CLAUDIA BRIONES M A R IA S IBYL L A M E R IA N C E N TE R Demandas indígenas como crisis fructíferas Conflictividades interculturales Este trabajo está autorizado bajo la licencia Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0 (BY-ND), lo que significa que el texto puede ser compartido y redistribuido, siempre que el crédito sea otorgado al autor, pero no puede ser mezclado, transformado o construir sobre él. Para más detalles consúltese http://creativecommons. org/licenses/by-nd/4.0/ Para crear una adaptación, traducción o derivado del trabajo original, se necesita un permiso adicional y puede ser adquirido contactando publicaciones@calas.lat Los términos de la licencia Creative Commons para reuso no aplican para cualquier contenido (como gráficas, figuras, fotos, extractos, etc.) que no sea original de la publicación Open Access y puede ser necesario un permiso adicional del titular de los derechos. La obligación de investigar y aclarar permisos está solamente con el equipo que reuse el material. 305.8 B858c Briones, Claudia. Conflictividades interculturales: demandas in- dígenas como crisis fructíferas / Claudia Briones. –1. edición– Costa Rica: Editorial UCR, 2020. 1 recurso en línea (148 páginas): digital, archivo de texto, PDF; 2.2 MB. – (Calas; 8) ISBN 978-9968-46-836-7 1. CONFLICTOS CULTURALES. 2. MOVIMIENTOS INDÍGENAS – AMÉRICA LATINA. I. Título. II. Serie. CIP/3482 CC/SIBDI.UCR CLAUDIA BRIONES MARIA S IBYLLA MERIAN CENTER Demandas indígenas como crisis fructíferas Conflictividades interculturales Universidad de Guadalajara Ricardo Villanueva Lomelí Rectoría General Héctor Raúl Solís Gadea Vicerrectoría Ejecutiva Guillermo Arturo Gómez Mata Secretaría General Juan Manuel Durán Juárez Rectoría del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades Sayri Karp Mitastein Dirección de la Editorial Universitaria Primera edición digital, 2020 Autora © Claudia Noemí Briones Editorial de la Universidad de Costa Rica Editorial UCR es miembro del Sistema Editorial Universitario Centroamericano (SEDUCA), perteneciente al Consejo Supe- rior Universitario Centroamericano (CSUCA). ISBN 978-9968-46-836-7 Ciudad Universitaria Rodrigo Facio www.editorial.ucr.ac.cr Febrero de 2020 Edición digital de la Editorial Universidad de Costa Rica. Fecha de creación: febrero, 2020. MARIA SIBYLLA MERIAN CENTER Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales Sarah Corona Berkin Olaf Kaltmeier Dirección Gerardo Gutiérrez Cham Hans-Jürgen Burchardt Codirección Nadine Pollvogt Coordinación de Publicaciones www.calas.lat Gracias al apoyo de En colaboración con CALAS. Afrontar las crisis desde América Latina Este libro forma parte de los ensayos concebidos desde la investigación interdisciplinaria que se lleva a cabo en el Centro Maria Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales (calas), donde tratamos de fomentar el gran reto de analizar aspectos críticos sobre los procesos de cambios sociales. calas ha sido concebido como una red af ín a la perspectiva de los Centros de Estudios Avanzados establecidos en distintas universidades del mundo y busca consolidarse como núcleo científico que promueve el desarrollo y la difu- sión de conocimientos sobre América Latina y sus interacciones globales. calas funciona en red, la sede principal, ubicada en la Universidad de Guadalajara (México), y las subsedes ubicadas en la Universidad de Costa Rica, Flacso Ecuador y Universidad Nacional de General San Martín en Argentina. Las instituciones latinoamericanas sedes están asociadas con cuatro universidades alemanas: Bielefeld, Kassel, Hannover y Jena; esta asociación fue impulsada por un generoso apoyo del Ministerio Federal de Educación e Investigación en Alemania. La relevancia de estos libros, enfocados en el análisis de problemas sociales, trasciende linderos académicos. Se trata de aumentar la reflexión crítica sobre los conflictos más acuciantes en América Latina, como una contribución de primer orden para generar diálogos desde múltiples dis- ciplinas y puntos de vista. Más allá de esto, el objetivo de estas publicacio- nes es buscar caminos para afrontar las múltiples crisis. Como reconocidos analistas en sus respectivos campos de investi- gación, los autores nos invitan a ser copartícipes de sus reflexiones y a multiplicar los efectos de sus propuestas, a partir de su lectura. Sarah Corona Berkin y Olaf Kaltmeier Directores Gerardo Gutiérrez Cham y Hans-Jürgen Burchardt Codirectores Índice Los “desde dónde” y “para qué” de este libro 11 La contemporaneidad en que vivimos y sus señales de alarma 15 Fake news, algoritmización de la vida y amenazas desde la inteligencia artificial 17 La culpa es de los populismos (¿?) 29 Maldesarrollo, cambio climático y Antropoceno 39 Repensando nociones de crisis desde y para la contemporaneidad: algunas aperturas conceptuales 47 Repensando las subjetivaciones 50 Abriendo los desacuerdos 57 Mirando desde las demandas indígenas 66 Un recorrido interesado y posible 71 Anticipaciones antropocénicas desde la Madre Tierra, Ñuke Mapu, Pachamama, Qarate´e Alba y Tekohá 85 Por una cosmopolítica de las inminencias 98 Quiénes y por qué deben quedar medularmente involucrados 103 Qué y desde dónde predisponernos a ver/escuchar/palpar 107 Cómo reimaginar formas de transitar las inminencias 120 Conclusión. Autocríticas en voz alta, o de saber esperar antes de tirar la primera piedra 123 Bibliografía 128 Autora 148 9 Agradecimientos A Claudia Hammerschmidt y Alejandro Grimson de la Universidad de Jena y la Universidad Nacional de San Martín, respectivamente, por ser quienes primero pensaron que mi estancia en el calas de la Universi- dad de Guadalajara podía de alguna manera resultar en un aporte para el proyecto. A los cuatro directores y codirectores mexicanos y alemanes del calas Guadalajara: Sarah Corona Berkin, Gerardo Gutiérrez Cham, Olaf Kaltmeier y Hans-Jürgen Burchardt, cuya mayor y única responsabilidad es haberme dado tiempo, libertad, motivaciones y apoyo para escribir este libro. Junto con Claudia Elizabeth Tomadoni de la Universidad de Jena y Verónica Luna del calas Guadalajara, quienes facilitaron la logística en diferentes aspectos, todos me han procurado un entorno inestimable que me permitió disfrutar en muchos sentidos los días de trabajo. A Rossana Reguillo, cuya invitación a participar en el primer en- cuentro del Seminario “Constelaciones abismales: tecnopolítica y la irrupción del odio”, me puso en relación con discusiones y lecturas que involucran pensamientos y acciones de colegas de Signa Lab del iteso, todo lo cual me animó a ampliar las problemáticas que me interesaban inicialmente anudar en este libro. A los integrantes de la comunidad Pillañ Mawiza de Chubut, de la Marcha de Mujeres Originarias por el Buen Vivir y del Espacio de Ar- ticulación Mapuche y Construcción Política, tami pu lamgen kom, con quienes más vengo cosentipensando nuestras vidas y convivencias am- plias en estos últimos años. Los “desde dónde” y “para qué” de este libro […] el problema más importante es saber cómo la conquista de momentos de igualdad en el mundo de la desigualdad se articula con la perspectiva de un nuevo mundo de igualdad. […] la emancipación es una manera de vivir como iguales en el mundo de la desigualdad. Jacques Ranciére (cit. en Fernández-Savater 2014) No siempre y no todos encontramos –o podemos encontrar– dentro de los ritmos y compulsiones de la vida académica, ocasiones como las que han dado origen a este libro. Me refiero a la posibilidad de tomarnos/te- ner tiempo y de darnos/tener permiso de leer y escribir ensayando otros registros y formas de escritura, distintos a los que envuelven y arrollan el sistema de publicación académica en ciencias sociales. En este caso, reto- maré temas sobre los que vengo pensando desde hace mucho, pero dando cabida a escenarios mucho más amplios y de los que sé mucho menos. Al hablar libremente desde ciertas incomodidades, compartiendo no sólo lo que quiero decir, sino también la manera en que quiero decirlo, procuro seguir incomodando/me/nos, pero en nuevas direcciones. Incomodar/me tanto de lo que sé un poco más –las acciones de protesta y reclamo del pue- blo mapuche-tewelche de la Patagonia y de Argentina en particular– como de lo que aún no termino de colegir, pero intuyo tan conexo como desafian- te, respecto de lo que mantengo como preocupación sostenida a lo largo de los años hallar maneras de convivir equitativamente en y contra un mundo de desigualdades múltiples. co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 12 Por la propia dinámica de las acciones y escenarios de las luchas indígenas en América Latina, nunca se agota ni mi capacidad de asom- bro ni la cantidad de cosas que necesito repensar, a pesar de los años transcurridos y de tantas evaluaciones parciales sobre ese transcurrir. Emprendo por tanto aquí un nuevo balance de las tensiones entre de- mandas indígenas y políticas de reconocimiento, porque varias cosas han pasado en mi país y sobre todo en el mundo, que hacen incomple- tos mis últimos balances (Briones 2015, s.f. a y b). Busco así incorporar aconteceres recientes que presiento están indicando cambios sustanti- vos en los ordenamientos hegemónicos del sistema-mundo y en nues- tras preocupaciones, en direcciones todavía demasiado inciertas no sólo a nivel continental, sino también global. Hacer públicos pensares sobre lo que no se ha analizado sistemáti- camente incomoda y es riesgoso, pero no es el tipo de incomodidades a las que me interesa exponerme de modo cabal. Entre éstas destacaría dos. Primero, la de buscar enrolarme al menos parcialmente en esa corriente difusa que llamamos “pensamiento social latinoamericano”, pero buscan- do sortear lo que por momentos percibo como modos afectados de hablar desde la herida colonial, una especie de nostalgia que no siempre incor- pora críticamente el análisis de sus propios yerros o revisa sus errores de diagnóstico y de práctica. Segundo, tratar de no desatender las proble- máticas complejas de la época que transitamos desde revisiones inevita- blemente parciales también, pero buscando que las lecturas y preocupa- ciones amplias no acaben otra vez disolviendo del sur global experiencias concretas de vida en un sur geográfico específico, desde localidades que, por pequeñas, a veces resultan irrelevantes para los panoramas amplios, sin embargo son las que recrean en su día a día los contrastes más dolo- rosos, entusiasmantes, descarnados y a la vez claramente encarnados, de disputas en pro de lograr convivencias más justas y plurales. Por cierto, todo esto también implica bastantes riesgos, aunque de otro orden. Uno de ellos es ser seducida o quedar apresada por el uso común de expresiones que –como sostiene Wood (2017) respecto del concepto de “descolonización epistémica”– son de usos extendidos, sin terminar de explicitar la variedad de posiciones, valores, colocaciones y cl au di a b ri on es 13 estrategias que se encolumnan tras su enunciación y que apuntan a ob- tener diferentes resultados, por lo que esas expresiones funcionan más como jerga que bautiza que como principio hermenéutico. Otro riesgo que deriva de incorporar problemáticas de las que se sabe menos, en vistas a un trabajo de recentramiento mútuo con aquello sobre lo que se cree saber más, es que sin duda quedarán muchos flancos débiles y citas incompletas. Pero así son los ensayos. En todo caso, si hablar en- sayísticamente y en tangencia con la corrección no sólo ya de los estilos académicos, sino de ciertos posicionamientos políticos genera –como espero– nuevas incomodidades, conf ío en que ello sirva para abrir vías de intercambio y debate que, en diálogos cruzados, vayan convirtiendo indignaciones y desconciertos en lecturas analíticas más argumentadas sobre los términos de potenciales convergencias y divergencias. Ahora bien, las incomodidades y riesgos a los que me voy a aventu- rar aquí abrevan en varias ideas ajenas que me resultan tan fértiles como movilizadoras, y que oficiarán de brújulas que marcan ciertos nortes para que algunas osadías no pierdan rumbo. Por un lado, al “forcejear con los ángeles” (Hall 1992) procuraré dialogar con distintas teorizacio- nes y anudar problemas dispares desde un “eclecticismo responsable” (Grossberg 