indias. No fue fácil encender a Dios en el alma de los indígenas, entonces, enojado usó la espada y el fuego. He aquí sus palabras: "Hallámosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio, se los quemamos todos, lo cual sentían a maravilla y les daba pena".4 La cantidad de libros que quemó de Landa se calcula en toneladas. Borró de un solo escarmiento contra el Diablo, la historia de miles y miles de sabios del mundo maya. Con los años quiso justificar el daño y se dedicó a explicar con las cenizas de la memoria lo que había quemado. Paradójicamente, son sus escritos, es decir sus exorcismos, la única ventana que existe para mirar hacia el olvido de toda aquella civilización. Hoy nadie puede investigar la escritura maya sin antes haber pasado por los apuntes explicativos del cura que alguna vez le decretó la muerte al saber mesoamericano. Los incendios para condenar la memoria son plurales en la historia del mundo. Ahí donde se clava un puñal en la garganta de los piensan, ahí mismo ocurren siempre las cremaciones de la 4 Recuperado de http://es.wikipedia.org/wiki/Diego_de_Landa (19 de abril de 2013). ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 7 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 palabra. El 10 de mayo de 1933, Hitler incinera miles de libros, principalmente aquellos que aseguran con rigor científico que los humanos somos semejantes. Las piras incendiarias contra el libro abundan en la historia. Y hasta en este tema los primeros son los chinos. Ya en el 212 a.C. hay noticias de Qin Shi Huang quemó libros académicos con todo y sus autores. Es infame también la hoguera de las vanidades que promovió Girolamo Savonarola en la Florencia de finales del siglo XV. Pero no hay que ir tan lejos para encontrar fogatas de este tipo. En Chile, después del golpe de 1973, el Ministerio del Interior quemó más de 15 mil libros. A esto hay que agregar la guillotina, la amenaza, la persecución de miles de escritores en el mundo que han tenido que salir huyendo de su patria y exiliar sus palabras en otro lado. Estos otros silencios, estos otras maniobras para evitar palabras, aún existen; y si no que lo diga Julian Assange, el fundador de WikiLeakes, perseguido hasta los huesos por su argucia de develar los secretos del poder. A la historia de la quema de Diego de Landa en Yucatán hay que unir necesariamente la historia completa del Index librorum prohibitorum et expurgatorum. Este índice recorrió los siglos y todos los países de poder católico. Aquí mismo, en Costa Rica, en 1881 el grupo de lectores de la biblioteca pública que tenía Julián Volio, en San Ramón de Alajuela, fue excomulgado, pues, a vista y paciencia de todo el pueblo, tenían varios libros considerados un veneno para el alma5. Es de sobra con conocido que autores como François Rabelais, Giordano Bruno, René Descartes, Honoré de Balzac, Émile Zola y Jean-Paul Sartre, entre otros, estuvieran en dicha lista. Pero es poco conocido que los enciclopedistas como Denis Diderot y posteriormente Pierre Athanase Larousse y su Gran Diccionario Universal también estuvieran entre los autores malditos de la Santa Inquisición. El proyecto enciclopédico de Diderot resultaba amenazante porque ponía al alcance de todo el mundo el saber de todo. En esta persecución no solo estaba la iglesia, sino también la monarquía. Por esta razón, la enciclopedia es un proyecto de rebeldía que se tiene que hacer de manera clandestina. En consecuencia, si nos atenemos a los índices de excomunión católica, es pecado la enciclopedia, porque vuelve memoria aquello que debe estar destinado al olvido: algo así como las extrañas ideas de un tal Galileo Galelei, quien en su locura contra Dios, alguna vez afirmó que esta mansa tierra gira y gira como una bola: ¡qué diabólica manera de negar que somos el centro del Universo! La historia del olvido, y en este caso también de la ignorancia, tiene un capítulo clave en la censura moral. Un discurso ideológico conocido es el puritanismo inglés que se ensaña contra Oscar Wilde y prohíbe durante años el libro, Lady Chatterley's Lover (1928) (El amante de Lady Chatterley) de David Herber Lawrence, por cometer el escándalo de hacer alusión explícita a las relaciones sexuales. Por cierto, gracias a eso, suele ocurrir con lo prohibido, esta es una de la novelas de pasión más leídasen todo el mundo. 5 Ver Sanabria Martínez, Víctor Manuel. 1982. Bernardo Augusto Thiel. Segundo Obispo de Costa Rica. Apuntes históricos.San José: Editorial Costa Rica. ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 8 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 Regresemos a la analogía cronológica de las 24 horas. Cuando los chinos traen los pliegos de papel y empieza el trabajo de copiar los libros son, aproximadamente, las diez de la noche. Desde que la tarea de copiar a mano empezó han pasado 5 horas y 40 minutos. A las 11 y 40, faltando 20 minutos para la media noche, Johannes Gutemberg le avisa al mundo que acaba de ponerle ruedas a la historia de la escritura y durante los siguientes minutos se desata una locura y millones de libros corren a llenar de volúmenes las bibliotecas por el mundo. Se inventan los periódicos y pululan como ratas las imprentas de todo tipo. Cuando Gutenberg, en 1440 y en Alemania, inventa la imprenta no fue el primero, pero sí quien lograría desbordarla como un incendio por el mundo. La revolución que generó la imprenta fue tal que el libro dejó de ser un objeto de elegidos y un misterio en las encerradas abadías de la Edad Media. Ahora esun valioso objeto disponible para quienes pudieran entender los sistemas de escritura. Las organizaciones de poder (iglesia, gobiernos y también sus adversarios) descubrieron que la imprenta era el corazón de ataque y defensa de cualquier conflicto. Esto explica las razones románticas de Francisco de Miranda, quien llegó a Suramérica a bordo de la nave Leander y entre las armas con las que pensaba conseguir la independencia de Sudamérica traía, lógicamente, una imprenta para proclamas y otros textos oficiales de su empresa libertaria. Durante su historia, contando el siglo 20 y en veremos el 21, la imprenta y el formato del papel encuadernado son los padres de millones de documentos, algunos con millones de copias; son los padres de todo cuanto todo en materia de lecturas: revistas, periódicos, boletines, tarjetas... Dicho de otro modo, la escritura que andaba a pie hasta el momento, descubrió la rueda y se lanzó a rodar por el Planeta. Estos últimos 20 minutos de gloria que ha tenido el libro de papel han sido en cantidad miles de veces más prolíferos que las 23 horas y 40 minutos que duraron las pinturas en las rocas y la escritura a mano. Ahora, hace dos minutos, con la invención de los soportes digitales, el papel parece un antiguo pergamino destinado a que lo muerda la polilla. Ni siquiera se le iguala a la tabla de arcilla, porque esta, al menos ha sido capaz de sobrevivir milenios. Así, aunque siga su nostalgia de papel y tinta, el libro encuadernado está destinado a sucumbir como soporte de escritura. De la escritura a pie, pasamos a la rueda y de la rueda en corto tiempo todo salió volando en las alas de un Ícaro que no sabe para dónde va. ¿Desaparecerá entonces la industria editorial, como desapareció la industria de las tablillas cuneiformes, los rollos de papiro y las pieles de Pérgamo? Por ejemplo, mi biblioteca digital ya es más voluminosa en términos de ejemplares que mi biblioteca física, y eso que mis libros impresos cubren un cuarto a la redonda. En esta era de los Ipods©, los Ipads© los Iphones© y los androides del ocio, la memoria colectiva vuelve entonces la misma pregunta de Platón. ¿Es veneno la escritura? ¿Envenena la mente de los jóvenes, (siempre los jóvenes y no lo viejos) la era digital? ¿O el Cibernet y sus nubes de información son la máxima memoria interconectada jamás habida? ¿Cómo resolver el dilema de la información versus la diversión en la red? ¿Cómo salvar al mundo de la libertad ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 9 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 de pensamiento y evitar que el Big Brother© nos esté mirando? ¿Ahora que millones estamos en línea será posible una gran revolución, la primera revolución mundial? ¿O la red y sus discursos nos sepultarán en el olvido? ¿En la práctica cotidiana de los chats, los tuits, el Facebook© y las aceras públicas de la conversación escrita, se están pervirtiendo las normas tradicionales de la escritura? Dos respuestas a esta última pregunta. • Nadie nunca en la historia ha podido atajar al colectivo en las dinámicas de la lengua. Ni siquiera los intentos por fijar en la memoria de un diccionario el sentido “correcto” de las palabras. • La paleografía, o estudio de la escritura antigua, sabe muy bien que las derivas de la escritura, antes de la imprenta, incluían todo tipo de abreviaturas y extrañas estrategias para agilizar la copia. Por eso, si los sistemas digitales permiten la escritura-oralidad o la “escritoralidad” resulta lógico que se recurra a los mismos principios que tenían los amanuenses. Son fórmulas de economía comunicativa. Para espanto de los puristas de las lenguas lo que siempre gana en los lenguajes son los azares