2009). Por el otro, al “desacelerar el pensamiento” (Stengers 2005) buscaré poder sentipensar (Escobar 2014) mejor los momentos que estamos atravesando, partiendo menos de un “soy donde pienso” –“se es y se siente […] donde se piensa” (Mignolo 2010, 47)–, que de un “soy donde (a cada momento) enredadamente siento”, y me pongo a pensar con otros desde ahí. No apunto con ello solamente a cuestionar el logocentrismo de la ciencia y la modernidad, sino apoyarme en un reconocimiento fenomenológico existencial: es cuando/porque siento algo, que me pongo a pensarlo, a menudo con otros, y no al revés.1 Si 1 Como mis propósitos son mucho más terrenales, no sé aún muy bien si esto opera exactamente en la misma dirección que lo estético epistémico, tal como lo redefine Mignolo (2019, 18) años después, esto es, en tanto anudamiento de fenómenos rela- cionados con el saber y el sentir para trascender la distinción heredada de Aristóteles entre metaf ísica y poética, y que Mignolo busca decolonizar desde los conceptos redefinidos de gnoseología y aesthesis. Pero de acuerdo con Mignolo (Ibid., 31) en co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 14 tratara de formularlo desde campos en los que soy igualmente lega, sería transformar –tal vez complementar– el hecho ontológico de la existen- cia (el dasein de Heidegger) e incluso el ser-con-otros-en-el-mundo –un mitsein tal como es reapropiado por Jean-Luc Nancy (cit. en Critchley 1999)– en un tratar de sentir-con-otros-a-los-mundos.2 Desde las desprolijidades entonces de un sentir activado desde mu- chas y muy distintas problemáticas, con extensas bibliografías de trata- miento cada una de ellas, me tomo en este ensayo la libertad de vibrarlas sin dar cuenta de todos los debates y autores involucrados en su análisis, sino usándolas centralmente para desplegar en cuatro partes los puntos que me interesa retomar de esas discusiones. Identifico así primero lo que pa- recen ser tres crisis globales tan novedosas como sorprendentes de nuestra contemporaneidad. Busco luego ver cómo y desde dónde repensar la idea de crisis y los desconciertos que ésta por definición nos provoca. En una tercera parte, encarno esas reflexiones desde lo que les aporta aprender del recorrido de las demandas indígenas. Abrevando en esta retaguardia, que es la que desde hace mucho me ha permitido y estimulado a sentipensar globalmente, retomo la pregunta convocante que guía este texto, dejando claro que, más que respuestas normativas, me interesa identificar algunas condiciones de posibilidad para imaginar escenarios que nos permitan vivir como iguales en y contra un mundo de desigualdades múltiples. que ese anudamiento es necesario porque “Descartes y luego la modernidad/racio- nalidad (en la fórmula de Quijano), bloqueó lo aesthésico con lo racional”. 2 Critchley sostiene que la forma en que Nancy se apropia del mitsein de Heidegger in- augura una ontología social que busca recuperar la banalidad de nuestras experiencias cotidianas, la cual está ausente en El Ser y el Tiempo. Por ello, Nancy redefine el mitsein como comparecer siempre con otros, como base no esencialista para la ética y la política (Critchley 1999, 58). No obstante, Critchley también señala que “Nancy saca de escena la idea del otro (de cualquier otro: humano, animal, vegetal, mineral) como una forma de mediación que podría ser constitutiva de la intersubjetividad” (Ibid., 63). Como re- sultado, su idea de intersubjetividad se acota a relaciones de reciprocidad, igualdad y simetría, y minimiza la sorpresa, separación u opacidades que desafían continuamente todo intento de comprensión (Ibid., 66). Por el contrario, mi aportación pasará por abre- var y sentipensar desde la pluralidad y multiplicidad óntica que apareja toda convivencia, donde la idea de vivencia remite a formas solidarias, inequitativas, desconcertantes pero siempre afectivas de experimentar coexistencias que inevitablemente nos modifican. La contemporaneidad en que vivimos y sus señales de alarma Latour (2014a) propuso en una conferencia para los antropólogos y la an- tropología pensar la disciplina abandonando la idea decimonónica de “la ciencia del hombre”, en pro del proyecto más ambicioso de usar la an- tropología como entrada a la contemporaneidad, siendo contemporáneos con lo que pasa a nuestro alrededor. Pero, si nos pensamos como seres en permanente tránsito o devenir anudado de modos no del todo azarosos, ¿cuándo empieza esa contemporaneidad? ¿Es acaso la contemporanei- dad una rara aleación de problemas conocidos y otros apenas intuidos? En todo caso, en un mundo tan desigual y desparejamente globalizado, ¿los problemas de quiénes y para quiénes son los que se tratan? Ante esta multiplicidad, ¿desde qué punto de vista hay que generalizar como “pro- blemas” lo que de seguro emergerá de perspectivas situadas y despareja- mente atravesadas por prejuicios y, por tanto, perjuicios de clase, región, género, pertenencia sociocultural, sexualidad, religiosidad, etc.? Como por algún lado hay que empezar, bien vale la pena tomar el riesgo de circunscribir “nuestra” contemporaneidad identificando proce- sos entramados sobre dispares temporalidades, pero que parecen al menos “novedosos” porque instalan la sensación de que estamos presenciando problemas que no teníamos antes. En un sentido muy general e inmediato, por tanto, me interesa resaltar aquí tres tipos de preocupaciones que están cobrando creciente cuerpo, al menos en los medios de comunicación y entre algunos científicos sociales, aunque con dispares énfasis según sus teorías y posicionamientos ético-políticos.3 Aun a conciencia de los despa- 3 Ciertamente hay muchas otras preocupaciones que se han arrastrado, desde la neoli- beralización del mundo o incluso antes, y que no son olvidadas, como marco aquí. Me co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 16 rejos que son sus efectos sobre distintos sectores y rincones del planeta, sí creo que las tres están creando la sensación de haber arribado a una época que conlleva una inflexión sorprendente. Me refiero al papel desbocado de diseminación de fake news y de recursos de tecnocontrol mediante las redes sociales; a la multiplicación de polarizaciones políticas y discursos de odio alentados por “populismos” de derecha e izquierda recientemente llegados al poder a través de votos mayoritarios; y a los efectos del cambio climático sobre las condiciones/posibilidades de vida en el Antropoceno. Son, claro está, preocupaciones diferentes pero que están anida- das en ese cuadro de una contemporaneidad alarmante o alarmas de la contemporaneidad. Las dos primeras, que involucran sólo lo humano, parecen ser las más generalizadas entre científicos sociales de distin- tas disciplinas, y se dirimen en campos de debate que se concentran en mostrar la problematicidad de lo que entendemos por política y por ideología. La última parece acotada a las prácticas económicas, aunque ha introducido el espacio de crítica más sistemática a los dualismos opo- sicionales propios de la episteme de la modernidad (naturaleza/cultura, humano/no humano y ciencias naturales/ciencias sociales). Es un cam- po en el cual se ha verificado un incremento impresionante de publica- ciones, pero, a pesar de su alcance planetario y el futuro incierto que refiero por ejemplo a la refeudalización de las estructuras sociales y agrarias, de las re- laciones espaciales y políticas, la economía, los valores y hasta la estética arquitectónica en América Latina (Kaltmeier 2018), con la consiguiente radicalización de desigual- dades múltiples con base en la producción de hiperriquezas; también al imperio de la necropolítica con formas de gobierno privado indirecto en distintos países de África (Mbembe 2011), o de la bionecropolítica y el juvenicidio en América Latina (Valenzue- la 2018), entre otros predicamentos que apuntan a la privatización de la violencia en manos de paramilitares y del crimen organizado. En líneas generales, aconteceres que Boaventura de Sousa (2010a, 22) define como el retorno de un nuevo “colonial abismal”, no sólo ya en los territorios coloniales anteriores, sino también en las sociedades me- tropolitanas, a través por ejemplo de legislaciones antiterroristas y antimigratorias. Re- tomaré, sin embargo, lo que parecen ser tribulaciones de emergencia o intensificación/ generalización más reciente, aun cuando vale destacar que problemas con distintas temporalidades de emergencia –o más seguramente de visibilización– se intersecan y anidan de maneras complejas a través de tecnologías muy concretas, como los paraísos fiscales, el lavado de dinero o distintas formas de señoríos de la guerra. cl au di a b ri on es 17 plantea para la especie, aún es un tema de agenda menos extendido en y para las ciencias sociales. Cada una de estas cuestiones posee a su vez un campo vasto de intervenciones académicas y sociales que no intentaré sistematizar aquí. Me limitaré, más bien, a mapear lecturas y discusio- nes disponibles desde y con las cuales dialogar, sin dejar de insistir que en América Latina todo ello opera con un inusitado incremento de las desigualdades, y en un momento del sistema-mundo en que la acumu- lación por desposesión (Harvey 2004) asocia un conjunto de inviabili- dades por depredación que, a mi entender, conforman el telón de fondo más amplio y alarmante de la época en que nos toca vivir. Fake news, algoritmización de la vida y amenazas desde la inteligencia artificial Desde hace tiempo, las redes sociales parecen estar reorganizando las re- laciones entre sujeto y estructura. Como sostiene Néstor García Canclini (cit. en Greeley 2018, 199), se viene “dando una tensión y una reorganiza- ción diferente entre los modos de intimidad y de vinculación, de puesta en red de las personas; surgen sujetos colectivos, inestables, múltiples. Perte- necemos a muchas redes a la vez, que no siempre se comunican entre sí”. Inicialmente, esa reorganización parecía afectar entornos reparado- res de distintas diásporas, en contextos cada vez más visiblemente afecta- dos por movilidades poblacionales crecientes. En estos marcos, los correos electrónicos y luego aplicaciones como Skype, Facebook y WhatsApp per- mitían brindar una sensación de cercanía a la distancia, de mediatización eficiente de relaciones cara a cara discontinuadas por distintas razones. A su vez, posibilidades de acceso a espacios virtuales antes acotadas a ciertos sectores socioeconómicos han ido alcanzando paulatina masividad. Progresivamente, sin embargo, esa tensión fue colonizando otras di- mensiones de la vida; desde las ofertas comerciales, que nos llegan sin pedirlo a partir de una consulta casual, hasta las campañas políticas em- piezan a quedar imbricadas con noticias familiares y búsquedas de pare- co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 18 jas por otras aplicaciones como Tinder. Se va creando así otra forma de ciudadanía mediática (Winocur 2002), donde la participación desborda medios de comunicación como la radio y encuentra formas de adherirse a causas dispares, ya sea firmando electrónicamente peticiones de diversos tipos de “causas”, movilizando acciones públicas desde las redes o incluso creando y sosteniendo movimientos en red que usan las distintas tecno- logías a disposición (Reguillo 2017). Sin embargo, y como señala García Canclini (cit. en Greeley 2018, 305), el entrelazamiento de espacios f ísicos y virtuales no deja de recrear desigualdades, aunque parezca a veces neu- tralizarlas. Aun así, algo parece estar cambiando en los últimos años. Concretamente, al menos para quienes apostamos a la vigencia de un horizonte hegemónico de convivencia fundado en la defensa y vi- gencia de los derechos humanos en sus distintas generaciones, varios acontecimientos de la segunda década del siglo xxi fueron instalando una cierta sensación de desconcierto, ante los resultados de la polari- zación de votantes convocados para expresar inequívocamente un sí o un no frente distintas cuestiones. Me refiero a la aprobación del Brexit en junio de 2016 –que abona que el Reino Unido abandone la Unión Europea (ue) en condiciones aún inciertas al día de hoy– y también al plebiscito en Colombia, que acabó en el rechazo de los acuerdos de paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc) en octubre de ese año, que supuestamente buscaban concluir con más de cuarenta años de violencia política con cientos de miles de muertos en el país. Ese desconcierto se vio abiertamente transformado en preocupación, con las elecciones presidenciales en Estados Unidos de noviembre de ese año, que dieron la victoria a Donald Trump, y más recientemente con la de Jair Bolsonaro en Brasil en octubre de 2018, no sólo porque eran candidatos de ultraderecha, sino porque sus campañas quedaron enmarcadas en tres tipos de prácticas “consensuadamente” censurables: uso ilegítimo, o si no abiertamente ilegal, de software para inundar a los votantes de mensajes que, según su perfil, inclinen sus opi- niones en una dirección determinada; diseminación de fake news para denostar a los contrincantes; y habilitación en campaña de dichos abier- tamente racistas, misóginos, sexistas y homofóbicos. En esto, si el im- cl au di a b ri on es 19 pacto y eficiencia aparente de las fake news sorprenden y angustian, no sólo es porque son mentira, sino porque parecen lograr la movilización de sensibilidades que desbordan y muestran la fragilidad de un censura- do por superficial acuerdo discursivo sobre “lo políticamente correcto”, habilitando expresiones discriminadoras y explícitamente vergonzosas. Desconciertos y preocupaciones pueden conllevar posicionamientos inmediatos que se amparen en explicaciones que, como científicos socia- les, sabemos son insostenibles. Ni “la gente” participa de derechizaciones súbitas –siendo “un pueblo maravilloso” cuando vota como esperamos y una masa confundida o ideológicamente endeble cuando lo hace en otra dirección–, ni los medios de comunicación tienen la indubitada potestad de formatear sin más la cabeza de públicos y usuarios pasivos. Como desconciertos y preocupaciones evidencian tanto el desaf ío a nuestro sentido común y deseos cívicos y políticos, como el colapso de ciertos “pilotos automáticos” teóricos con los que leemos “la realidad”, es preciso detenerse en qué asertos debemos revisar para entender estos acontecimientos. Tomo como excusa –a modo de situación cuasietnográ- fica para replantear ciertos puntos– la película que se hizo sobre el Brexit,4 lanzada una semana antes de que el Parlamento rechazara la propuesta realizada por la primer ministro Theresa May el 15 de enero de 2019, lo que la dejó expuesta a una moción parlamentaria de no confianza.5 4 Brexit: The Uncivil War, telefilme producido y exhibido por el Canal 4 con produc- ción de HBO, dirigido por Toby Haynes (Black Mirror y Sherlock) y con guión del británico James Graham. Es una ficcionalización histórica de las estrategias desple- gadas por Dominic Cummings –arquitecto de la campaña por el abandono de la ue, personificado por Benedict Cumberbatch– en su confrontación ética y conceptual con sir Craig Oliver (Rory Kinnear), experiodista de la BBC que fue director de Co- municaciones durante el referéndum para el entonces primer ministro David Ca- meron (véase https://ew.com/trailers/2018/12/14/hbo-brexit-trailer-benedict-cum- berbatch/, accedido el 16 de enero de 2019). El núcleo y propósito de la producción es hacer evidente lo que la voz del personaje central declara en off: “Todo el mundo sabe quién ganó, pero no todos saben cómo” (véase https://www.lavanguardia.com/ cine/20181215/453553115106/benedict-cumberbatch-reino-unido-salga-ue-trai- ler-brexit.html, accedido el 16 de enero de 2019). 5 El sitio web del Parlamento británico explica que “una moción de no confianza, o una moción de censura, es una moción movida en la Cámara de los Comunes https://www.lavanguardia.com/cine/20181215/453553115106/benedict-cumberbatch-reino-unido-salga-ue-trailer-brexit.html https://www.lavanguardia.com/cine/20181215/453553115106/benedict-cumberbatch-reino-unido-salga-ue-trailer-brexit.html https://www.lavanguardia.com/cine/20181215/453553115106/benedict-cumberbatch-reino-unido-salga-ue-trailer-brexit.html co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 20 Como dice la película al final, las derivaciones de lo que el filme muestra están todavía en desarrollo. Tomo no obstante los riesgos de adelantar ciertas lecturas más amplias desde este filme, porque me pa- rece sugerente el modo en que adopta una postura que, en conjunto, apunta a denunciar la manipulación algorítmica de los votantes –lo que pone bajo sospecha los resultados obtenidos a favor de dejar la ue– sin dejar de escenificar personajes y prácticas que no admiten en todos los casos alineamientos tan nítidos entre “buenos y malos”. Lo interesante de la película es que, aun desde una postura definida, muestra zonas grises que permiten plantear varias preguntas sobre una serie de proble- máticas de nuestra contemporaneidad. Destaco tres de las que el filme propone. Primero, se introduce como tema debatible el accionar de em- presas como Cambridge Analytica (ca) o su compañía aliada, Aggrega- teIQ (aiq), contratada por los impulsores del abandono de la ue.6 Como representante de un mundo académico y tecnológico joven, Zack Mas- singham pone a Cummings en contacto con investigaciones científicas que permitirían perfilar atributos psicológicos de las personas usando datos de sus redes sociales, así como desarrollar software que elabo- re esos perfiles, actualizándolos en tiempo real según el uso que hagan de las redes, para crear cuentas desde las cuales “bombardear” usuarios con mensajes apropiados a esos distintos perfiles con el fin de “orientar” su opinión.7 Si bien la posición personal del joven tecnócrata frente al con la siguiente redacción: ‘Que esta Cámara no tiene confianza en el Gobierno de Su Majestad’” (véase https://www.parliament.uk/site-information/glossary/mo- tion-of-no-confidence/, accedido el 16 de enero de 2019). 6 Aunque el filme no tematiza las relaciones de ese tipo de empresas con redes como el Facebook de Mark Zuckerberg, quien a partir de 2018 está implicado en investiga- ciones sobre las condiciones bajo las cuales protegió o dio libre acceso a información de cerca de cincuenta millones de sus usuarios, mayormente sin su conocimiento ni consentimiento; dicha información fue usada por esas empresas para incidir en el Brexit y también en la elección de Donald Trump (véase, por ejemplo, https:// edition.cnn.com/2018/12/21/opinions/mark-zuckerberg-misled-congress-priva- cy-nyt-alaimo/index.html, accedido el 16 de enero de 2019). 7 Aunque el procedimiento es un poco más complejo, según una descripción dispo- nible en https://www.infobae.com/america/mundo/2018/04/01/como-opero-cam- https://www.parliament.uk/site-information/glossary/motion-of-no-confidence/ https://www.parliament.uk/site-information/glossary/motion-of-no-confidence/ https://edition.cnn.com/2018/12/21/opinions/mark-zuckerberg-misled-congress-privacy-nyt-alaimo/index.html https://edition.cnn.com/2018/12/21/opinions/mark-zuckerberg-misled-congress-privacy-nyt-alaimo/index.html https://edition.cnn.com/2018/12/21/opinions/mark-zuckerberg-misled-congress-privacy-nyt-alaimo/index.html https://www.infobae.com/america/mundo/2018/04/01/como-opero-cambridge-analytica-en-el-brexit-la-otra-eleccion-manipulada-con-los-datos-de-facebook/ cl au di a b ri on es 21 Brexit no queda clara, sí son explícitas sus motivaciones: poner a prueba su software sobre un universo más amplio. Reticente pero fascinado por la posibilidad de actualizaciones en tiempo real, Cummings plantea dudas ante la legalidad/legitimidad del procedimiento, a lo que Massingham simplemente explica que no son cuestiones de derecha o izquierda, sino de lo viejo y de lo nuevo en política. Esto disipa las ambivalencias éticas de Cummings, cuyos motivos incluyen hacer la guerra al establishment y “la vieja guardia” parlamentaria. No obstante, quedan planteados como problemas a ser debatidos social, política y académicamente tanto la disponibilidad de información para ser usada con diversos fines sin consentimiento de los involucrados, como los efectos de desvincular desarrollos recientes en inteligencia artificial (ia) de cualquier consideración ética. El segundo punto a destacar son los dispares lugares de pensamiento y enunciación desde los cuales Craig Oliver y Dominic Cummings diseñan sus campañas por el sí y el no permanecer, respectivamente. Paradójica- mente, como representante del establishment Tory de Cameron, sir Craig Oliver apuesta a “dirigirse a la cabeza” de los electores, usando datos con- cretos y duros sobre las ventajas económicas y políticas que conlleva para el Reino Unido permanecer en la ue, y usando expertos y voces autoriza- das que comuniquen racional y asertivamente esos datos. Por el contrario, Cummings apuesta a “dirigirse al corazón” de los votantes, sobre todo al de los que suelen no participar de elecciones o están indecisos. Sabiendo que formulaciones explícitamente racistas o xenófobas podrían producir un efecto contrario, Cummings busca formular un mensaje breve y con- tundente que exprese sentimientos de malestar de los indecisos. Luego de hablar con varias personas, logra parafrasear ese malestar tras la idea de que “queremos volver a un momento en que conocíamos nuestro lugar, cuando las cosas, ficticias o no, tenían sentido”. A pesar de despreciar los modos de “los viejos políticos”, Cummings deja ser a sus aliados circunstanciales, sabiendo incluso que difunden información imprecisa o falsa. bridge-analytica-en-el-brexit-la-otra-eleccion-manipulada-con-los-datos-de-face- book/, accedido el 16 de enero de 2019. https://www.infobae.com/america/mundo/2018/04/01/como-opero-cambridge-analytica-en-el-brexit-la-otra-eleccion-manipulada-con-los-datos-de-facebook/ https://www.infobae.com/america/mundo/2018/04/01/como-opero-cambridge-analytica-en-el-brexit-la-otra-eleccion-manipulada-con-los-datos-de-facebook/ co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 22 El asesinato de la diputada laborista Jo Cox pocos días antes de la votación8 parece conmover a ambos jefes de campaña por igual, por el tono polarizadamente violento que el debate había alcanzado. Pero mientras Cummings se desresponsabiliza de lo lamentable de una pola- rización que atribuye al error de la “vieja política” de buscar mediante el referéndum una solución que se debiera haber procurado por otras vías, es el vocero de los conservadores quien acaba advirtiendo a Cummings la importancia de proceder con más responsabilidad ante prácticas que eventualmente se podrían volver en contra de lo que se busca. Las ten- siones entre los dos personajes sugieren tanto la necesidad de replantear el lugar de los afectos en la política y en la toma de decisiones, como la valía ética que tiene trazar una línea nítida entre “hechos” y “opiniones” –línea que en los tiempos de posverdad y de constructivismo cliché pa- rece que se hizo cada vez más borrosa e irrelevante–. Si como sintetizan Diz y Piñeiro (2018, 206) no existe ficción sin realidad ni realidad sin ficción, la pregunta que debemos hacernos ante la aparente credibilidad que las fake news generan, además de qué mundos ayudan a performar, es qué realidades esas ficcionalizaciones narran y actualizan hasta lograr una eficacia que mueve a la acción –y que la afecta– en ciertas direccio- nes y no en otras. Por último, los verdaderos actores de este acontecimiento aparecen mayormente como lo que son, participantes anónimos cuyas opiniones y sentimientos Cummings busca conocer mediante charlas informales y cara a cara para aprehender sus malestares y transformarlos en eslogan. Visita así a una pareja de clase visiblemente baja y de mediana edad, en la que el varón se presenta como desempleado –de una industria segura- mente desactivada durante las administraciones neoliberales de Margaret Thatcher–. Ni el varón ni la mujer manifiestan ninguna propensión parti- 8 Siendo diputada desde 2015, Jo Cox militaba activamente con su familia para agrupar el voto de los laboristas en torno al “permanecer” dentro de la ue. Diversos testigos “declararon haber escuchado al agresor gritar ‘¡Britain first!’