de lo arbitrio. ¿Hacia dónde vamos? A la industria editorial posiblemente le queden aún algunos minutos más. Hace un minuto con 15 segundos empezó el camino deL llamado libro electrónico: en 1981 sale a la venta el Random House’s Electronic Dictionary, la primer tableta que provocaría veinte años después una carrera desbocada entre las empresas comercializadoras por hacer más delgado, más liviano y más anzuelo de todas las aplicaciones que hay que adquirir en línea para que funcione plenamente, según dicen los vendedores de este embrujo. La era de la difusión electrónica apenas está gateando, aprenderá a caminar y le espera una pista donde correrá su tiempo de gloria. ¿Cuánto durará? ¿Segundos, minutos? Algunos atisbadores del futuro aseguran que esta revolución podría estar vinculada con la posibilidad de los soportes atómicos. Si esto es así, el modelo de la escritura digital, que sustituyó a las escrituras manuales, es apenas en mínimo cambio de la mano (lo manual) al dedo (lo digital). Entonces, la nueva revolución verá como un pasado los soportes de lo manual y lo digital y ocurrir la era de la escritura mental. Un supermecanismo que se monte sobre el protón y el electrón y que tendría una triple en las posibilidades el neutrón. Podríamos pasar de lo binario a lo terciario. Sería algo así como misterio trinitario del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sería como una imitación potenciada del cerebro humano. En las redes del ayer las tablas sumerias y las tablas electrónicas serán versiones del mismo cuento. El libro del futuro bien podría estar escondido en la gota del ADN en un dispositivo que tal se llame el Ave Fénix, porque bien podrá renacerse a sí mismo cuando a bien lo tenga. Renacerá la oscura ética de Monsanto y los transgénicos del infierno provocarán polémicas, pues la memoria de todas las enciclopedias bien podría guardarse en un gen que inyectaremos en los futuros embriones de la especie humana. Si esta ciencia de la ficción posible ocurriera, los fantasmas de Sócrates y Platón volverán a saltar cada vez más despelucados. Nos acordaremos de la paradoja deconstruccionista de Jacques Derridá: el veneno que salva a la memoria del olvido volverá de nuevo a ser, al mismo tiempo la condena mortal de la memoria. ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 10 E-Ciencias de la Información  Volumen 3, número 2, discurso 1, jul - dic 2013 Pero hoy estamos en el aquí y lo real es que estamos en esta deriva de navegantes interconectados, de tejedores diarios de tele-encuentros e identidades translocales que tienen como incendio las redes sociales y los accesos múltiples a los recados dispersos del conocimiento humano. Desde los satélites, desde los centros del espionaje y las conspiraciones, Big Brother© lucha por el control de estas arenas derramadas. Mientras tanto, el libro, como soporte de escritura, está en todas partes. En un tatuaje, en la pantalla de lo que por ahora llamamos DVD, en un cartel, en la canción que ahora mismo se está grabando en un sello disquero, en un escultura, en ese dispositivo USB que llamamos memoria y aquí, en Costa Rica, lo conocemos también como “llave malla”. El libro existe también en las invisibles ondas de la inundación informática, en mi cuenta de Twitter© y de Facebook© en la fotografía de mi familia que tengo aquí en la memoria de este tonto teléfono de atrasada generación, en la forma de vestir de la gente que camina por la calle. En todo esto, como huella humana del tiempo y la cultura, está el eterno pulso entre el remedio de acordarse de las cosas y el veneno que mata a la memoria. Cuando entré a la Universidad hacía mis tareas en una máquina de escribir. Borraba los errores con un blanqueador que golpeaba con la misma tecla. Si necesitaba reproducir un documento había “esténciles” o estarcidos que eran un curioso material perforable por el que pasaba la tinta y untaba a todo correr páginas en blanco. Entonces, tenía discos de acetato y una grabadora con cassetes. Los cassetes, habrá que explicarlo así a nuestros hijos, eran una larga cuerda de cinta magnética que se arrollaba como un ovillo de hilo. Hoy, veinte años después, es decir apenas dos segundos de este lardo día, los estudiantes me remiten sus tareas mediante correos electrónicos y en el mismo dispositivo donde almaceno la información que me remiten, guardo mis fotos, mis canciones y casi toda mi biblioteca. Nada es mejor. Nada es peor. Es la misma historia de la escritura que empezó en una cueva hace 40 mil años y aquí está desbordando la memoria y el olvido. ISSN 1659-4142  http://revistaebci.ucr.ac.cr/ 11