. La frase, que significa ‘Gran Bretaña primero’, da nombre a un partido político de extrema derecha”. Véase https://elpais.com/internacional/2016/06/16/actualidad/1466085234_300929.html, accedido el 16 de enero de 2019. https://elpais.com/internacional/2016/06/16/actualidad/1466085234_300929.html cl au di a b ri on es 23 cularmente racista o xenófoba, pero sí expresan, tal vez más con nostalgia y resignación que con enojo, que no advierten futuro para su presente y que parecen ya no interesar a nadie. Esto es lo que Cummings –sin buscar explicar por qué llegaron a esa situación– acaba formulando como una de las ideas-fuerza de su campaña: “Queremos volver a un momento en que conocíamos nuestro lugar, cuando las cosas tenían sentido”. En cambio, el equipo de Oliver interpela a esos votantes anónimos a través de focus groups que –contra todo lo que dicen los manuales de metodología en ciencias sociales– son instrumentados para ver cómo reaccionan los participantes frente los distintos argumentos posibles de campaña antes de implementarlos, y no tanto para conocer sus opiniones. A través de distintas situaciones que muestran cómo se juegan disidencias dentro de los focus groups –como su manipulación por el técnico que los administra para ir hacia donde le interesa y no dejar que la dinámica gru- pal se le vaya de las manos– se va mostrando algo que los que se dedican a la mercadotecnia política seguramente saben muy bien y que fue base de las estrategias de Cummings: las campañas no deben dirigirse a todos por igual, sino a conquistar a los indecisos. Aparecen así en las distintas escenas de estos grupos, personajes estereotipados de quienes podrían estar decididamente a favor de permanecer o decididamente a favor de salir, que se leen e incluso agreden estereotipadamente entre sí. Es claro entonces que no parece haber argumentos que incidan en el razonamien- to de quienes ya tomaron una postura en un sentido u otro. También que no hace falta demasiado para que ese desacuerdo se torne agresivo. En una de las escenas finales de estos focus groups que presenta el filme, la agresividad de los intercambios adquiere una magnitud tal que lleva a Oli- ver a romper el protocolo. Abandona entonces la cámara Gesell desde la que observaba su desarrollo, para tratar de encauzar esas interacciones, es decir, para insistir en demostrar la falsedad de una serie de datos sobre los que se apoyaban quienes defendían la salida. Pero Olivier no puede ni sabe contener (ni siquiera capitalizar a la Cummings) la reacción de una de las indecisas, quien antes en la película se había presentado como alguien sin opinión formada, que no ejercía regu- larmente el voto, pero que podría eventualmente votar este tema en una u co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 24 otra dirección, según la razonabilidad de los argumentos que cada facción presentara. Lo que desata el colapso emocional de esta persona –también de mediana edad y de una inespecífica clase media blanca, más baja que alta– es que la agresiva contienda entre los inequívocamente decididos en una u otra dirección no hacía más que testimoniar que, en esa puja, ella no contaba para nadie y quedaba todo el tiempo subestimada y menosprecia- da desde ambas partes por su aparente “no entender/no saber”. Podría aventurarse que tanto el matrimonio que visita Cumming como varios de los integrantes de los focus groups representan lo que el economista británico Guy Standing (2014) define como precariado, una nueva y “peligrosa” clase de proletarios precarizados en emergencia global desde los años ochenta. Caracterizados por un nivel educativo promedio mayor a lo que se esperaba antes de cualquier trabajador, su situación laboral precaria los inunda de una conciencia de deprivación relativa que los lleva a vivir en un estado de ansiedad, anomia, aliena- ción, frustración y enojo combinados. Su reproducción depende mayor- mente de contratos laborales flexibles, trabajos temporales o de tiempo parcial, a menudo a través de agencias de empleo. Por ende, son sectores sin identidad ocupacional segura, que no pueden estructurar sus vidas desde narrativas ocupacionales, ni considerar como trabajo el tiempo que dedican a buscar empleo. Al trabajar sin los beneficios ni amparos de los derechos laborales en términos de vacaciones, pensiones o inclu- so cobertura médica, su futuro se presenta incierto. Habitan en suma esa posición con nostalgia por los empleos que ellos o sus generaciones ascendentes tenían, de lo que responsabilizan a cualquier establishment político, sin importar su orientación. Según Standing, son sectores seducibles por mensajes populistas e incluso neofascistas, con tendencias a culpar a inmigrantes y minorías de sus condiciones económicas de vida. Pero Standing también coloca en esta categoría a migrantes y minorías étnicas, a las que no sólo se les niega un presente viable, sino el sentido de “sentirse en casa”. Asimismo, a jóvenes educados que no trabajan en lo que se han formado y que pueden dirigir su malestar en una dirección tanto regresiva como contestataria, lo que explica la irrupción de movimientos como “los indignados” en España. Esto lleva a cl au di a b ri on es 25 Standing a sugerir que, eventualmente y de modo contradictorio, parte del precariado puede también ser la vanguardia de una era progresista. En todo caso, lo que el filme nos sugiere como tema imperioso de reflexión a través de estos personajes y a partir de la confrontación Cummings-Olivier desde sus respectivas prácticas, es pensar qué, quié- nes y cómo están formando parte los “sin parte”, esto es, los que hoy se sienten “no contar”, ni ser contados o tomados en cuenta en los debates públicos. Si Standing tuviera algo de razón en su caracterización, habría que poder precisar en qué contextos algunos de ellos se articulan con lecturas fascistas y otros, en cambio, con iniciativas progresistas. Hay además otras preguntas que surgen de esto y que ayudan a entender qué procesos llevan pasar de la lectura y circulación de uno u otro tipo de mensajes a su activa producción, como meros adherentes o de manera ya profesionalizada, aunque de distintos modos y con diversas implican- cias (troles, youtubers o influencers). En esto, lo relevante es que un activismo entre sectores jóvenes que solía por lo general volcar sus insatisfacciones antiestablishment hacia po- sicionamientos de izquierda, ahora puede tomar entre algunos un rum- bo opuesto. Según Reguera (2017), la alt-right en Estados Unidos –como movimiento juvenil que reformula posturas de extrema derecha xenófoba y machista desde moldes creados por la izquierda– muestra porosidades entre derechas e izquierdas que van más allá de la estética y la tecnología que usan “para criticar al establishment y pensar una nueva política”.9 9 Según Reguera (2017), alt-right está compuesta por dos facciones: Radix (racialista) y Breitbart (antifeminista, antiislam y opuesta a todo pensamiento “políticamente correcto”). Sus audiencias están mayormente conformadas por varones blancos mi- llennials –endeudados por créditos para completar estudios universitarios, o sin es- tudios pero que ven imposibilitado su ingreso al mercado de trabajo industrial– que empiezan a compartir en Internet sus resentimientos y frustraciones a través de gif y memes mayormente humorísticos, que permiten autorizar sin censurar los posi- cionamientos políticamente incorrectos. Lo que iría transformando comentarios y sectores inicialmente “apolíticos” –según Reguera– en una clara oposición a discur- sos institucionales basados en la corrección política es la focalización excluyente de estos discursos en los derechos de las minorías, lo cual deja sin caja de resonancia a las problemáticas de los varones blancos heterosexuales pobres que en esto encuen- co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 26 Sugestivamente, Reguera reseña que el entramado de alt-right coinci- dió cronológicamente con fenómenos también mayormente juveniles pero claramente opuestos, como el “Occupy Wall Street” en Estados Unidos, el “15 M” en España y las primaveras árabes, aunque alt-right no se entramó “en las calles”, sino que aprovechó mayormente el anonimato que ofrece Internet para radicalizar su discurso reaccionario. Sucintamente, el autor propone que si alt-right encuentra eco entre quienes aprueban el feminismo y el antirracismo por convención y no por convicción, es por la manera en que el activismo y los medios de comunicación han moralizado la lucha por la justicia social y la tolerancia de la diferencia desde discursividades que se ven como “represivas” y clausurantes, es decir, como camisa de fuerza que encierra los conflictos sin darles canales de expresión. Aceptar la idea de que esas discursividades han ido creando un panorama de fragmenta- ción de derechos, en vez de plantear de modo expansivo y articulado los reconocimientos, sugeriría la necesidad de analizar posibles limitaciones en las maneras en que se ha construido “la cultura social progresista” hasta el momento, en lo que hace al menos excluir de los lenguajes de contienda habilitados a los hombres blancos jóvenes, pobres y heterosexuales, lo cual abona el identitarianismo de varones blancos poderosos, tras un discurso de que todos los varones blancos por igual están supuestamente oprimidos en una sociedad que venera el multiculturalismo y la feminización. Sería por tanto sobre estos escenarios y sectores que se ancla la emergencia de ciertos liderazgos claramente retrógrados y no al revés.10 En todo caso, resulta claro que ese conjunto que se ha dado en llamar “sectores populares” tiene heterogeneidades espaciotemporales que nues- tras teorías parecen no alcanzar a caracterizar, lo que además repercute en usos de una noción de subalternidad que no alcanza a dar cuenta a qué tran confluencias con sectores altos de extrema derecha, cuyo racismo, machismo y homofobia responde a visiones, historias y dinámicas no necesariamente idénticas. 10 Con la ayuda, claro está, de ciertos brókeres como Steve Bannon, quien, como rese- ña Reguera (2017), es un comunicador sofisticado que no sólo ha articulado las dos facciones de alt-right y alcanzado –por unos meses al menos– puestos relevantes de gestión en la administración Trump, sino que ha devenido también referente para distintos movimientos de extrema derecha europeos. cl au di a b ri on es 27 es lo que lleva, además de esos sectores subalternos a identificarse en la dirección de un identitarianismo machista (Reguera 2017) o de un “cos- mopolitismo subalterno” que se rebele ante la creación de distintas for- mas de subhumanidad moderna (De Sousa 2010a, 20 y ss.). Al respecto, Néstor García Canclini (s.f.) ya había identificando la necesidad de replan- tear la mirada sobre lo que está transformándose a partir de dos cambios: por un lado, la globalización de las industrias culturales y de la conver- gencia digital como reconfiguradores de la diferencia y la desigualdad; por otro lado, nuevas divisiones e inequidades, que ya no separan sólo ricos y pobres, o trabajadores del primer mundo y de los países periféricos, sino a quienes tienen trabajos formales de quienes se insertan preferentemente en redes informales de trabajo y consumo. En cuanto al primer punto, advertía que, si bien la digitalización de las comunicaciones hace posible técnica y socialmente ampliar los canales, abaratar los costos y reducir la desigualdad en el acceso, el modo concentrado en que se realiza el paisaje de lo analógico a lo digital anuncia más concentración e inequidad en la circulación de los bienes culturales. En la segunda dirección, la noción de informalidad inicialmente aplicada a irregularidades y explotaciones sin reglas en los mercados de trabajo, fue aplicándose explicativamente a otras áreas de la vida social, sea la política (por un crecimiento de procedi- mientos informales o ilegales y el descrédito de las instituciones), sean las estrategias de sobrevivencia a través de procedimientos, personas o redes “irregulares”. En suma, existe un entramado verdaderamente complejo que no hace sencillo desentrañar vínculos estables entre medios, diferen- cias, desigualdades, concentraciones y exclusiones. Según Povinelli (2016, 7), las tecnologías de los nuevos medios como Google y Facebook, que movilizan algoritmos para rastrear las tendencias de la población a través de sus decisiones individuales, crean nuevas opor- tunidades para el capital y nuevos medios para asegurar la intersección entre el placer individual y el bienestar de ciertas poblaciones, configu- rando lo que Franco Berardi (cit. en Povinelli 2016, 6) ha llamado “semio- capitalismo”. Zeynep Tufekci (2018b) alerta sobre el entramado de una “esfera pública algorítmica”, que parece darnos lo que queremos/pedimos, para inundarnos a bajo costo no sólo ya con “ofertas” que no buscamos, co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 28 sino también con campañas de hostigamiento virales o coordinadas por troles, que aprovechan/alimentan dinámicas de indignación viral para im- poner selectivamente costos insoportables y desproporcionados al acto de ejercer la libertad de hablar. Además, Tufekci (2018a) también llama nuestra atención a los filtros que crean “cámaras de eco” como dispositi- vos que performan polarizaciones que, más que mostrar “simplemente” divergencias ideológicas, operan mayormente amplificando sentimientos de pertenencia a uno u otro grupo de opinión. En este marco, parece ser Yuval Noah Harari quien, a nivel más amplio –al menos en un círculo reducido pero de personajes influyen- tes– está introduciendo un debate sobre los pros y contras de un futuro inmediato signado por las derivaciones de la ia, la algoritmización de la vida y el surgimiento de tecnorreligiones –con sacerdocios formados y radicados en Silicon Valley–. Basadas en un dataísmo que, desde la infotecnología y la biotecnología, resumen lo humano y proponen ma- nejarlo desde un conjunto de algoritmos, esas tecnorreligiones estarían concretamente transformando “la intuición” en mero “reconocimiento de patrones” develables en tiempo real por un software adecuado. En su libro Homo deus: Breve historia del mañana, Harari (2016) introduce preguntas o más bien dudas intraquilizantes respecto del li- bre albedrío y la evolución. A medida que incrementemos dependencias respecto de nuestros smartphones para resolver cuestiones de la coti- dianeidad, ¿dependeremos también de las sugerencias que nos lleguen a través de ellos para elegir trabajo, pareja o presidente? Si merced a la ia y la biotecnología logramos que cuerpos y cerebros sean productos de diseño, ¿el diseño inteligente reemplazará a la selección natural? En 21 lecciones para el siglo xxi, Harari (2018) introduce otros inte- rrogantes no menos perturbadores respecto de “peligros” igualmente inmi- nentes de cambio climático, guerras nucleares, tecnologías disruptivas, no- ticias falsas, amenazas del terrorismo y mercados de trabajo cada vez más circunscriptos para la fuerza laboral humana, sustituda no ya por maquina- rias que reemplacen sus capacidades f ísicas, sino por otras que suplanten sus funciones cognitivas. Lo alarmante pasaría porque los desarrollos de ia nos sacan claras ventajas por dos capacidades de las que los humanos care- cl au di a b ri on es 29 cemos: la conectividad y la capacidad de actualización en tiempo real. Más inquietante aún, prosigue Harari, es preguntarnos si es posible que, cuando la biotecnología permita que los padres mejoren a sus hijos, surja una “casta biológica” de superhumanos ricos con capacidades que sobrepasarán las de los Homo sapiens pobres. Si saber es poder, ¿será la posesión de datos la nueva y omnipotente fuente de creación de desigualdades radicalizadas? Este conjunto de posibilidades plantea una distopía automatizada que claramente amenaza los principios del liberalismo y el horizonte de los de- rechos humanos, desde los que Harari parece enunciar sus interrogantes de modo antagónico y defensivo. En síntesis, convivencias ancladas en valores humanistas podrían ser reemplazadas por redes integradas cuyos valores devendrían inmanejables o al menos impredecibles, todo ello agravado por el peligro de ingenieros introduciendo sus propios prejuicios inconscientes en programas iniciales que autoevolucionarían a una suerte de dictadura di- gital. Además, invertir demasiado en desarrollar la ia y poco en la concien- cia humana que se movilice desde los sentimientos, podría aparejar –como consecuencia no buscada– que sofisticar los ordenadores sólo sirva “para fortalecer la estupidez natural de los humanos” (Harari 2018). En otras palabras, el problema no parece ser la tecnología, sino lo que (nos) dejemos hacer (o no hacer) con ella. Como señala Jacques Rancière, hay por ende que buscar en otra parte qué es lo que convierte ciertos me- dios técnicos en “una vía de expresión y difusión de todos los fantasmas identitarios, racistas, sexistas y demás” (cit. en Fernández-Savater 2014). Pero aun dejando abiertas ciertas ventanas para usos menos alarmantes de la biotecnología y los big data, como hace Harari, este entramado distópi- co que parece surgir de fake news, algoritmizaciones y potencialidades de la ia no parece ser la única distopía que se asoma en nuestros horizontes. La culpa es de los populismos (¿?) Como lectora eventual del área, me sorprende que caudillismo, machis- mo y populismo sean conceptos recurrentes en los trabajos de la ciencia política de las academias centrales –sobre todo Estados Unidos– para co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 30 dar cuenta de las particularidades y deficiencias persistentes de las de- mocracias latinoamericanas.11 También que, mientras la llamada “ma- rea rosa” parece estar retrayéndose en América Latina,12 estemos en un momento en el cual ciertos problemas a escala planetaria (fake news, manipulación de electorados y declaraciones ofensivas) se signifiquen rápida y peyorativamente por parte de las ciencias sociales y los medios de comunicación como un avance de “populismos de derecha e izquier- da”, donde quizás lo novedoso sea que esas acusaciones de populismo tiñen ahora a países centrales caracterizados por sus “democracias ma- duras”. En todo caso, esto parece aumentar sensaciones de desconcier- to y desencanto que performan una de las crisis identificables de nues- tra contemporaneidad.13 Así, Jair Bolsonaro, Tayyip Erdoğan, Nicolás 11 Véase, por ejemplo, Close y Deonandan (2004) o Corrales (2008). 12 El concepto de marea rosa fue aplicado para reunir distintos países del continente donde, desde los inicios de este siglo, pareció darse una ruptura de las mayorías electorales con la neoliberalización promovida por el Consenso de Washington que marcó la política, economía e ideología en los años noventa (Gudynas 2018b; Svampa 2018). El rótulo sim- plifica los estilos de las administraciones de distintos países cuyas políticas mostraban importantes diferencias en términos de pactos sociales y tipos de legitimación, aunque compartieran cierta común propensión neodesarrollista. De acuerdo con De Sousa (2011, 22 y ss.), por ejemplo, cabría distinguirlos a partir de dos formas contrastantes de aceptar el capitalismo sin fin, pero presuponiendo el fin del colonialismo, en un caso, y de buscar el fin del capitalismo aunque reconociendo un colonialismo sin fin, en el otro –aunque lo que el autor les reconoce como común es que todos surgieron de moviliza- ciones populares fuertes y lograron hacer al menos más costosas las formas tradicionales de dominio para las clases dominantes–. Svampa (2016), por su parte, distingue esas administraciones con base en los conceptos de “populismos plebeyos” (como Bolivia y Venezuela) y “populismos de clases medias” (como Ecuador y Argentina). 13 A modo de ejemplo, Picarella y Scocozza (2019, 2-3) afirman: “A pesar de la dificultad de definir un fenómeno tan ambiguo, parece oportuno considerar las estrechas rela- ciones entre el populismo y los procesos de degeneración democrática que caracteri- zan diferentes países en el actual escenario mundial […] Los significativos desaf íos que hoy en día están cruzando el tablero internacional, sometiendo los sistemas políticos contemporáneos a duras transformaciones, impulsan a reflexionar sobre las tenden- cias que subyacen la incertidumbre que sopla en el complejo panorama político actual. Indudablemente, entre estas dinámicas, se coloca la espinosa cuestión de la persona- lización y del populismo, controvertidos ámbitos teóricos que sin embargo tienen re- levantes efectos en la arquitectura político-institucional democrática convirtiéndose, cl au di a b ri on es 31 Maduro, Evo Morales, Viktor Orbán, Vladímir Putin y Donald Trump quedan igualmente responsabilizados de una peligrosa ola de populis- mo emergente de modo cuasi global, aun cuando sean administraciones cuyos alineamientos políticos ante situaciones puntuales –la crisis vene- zolana, por ejemplo– se posicionen de modos antagónicos. Esta mezcla por sí misma es indicador de que hay algo que revisar respecto de un término como populismo, que circula indistintamente como rótulo de descalificación política y como concepto teórico. Quizás por experiencias encarnadas en los mismos investigadores, en América Latina han surgido algunas relecturas interesantes respecto de la conceptualización del populismo que se hace desde las academias centrales. Estoy de acuerdo con Retamozo (2018, 18) cuando argumen- ta que, tras la preocupación teórica por lo nacional-popular, “están las preguntas planteadas por los movimientos nacionales y populares ‘real- mente existentes’ a los marxismos, a sus concepciones de la historia, la conformación del sujeto político y su dimensión de proyecto social”. En este marco, Ernesto Laclau (2005) es un referente clave para el pen- samiento latinoamericano por hacer del populismo tanto un problema teórico como una opción política expresa. Señalo aquí algunos de sus aportes y ciertos puntos a repensar. Por un lado, Laclau ve en el populismo la operación política por exce- lencia que permite la construcción imaginaria de un nosotros. Por el otro, para él la hegemonía comporta la politización ad infinitum de las relaciones sociales, de modo que “las condiciones de la democracia, las condiciones de la hegemonía y las condiciones de la política son básicamente las mismas” (Laclau 2014, 105). Sobre esta base, cuatro son las observaciones que sue- len realizarse a la propuesta del autor de La razón populista (Laclau 2005). Convertir al populismo casi en la forma misma de la política deriva en una inespecificidad tanto histórica como valorativa, y conlleva a la vez una des- atención a lo procedimental y a procesos complejos de subjetivación. de facto, en la praxis política de la modernidad, evidenciando contemporáneamente la crisis del tradicional andamio democrático y la necesidad de nuevos paradigmas y horizontes de acción política” (las cursivas son mías). co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 32 Respecto de la inespecificidad histórica, Laclau señala el proceso discursivo de producción del pueblo como agente, mediante una articu- lación de demandas heterogéneas e insatisfechas que produce una fron- tera antagónica entre ese nosotros y una alteridad identificada como enemigo. Retamozo (2018, 28) sostiene que, al ganar en formalismo, La- clau pierde de vista una historicidad que es clave en América Latina para dar cuenta de lo popular, la estatalidad y la nación. En similar dirección, Sebastián Barros (2009) señala una falta de empeño por identificar las condiciones para la emergencia de acciones políticas definibles como populistas, y por caracterizar las tensiones inherentes a sus formas de desafiar las relaciones de subordinación y luchar contra la desigualdad. Para mí, homogenizar sin historizar procesos de formación de lo que llamamos sectores populares no sólo dificulta ponderar dispares diná- micas de constitución y operación de bloques hegemónicos. Resulta también en que lo que Guy Standing (2014) define como precariado en Europa occidental e incluso en Estados Unidos sea muy distinto a lo que en América Latina entendemos como sectores populares vulnerables y precarizados. Es posible que de esto deriva en parte la tan distinta sen- sibilidad de los analistas latinoamericanos y de países centrales al mo- mento de discutir “la constitución del pueblo/lo popular”. En cuanto a la inespecificidad valorativa, Andrew Arato (2013, 157) le objeta a Laclau dejar abierta la posibilidad de lograr un resultado demo- crático –el efecto populista de ampliar por inclusión la comunidad cívica– por medios no democráticos de construcción de sujetos populares. Tam- bién que la inclusión de la plebs sea excluyente de algunas de sus partes y que lo político sea “reemplazado por la idea de las relaciones amigo-ene- migo” (Ibid., 160). En otras palabras, faltaría para Arato que Laclau expli- citase un proyecto político concreto que permitiera diferenciar distintos tipos de populismos, de modo que no acabara abonando políticas auto- ritarias orientadas a suprimir los reconocidos como enemigos internos y externos (Ibid., 167). En lo personal y para diferenciar tipos de populismo, considero central “provincializar” (Chakrabarty 2007) lecturas que parten de modelos abstractos de Estado-nación moderno pues, entre otras cosas, ello redunda en acabar englobando como igualmente populistas expre- cl au di a b ri on es 33 siones que sería más provechoso distinguir por sus énfasis nacionalistas, antiestablishment, clasistas o de una nueva derecha. Lo procedimental es sin duda relevante, puesto que pareciera que la articulación de principios sustantivos y procedimentales sigue sien- do un desaf ío no menor para toda propuesta política –un punto que resulta además evidente para las demandas indígenas desde las cuales me interesa pensar–. En esto, Arato (2013, 167) ve como falencia la falta de una propuesta procedimental en la propuesta de Laclau. Por ello es sugerente la forma en que Barros redirecciona sus aportes. Según Barros (2018, 20), en Laclau la reducción de la pluralidad a la singularidad está marcada por una tendencia a la polarización de la dinámica política que opera en toda práctica hegemónica, pero que encuentra máxima expresión en las formas populistas de articulación. Esta polarización conlleva la partición del campo de la representación en dos polos antagónicos –de poder y de no poder–, lo que imposibili- ta una sociedad reconciliada consigo misma. Pero Barros señala que la deriva populista no supone necesariamente un viraje del pluralismo a la imposición autoritaria del uno, sino más bien una simplificación bipolar del campo político mediante una relación equivalencial que se establece en el interior de los dos polos del antagonismo y que no implica reducir su multiplicidad constitutiva (Ibid., 21). Como la unidad de cada polo depende de una común exclusión que es lo que otorga unidad a la plu- ralidad de diferencias, lógicas más extendidas de equivalencia incluirán más diferencias y expandirán más solidaridades políticas que las restrin- gidas (Ibid., 21-22). Así, Barros destaca que equivalencias intensificadas no anulan la diferencialidad (Ibid., 23). Es el tipo de unidad que adquie- re el lazo y no la unificación populista per se lo que acaba neutralizando el pluralismo. Al momento de poner en historia y contexto las demandas indí- genas, la cuestión de cómo expandir la idea de heterogeneidad y plura- lismo resulta clave en varias direcciones que se irán desarrollando a lo largo del texto. Lo que destacaría aquí es que si para Laclau (cfr. Barros 2018, 25) el liderazgo populista es ese lugar estructural que condensa la representación de la multiplicidad de diferencias, para Barros (2018, 29), co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 34 en cambio, el carácter de distintos populismos se juega en cómo definen el tipo de unidad que adquirirá la articulación política de las diferencias y en los márgenes de expresión que dejan para su juego plural. En síntesis, partir de que hay diferentes maneras de gestionar la heterogeneidad en términos de promover o acotar la participación legí- tima en el demos, invita a mapear más que a prescribir los fundamentos críticos que distinguen a las democracias liberales de los pluralismos republicanos y de los populismos, así como los diversos modos y efectos con que distintos populismos incorporan y desplazan diferencias al mo- mento de encarnar la plebs como populus, es decir, como representación plena de la vida comunitaria.14 A su vez, esto evita lecturas únicamente top-down, que focalizan en el autoritarismo o carisma del líder, desaten- diendo las subjetivaciones que se referencian desde y contra distintas posibilidades de habitar lo sociopolítico. Respecto de las subjetividades, Retamozo (2018, 26) sostiene que Laclau busca ampliar el horizonte teórico, al reconocer que símbolos y creencias populares, además de demandas, “influyen en la producción social del sentido”. Para Retamozo (2018, 27), “no basta con la produc- ción de un discurso articulante sin una referencia a los procesos de in- terpelación (racionales, emotivos, afectivos, estéticos, éticos) que ope- ran en el campo de la subjetividad y abren espacios de tránsito de la subjetividad al sujeto”. No obstante, heterogeneizar y desatanizar los populismos como problema de análisis y no como mero locus de pasiones o fobias cívicas de los analistas requiere abrir más el análisis de las subjetivaciones, para examinar no sólo ya distintas maneras en que las heterogeneidades y diferencias resultan articulables como demos, sino también cómo cade- nas de significación hegemónicamente sedimentadas se encarnan en lo que comparten como aspiración y derecho propio quienes formalmente se alojan en campos antagónicos. Este movimiento permitiría analizar cambios aparentemente sorpresivos de identificación política de secto- res populares que pasan a apoyar líderes que los interpelan desde otros 14 Para un ejercicio en esta última dirección, véase Barros (2017). cl au di a b ri on es 35 idearios –de democracia liberal o pluralismo republicano, por ejemplo–, sin caer en el juicio moral de que cayeron de pronto en una cooptación que los lleva a obliterar su propio carácter diferencial. Hablo de lo que se presenta como una especie de péndulo a primera vista incomprensible, que ha mostrado a sectores populares apoyando a figuras en apariencia no populistas como Mauricio Macri, luego de doce años de responder a interpelaciones desde un horizonte nacional-popular, en un país donde el peronismo ha capturado y sigue capturando los imaginarios cívicos y de pertenencia desde ese horizonte en la mediana duración. Lo que deviene entonces tema de investigación empírica es cómo lo popular puede quedar eventualmente representado desde horizontes diferen- tes al populista, y también cómo sectores no definibles como populares pueden sentirse interpelados por el horizonte nacional-popular. Sin ninguna simpatía en torno al populismo de Donald Trump, Lawrence Grossberg (2018) introduce una serie de reflexiones muy su- gerentes que sirven para leer no sólo otros populismos, sino los que po- drían a simple vista ser sus contrarios, de modo que se evita lecturas simplistas que asignan a la volatilidad o tontera de los votantes su “cam- bio de rumbo”. Primero, Grossberg (2018, 856) alerta sobre la tendencia a pensar lo popular como entidad sociológica, sin advertir que también descri- be “los paisajes en los que –y los idiomas, lógicas y ‘cálculos’ con los que– las personas toman decisiones sobre las realidades y posibilidades de su vida cotidiana”. En este sentido, lo popular no involucra simple- mente relatos o prácticas, sino “las formas en que las personas viven, entienden, expresan, miden y calculan las acciones y elecciones en las banalidades de la vida cotidiana” (Ibid., 865). Transparentar por tanto lo popular como lo que interpelan ciertas “gentes” en vez de asumirlo como “terreno extraordinariamente complicado, contradictorio y des- ordenado […] rellenado con todo tipo de fragmentos y recuerdos, con todos los sentimientos que han sido y se pueden vincular a ellos, y con todas las dispares formas en que esos fragmentos y recuerdos van de- jando huellas sin un inventario”, hará que las lecturas académicas estén siempre pobremente equipadas para comprender la afectividad de/por co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 36 lo popular (Ibid., 882). No cuestionar esa ilusión de transparencia es lo que transforma, según el autor, todo concepto de “articulación” en una explicación prematura y prescriptiva, y no en un medio para investigar factores históricos, institucionales y culturales de cada emergencia po- pulista, así como de sus aparentes contrarios (Ibid., 865). Respecto de qué es lo que da efectividad a las interpelaciones, Grossberg sugiere que más que discursos que le “espetan la verdad al poder”, sensibilizan aquellos que le hablan a y para las realidades vividas por las personas y que rearticulan sus sentidos de posibilidad y compro- miso político (Ibid., 875). Me parece que este punto es relevante, pues opera tanto para los populismos como para discursos que en apariencia antagonizan con ellos. En todo caso, algunas observaciones de Grossberg constituyen au- tocríticas reflexivas en las que vale perseverar analíticamente. Recono- ce que, si bien “la política de justicia social (antirracismo, antisemismo, etc.) es absolutamente vital, las formas en que se promulgan son, con demasiada frecuencia, inadecuadas para las batallas contra las fuerzas conservadoras y contribuyen –lo cual no significa hacerlas responsables de– a la dificultad de articular nuevas formas de unidad oposicional” (Ibid., 871). Grossberg se permite dudar incluso de que no sea la misma reiteración constante de una sociedad polarizada lo que en realidad aca- be ayudando a producir condiciones de imposibilidad política, puesto que nunca la organización particular de la multiplicidad se da ni que- da garantizada por su división en dos campos netos (Ibid., 870). Para sortear acciones y discursos que reducen la multiplicidad a un simple binario y polarizan desde la desconfianza y el temor, propone realizar una “distinción crucial entre una política populista que homogeneiza y niega al otro, y una política popular, que intenta organizar diferencias y multiplicidades” (Ibid., 870-871; las cursivas son mías), en la convicción de que, mientras en Estados Unidos las fuerzas conservadoras están li- brando una batalla populista, las fuerzas de oposición deberían en cam- bio nuclearse tras una política popular. El autor plantea además dos desplazamientos para realizar aprecia- ciones más pertinentes y ajustadas respecto de “lo que hay” y de lo que cl au di a b ri on es 37 “queremos que haya” en el campo político. Por un lado, evita prejuzgar a quienes piensan diferente como irredimibles, malvados, privilegiados, locos o tontos.15 Por el otro, sostiene la capacidad de analizar en qué y por qué fallan las maneras que tenemos de encarar y teorizar los proble- mas cuando la realidad contradice ciertas expectativas, con el objetivo de formular preguntas de investigación más adecuadas.16 En esta dirección, me pregunto qué se ha/hemos leído mal desde el pensamiento latinoamericano “progresista” para que ciertas “oscila- ciones políticas” nos hayan sorprendido tanto o casi agarrado por sor- presa. A modo de (auto)provocación y para transformar desencantos en la agenda de investigación, comparto algunos interrogantes. ¿Será que para dar cuenta de la complejidad de subjetivaciones que tienen posicio- namientos políticos no sólo muy móviles, sino fundamentalmente pla- gados de grises porosidades, es más conducente no partir de nociones cristalizadas de qué es de “derecha” o de “izquierda”, qué es “progresista” y qué “reaccionario”, recreando polarizaciones que no permiten advertir ni analizar posicionamientos heterogéneos frente a diversos tópicos que resultan en decisiones más contextuadas? Así como Stuart Hall (1988) advertía como fallo de las izquierdas carecer de propuestas en torno a “la 15 Sostiene Grossberg (2018, 878): “En gran medida, la política actual consiste en cam- biar el panorama afectivo y articularlo políticamente. Requiere reconocer que es po- sible mover a algunas personas de sus posiciones (incluidas varias posiciones conser- vadoras y quizás incluso reaccionarias, y quizás incluso algunas formas de racismo), pero esto exige que no comencemos simplemente condenando a las personas […] Las personas tienen creencias y sentimientos por muchas razones, de muchas maneras. Si queremos cambiar la forma en que las personas piensan y sienten, debemos aprender a escuchar su sentido de la realidad, sus sentimientos, incluso si nos hacen sentir incó- modos o enojados”. 16 Al respecto, Grossberg (2018, 880-881) reformula: “La pregunta no es si las personas pueden o no distinguir la diferencia entre la verdad y la mentira, sino si y en qué aspectos esas diferencias son importantes para grupos particulares […] La pregunta no es cuán ignorantes deben ser las personas para no reconocer las contradicciones en sus posiciones, sino si y cuáles contradicciones están hechas para importarles […] Igual de relevante, la pregunta no es si las personas se niegan a aceptar las dife- rencias sociales (por ejemplo, de raza, género, sexualidad, etc.), sino qué diferencias importan y cómo lo hacen”. co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 38 nación/lo nacional” que el conservadurismo neoliberal supo aprovechar, ¿será que elegir como lugar excluyente de enunciación el de ciertas sub- alternidades reclamantes de derechos diferenciados (originarios, de gé- nero, opción sexual, etc.) ha dejado abiertas brechas que ciertos discur- sos “conservadores” logran llenar con “mejores” sentidos? Por ejemplo, ¿será que carecer de un discurso claro sobre qué se entiende por delito y cómo gestionarlo cuando involucra a ofensores de sectores populares –desde un énfasis puesto en denunciar otros crímenes, por lo general menos castigados y visibilizados, como los llamados “de guante blan- co”– no produce buen sentido para sectores populares que son víctimas centrales de unos y otros? ¿Será que discursos selectivos y cristalizados de los derechos humanos excluyen, invisibilizan o menosprecian ciertas subjetivaciones ligadas a masculinidades degradadas o a religiosidades cristianas y evangélicas que tienden a rearticularse dentro y desde otras cadenas de significación que sí hacen audibles y visibles sus insatisfac- ciones, sufrimientos y afectividades, a costa de ponerlos en tensión con los derechos enfáticamente visibilizados desde aquellos discursos?17 ¿Será que un análisis crítico del “avance de la derecha”, de su condensa- ción de recursos económicos, políticos y tecnológicos, se desluce con la ausencia de análisis equivalentes de distintas formas de corrupción que merecerían encararse desde posicionamientos éticos y no solamente desde especulaciones político-partidarias selectivas? ¿Será que impacta tanto que se dice como el modo en que se hace? ¿Será que las diferencias que importan a uno y otro lado del antagonismo visible siguen haciendo inaudibles e invisibles otras que no se sienten contenidas por nadie? En suma, ¿será que destransparentar ciertas convicciones propias o poner en duda nuestros “pilotos automáticos” de interpretación es una mejor 17 En esto, Gudynas (2018a, 244) entiende que “las prácticas de integración cultural de los mensajes religiosos deben ser replanteadas, ya que no estamos enfrentando dife- rentes ‘culturas’ sino otras ontologías, hibridaciones o debates con la modernidad”. Aun acordando con esto, haría un doble punto. Por un lado, que ciertos conflictos religiosos plantean distintos tipos de bordes o fricciones, y que conflictos que no pa- recieran serlo, provocan asimismo en algunos de sus aspectos tensiones ontológicas activadas por consideraciones religiosas. cl au di a b ri on es 39 estrategia para analizar desconciertos y someter cualquier crisis a una investigación tan abierta como crítica y reflexiva? Son muchas pregun- tas, ciertamente, pero aún no todas las necesarias para superar un an- tropocentrismo desde el que se produce otra distopía turbadora. Maldesarrollo, cambio climático y Antropoceno En marzo de 2018, Stephen Hawking no podría habernos dejado con una certeza más inquietante: la necesidad de abandonar la Tierra para sobrevivir como especie debido a lo que nuestras acciones han provo- cado en el planeta.18 Al hablar del cambio climático con aumento de las temperaturas y reducción de los casquetes polares, así como del agota- miento de los recursos f ísicos, incluida la aniquilación de las especies animales y la deforestación, Hawking se estaba haciendo eco como cien- tífico de otro panorama distópico que perturba nuestra contemporanei- dad. Al respecto, no hace tanto que hemos arribado a un momento de convergencia de preocupaciones que reúnen lecturas críticas de proce- sos económico-políticos y socioambientales, las cuales tienen sus pro- pias genealogías y extensas bibliograf ías que no serán reseñadas aquí. Me refiero a que, por un lado y sobre todo a partir de los años noven- ta, se van haciendo visibles críticas a distintos paradigmas desarrollistas que muestran tanto los mecanismos por los cuales desigualdades sociales y propuestas de desarrollo sustentable se acaban anidando de maneras que refuerzan las primeras (Schorr 2018), como la necesidad de ir más allá de la idea de desarrollo sustentable para proponer pensar en y desde desarrollos alternativos, posdesarrollo o alternativas al desarrollo (Esco- bar 1999 y 2005; Gudynas y Acosta 2011; Quintero 2012; Radcliffe 2012 y 2015; Silva y Guedes 2017; Walsh 2010). En esta dirección, Eduardo Gud- ynas (2018a, 243) sostiene que el continente de Suramérica en particular 18 Véase Knapton (2017). co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 40 ha sido un laboratorio para todo tipo de experimentos en estrategias de desarrollo en las últimas décadas, desde el neoliberalismo extremo hasta las autodeclaradas revoluciones socialistas del siglo xxi. Si el proceso de instrumentalización fue diferente en cada caso, todos estos casos compartieron la explotación de la Naturaleza para sostener el crecimiento económico, la mercantilización de la vida social y el con- trol y la represión de las organizaciones populares críticas. Por otro lado, las transformaciones ambientales, ancladas en estos y otros experimentos, unen académicos, activismos y pocas personas con el poder de tomar decisiones tras una idea no tanto de calentamien- to global como de cambio climático, particularmente en América Lati- na, con fuertes anclajes en aportes de la ecología política (Biersack 2011; Escobar 2010; Giraldo 2018; Gudynas 2014; Ulloa 2013), para hacer un llamamiento a desarrollar una nueva, más compleja y comprometida “racionalidad ambiental” que trascienda el logocentrismo de la ciencia moderna para encontrar “vías alternativas de construcción de socieda- des sustentables” a través del “diálogo de saberes” (Leff 2014, 16).19 Des- de estos encuadres, esas transformaciones están mayormente ligadas a actividades económicas diversificadas que se engloban en una idea de “neoextractivismo” (Svampa 2018; Gudynas 2018b), que incluye no sólo ya la explotación de recursos no renovables con nuevas tecnologías, sino también formas de agronegocio basadas en monocultivos intensivos para proveer mayormente mercados chinos y europeos. Todo esto alien- ta la concentración de la tierra –con el consiguiente desplazamiento de los pequeños productores–, la deforestación y la producción de paisajes tóxicos mayormente por sobreuso de fertilizantes químicos (Farthing y Fabricant 2018, 6). Conflictos en torno a los recursos naturales incluso han llevado a plantear nuevas ideas de riesgos y amenazas que irán deri- vando en planteos interestatales sobre formas de asegurar “la seguridad 19 En Argentina, buena parte de estos enfoques buscan analizar los efectos y desmon- tar los mitos entretejidos en torno a las ventajas de la megaminería y el fracking (véase, por ejemplo, AA.VV. 2014; Colectivo Voces de Alerta 2011). Para análisis que muestran esas dinámicas y efectos en la región, véase Göbel y Ulloa (2014). cl au di a b ri on es 41 ambiental” como cuestión de “seguridad internacional” (Rojas y Martín 1996). Ante procesos simbólicos, discursivos y materiales de apropia- ción de sus cuerpos, territorios y naturalezas, Ulloa (2017b) también registra un devenir de demandas indígenas hasta entonces centradas en derechos de autonomía y autodeterminación política y territorial, en re- clamos de autodeterminación ambiental, desde propuestas de justicia ambiental para humanos y no humanos, según concepciones propias de derecho y justicia ancestral. En su ensayo de 2009, “The Climate of History: Four Theses”, Chakrabarty vincula el cambio climático con la historia del capitalismo, aunque ya postula que no deberíamos reducirlo totalmente al último. También señala que si la crisis climática es distinta de otras crisis pro- pias del capitalismo, es porque no asegura ningún salvavidas sólo para las clases dominantes. Años después y en respuesta a críticas a esta idea por parte de quienes buscan responsabilizar a las naciones y grupos po- derosos del mundo de su incidencia diferencial en la producción de la crisis ecológica, Chakrabarty (2017) argumenta la necesidad de sostener una mirada de mayor duración, como especie eventualmente responsa- ble de la desaparición de otras especies y de ella misma. Ello no obsta para que a la vez se distribuyan diferencialmente responsabilidades de reparación entre ricos y pobres, entre países “desarrollados” y los que solamente tienen deseos de desarrollo. Agrega incluso que esto requiere replantear nociones ilustrativas de justicia distributiva centradas única- mente en las diferentes desigualdades dentro del mundo humano, con el objetivo de incluir formas más amplias de vida y el mundo que dejaría- mos a las generaciones por venir. Para avanzar en esta última dirección, el autor (Ibid., 31) enfatiza la importancia de insistir en que, aunque no tengamos responsabilidades idénticas en la producción del cambio climático, las transformaciones asociadas nos ponen a todos frente a idénticos dilemas. En este marco pero con una prosapia más reciente, va progresiva- mente impactando también en las ciencias sociales la controversia sobre el Antropoceno, la cual se articula cada vez más con los dos marcos pre- vios de análisis crítico. De acuerdo con Conty (2018, 74), distintas disci- co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 42 plinas –biología, f ísica, ciencia cognitiva, tecnología de la información, antropología, sociología, filosof ía, ciencia política, paleontología, ar- queología, primatología, geología e incluso estudios indígenas– debaten ahora sobre el Antropoceno, asumiendo que los seres humanos no son criaturas autónomas, sino partes que dependen de una red de relaciones materiales. De una manera más precisa, Eduardo Kohn (2015, 311) afir- ma que el Antropoceno refiere a “una época en la que los seres y futuros humanos y no humanos se han enredado cada vez más y los problemas éticos y políticos ya no pueden tratarse como problemas exclusivamente humanos”. Todo ello ha dado paso al surgimiento de enfoques engloba- bles tras una idea de nuevo materialismo, que cuestiona distintos dualis- mos de la episteme de la modernidad para enfocarse en la materialidad del mundo y sus actores no humanos. Esta ampliación a distintos tipos de actantes ha llevado incluso a ver esos enfoques como poshumanistas, aunque lo que paradójicamente se subraye sea el modo en que el factor humano ha devenido en fuerza geológica. Pero es una paradoja aparen- te, pues lo que se busca es responsabilizar a los humanos de sus actos y cuestionar, a la vez, el abismo ontológico insalvable entre distintos exis- tentes y agencias creado por un excepcionalismo moderno que diferen- cia tajantemente al ser humano de otras formas de vida. En esto, y como Conty (2018, 75) reconoce, ha sido muy influyente el trabajo de Bruno Latour (2008), no sólo por sus discusiones explícitas sobre el Antropo- ceno, sino fundamentalmente por lo que su teoría del actante-red o de los ensamblajes posibilita al reconocer como agencia a las cosas desde una ontología en que sujetos y objetos quedan planamente enredados. Povinelli vincula este interés a cuestiones más amplias. Sostiene que si el Antropoceno ha tenido un impacto dramático en la organiza- ción del pensamiento crítico, la política cultural y la gobernanza geopo- lítica del norte y sur global, es porque la misma emergencia del concepto marca el paso de la biopolítica a una geontología o poder geontológico, que pone en cuestión las formas del poder soberano, del disciplinario y del biopoder identificadas por Foucault (cit. en Povinelli 2016, 13-14). Concretamente, la posibilidad de que los humanos (o ciertas formas de existencia humana) sean una fuerza con capacidad de incidir en que la cl au di a b ri on es 43 vida misma se enfrente a la extinción planetaria ha sacudido, para Po- vinelli, la distinción autoevidente y fundamental de una biopolítica que distingue y jerarquiza de modo excluyente la autonomía de la vida frente la no vida de lo inerte. Esto es, el drama biopolítico de la vida y la muer- te se transforma en un nuevo drama geontopolítico, donde la muerte empieza y termina en una no vida inerte. Así, si las humanidades, las ciencias sociales humanistas o cuantitativas y las ciencias naturales han cambiado sus interrogantes, es porque el geontopoder (o poder de y so- bre los existentes sin vida) ha emergido como fase de pensamiento y práctica de un liberalismo tardío que, a la par de reconsolidar la dis- tinción entre lo bioactivo y lo inerte, trata de investigar y resolver sus efectos (Povinelli 2016, 3). Povinelli no sostiene que antes no existiera la geontología como arquitectura de gobierno, sino que el cambio cli- mático ha hecho que “el geontopoder sea visible para las personas que anteriormente no se vieron afectadas por él, y que desviaron sus efectos nocivos a otros lugares” (Povinelli, Coleman y Yusoff 2017, 172). En este marco, más que retomar aquí los cuatro puntos centrales sobre los que mayormente gira la controversia académica sobre el Antropoceno y que discutimos en otra parte,20 me interesa resumir qué tipo de indicadores se toman en cuenta para ponderar esos efectos nocivos. Steffen et al. (2015) identifican algunos límites del planeta que serían sumamente peligrosos traspasar: el clima, la alteración de la cobertura ve- getal, la erosión de la biodiversidad o la desaparición de especies animales (sexta extinción de la vida en la Tierra) y la alteración de los flujos biogeo- químicos, en los que los ciclos del fósforo y el nitrógeno desempeñan un papel esencial. También se han disparado desde la Segunda Guerra Mun- dial el consumo de recursos primarios, la utilización de energía, el creci- miento demográfico, la actividad económica y el deterioro de la biósfera. Por ello estos autores toman la mitad del siglo xx como hito de una “gran 20 A saber, si hay indicadores geológicos o no para identificar esta era; si la misma tiene una fecha de inicio cierta y cuál sería; si hay que hablar de Antropoceno, Capitaloce- no, Tecnoceno, Plantacionoceno o Chthuluceno; y si es una discusión científica, po- lítica y/o de la “cultura popular”, esto es, propia de legos y medios de comunicación. Véase Briones, Lanata y Monjeau (2019). co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 44 aceleración” en el agravamiento de transformaciones planetarias dramáti- cas. Issberner y Léna (2018), por su parte, no sólo aseguran que ya hemos traspasado cuatro de esos límites, sino que a partir de los años setenta se registró un periodo de hiperaceleración que desborda la idea de un cam- bio solamente climático. En esta dirección, Waters et al. (2016) hablan de cambios sin precedentes en los ciclos de carbono, fósforo y nitrógeno, y en la biósfera tanto marina como terrestre. Todas estas preocupantes convergencias han hecho que, en los últi- mos años, se diera el progresivo anidamiento de los tres marcos críticos presentados en este capítulo. Ello no sólo ha contribuido a identificar los múltiples indicadores, causas y consecuencias de la crisis socioambien- tal, sino también las acciones de resistencia y protesta ante sus deriva- ciones que Svampa (2018) reúne tras el concepto de “giro ecoterritorial”. Respecto del primer punto, se enfatiza por ejemplo que los daños ambientales también resultan de priorizar sistemas productivos intensi- vos que utilizan tierras y aguas comunales, o del acaparamiento del agua mediante la apropiación de los ecosistemas que posibilitan el nacimiento o la gestión del líquido, ya sea por privatización de manantiales o por desviación de cuerpos de agua para proyectos mineros, hidroeléctricos o extractivos, así como por el relleno de humedales para adelantar planes de vivienda (Romero-Toledo y Ulloa 2018). Como muestran estos auto- res, todas estas prácticas han acrecentado los conflictos ecológico-distri- butivos en territorios rurales y urbanos, en un contexto en el cual la mer- cantilización de la naturaleza afecta directamente las formas tradiciona- les o locales de relacionarse con el agua (Ibid., 20). Ello plantea conflictos entre metabolismos y ciclos hidrosociales dominantes y culturas locales, así como variadas respuestas de movimientos sociales que, definiendo el recurso como derecho humano o bien común desde materialidades e imaginarios territoriales divergentes, se oponen a procesos de intercam- bio ecológico desigual y denuncian la deuda ecológica acumulada por los países desarrollados con todos los restantes (Ibid., 30 y ss.). Acerca del segundo punto y como preocupación paralela, las inver- siones de capital no sólo en tierras y minería, sino también en combus- tibles fósiles, genes y plantaciones forestales para absorber emisiones cl au di a b ri on es 45 de gas por efecto invernadero, refuerzan patrones de desigualdad exis- tentes o generan otros nuevos en términos interseccionados (Dhamoon 2011; Viveros 2016) de clase, género, etnicidad y “raza”. Estas oposicio- nes resultan tanto de la distribución desigual de riesgos y beneficios económicos como de asimetrías en el acceso y uso de los recursos, así como en la visibilidad y valoración de los conocimientos sociales (Dietz 2014; Göbel, Góngora-Mera y Ulloa 2014). En estos contextos, Escobar (2014, 15) registra el surgimiento de distintos discursos de transición a un mundo diferente en variados espacios, como “la ecología, las ciencias de la complejidad, la espiritualidad, el pensamiento alternativo del desa- rrollo y la economía, la academia crítica y, por supuesto, en muchos mo- vimientos sociales que imaginan una verdadera ‘transición civilizatoria’”. Retomaremos algunos de estos discursos al final del libro. Hasta aquí he presentado por separado tres panoramas críticos que no sólo se intervinculan a nivel global, sino que afectan muy concreta- mente el día a día de la convivencia cotidiana con mis interlocutores, aunque adquieran otras superficies de emergencia y generen otros deba- tes. En el marco de represiones recientes a procesos de recuperaciones de tierras que terminaron en 2017 con dos muertes de activistas aún no esclarecidas en términos judiciales, se produjo una inusitada prolifera- ción de informaciones descalificatorias por parte no sólo ya de medios de comunicación confrontados políticamente, sino en medios electróni- cos que encontraron en estos acontecimientos una manera de recrudecer “la grieta”, denominación local de la extrema y agresiva polarización de la opinión pública respecto de temáticas más amplias. Particularmente, durante los meses en que estuvo desaparecido el cuerpo de Santiago Mal- donado, proliferaron pistas y noticias falsas que llenaron con distinto tipo de fabulaciones el vacío informativo sobre lo acontecido (Briones y Ramos 2018; Nagy 2018). A su vez, esa grieta no está desvinculada de las formas sociales de receptar y de los dispares estilos de construcción de hegemo- nía –de raigambre más nacional-popular o liberal conservadora–, que también han dividido las visiones y diversificado los emprendimientos y posicionamientos del movimiento mapuche-tewelche en la Patagonia ar- gentina. Nada más hay que prestar un poco de atención a las heterogéneas co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 46 intervenciones públicas de ese movimiento para advertir que los efectos reales y potenciales del maldesarrollo (Svampa y Viale 2014), del cambio climático y el Antropoceno hacen a sus preocupaciones rutinarias y muy palpablemente encarnadas, aunque se los identifique con otros términos y se los sopese de otros modos. En esto, diferentes iniciativas indígenas han denunciado consecuencias locales, pero también más amplias de los emprendimientos de distintos frentes y prácticas de la acumulación por depredación biotecnológica –y no sólo por desposesión (Harvey 2004)–, que caracteriza los sectores que hegemónicamente se ven como “más di- námicos y promisorios” del capitalismo contemporáneo en Argentina. Por ello, en lo que queda del libro, se propone un cambio de estrate- gia: la de repensar lo planetario y distintos marcos de época, que baraja- dos a escala global parecen inabarcables, desde una lectura que se enfoque en lo que las “preocupaciones globales” diluyen o le restan importancia, ya sea como problemas o como alternativas de resolución. Así, en los si- guientes capítulos se van a identificar algunas aperturas conceptuales que permitan pensar estas crisis de otro modo, planteando de un modo dife- rente lo que consideramos que toda crisis comporta. Repasaré luego el devenir de demandas indígenas, que algunos las consideran como más incertidumbres, para leerlas más bien a contrapelo, esto es, como diag- nósticos que ofrecen otros elementos para identificar qué es lo que está desestabilizándose y debiera reorientarse a fin de afrontar ciertos escena- rios conflictivos en nuestras formas de convivir. La meta última de incor- porar otras maneras de morar y pensar qué es lo que está en crisis, pasará por explorar cómo transitar de otros modos nuestra contemporaneidad. Repensando nociones de crisis desde y para la contemporaneidad: algunas aperturas conceptuales Necesitamos un optimismo del intelecto que solo puede provenir de la reafirmación de nuestra fe en que un mejor conocimiento es condición necesaria para mejores historias y cambios estratégicos, y que tal proyecto requiere hacer el dif ícil trabajo de usar la teoría para involucrarnos en el mundo, poniendo en riesgo nuestras propias suposiciones y certezas –teóricas, empíricas y políticas. Grossberg (2018, 864) Desde su etimología griega, la noción de crisis inscribe un componente temporalizador que topicaliza esos momentos en que se manifiesta una ruptura, la cual demanda separar/distinguir y decidir. Para la Real Acade- mia Española, el término tiene varios usos que van desde una “situación mala o dif ícil”, a la “intensificación brusca de los síntomas de una enferme- dad” o, de un modo más general, a un “cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o una situación o en la manera en que estos son apreciados”.21 Desde el sentido común, la idea de crisis suele estar asociada con el estrés emocional y el desconcierto, e involucra no tener certidum- bres, respuestas o soluciones para encauzar “el ahora” en una dirección que se presente como mejor, más clara o al menos más tranquilizadora. 21 Véase https://dle.rae.es/?id=BHwUydm. co n fl ic ti vi da de s i n te rc ul tu ra le s 48 Ese sentido común no es ajeno a lecturas sociológicas clásicas. Desde Durkheim (1998), los momentos colectivos de tribulación se vin- culan con una noción de anomia y de pathos, por tanto, con ideas de trastorno o desorganización de las regulaciones. Hablamos, por ende, de momentos de incertidumbre, desajuste y colapso, que en lo indivi- dual se ligan con sentimientos de frustración y malestar, y en lo colectivo remiten a conflictos entendidos como situaciones de confrontación. Aunque al menos desde los años cincuenta las ciencias sociales vie- nen postulando los conflictos como motor de lo social, la perseverancia del sentido común de asociar los conflictos con ideas de crisis ha hecho de esta última noción un rótulo tan extendido como inespecífico. Es por eso que me interesa aquí desnaturalizar ideas de crisis y conflictivida- des, subrayando los significados menos visibles que están asociados a la imagen de ruptura que demanda separar/distinguir para decidir. Para ello, más que entrar por lo que debe ser separado y distinguido, trataré de enfocarme en los criterios con que lo hacemos. Parto entonces de que la sensación de crisis como situación conflictiva emerge, al menos en parte, cuando fallan los “pilotos automáticos” explicativos –sean de sentido común o teóricos– lo que nos confronta con la opción o bien de adecuarlos para reinstaurarlos compulsivamente –aún a riesgo de incre- mentar sensaciones de desconcierto de cuya producción acabamos en todo caso por desresponsabilizarnos–, o bien de reprogramarlos. El epígrafe elegido para introducir esta parte hace explícito que, para mí, el horizonte siempre es una reprogramación que debe apuntar a confrontar reflexivamente nuestros supuestos con lo que acontece, para replantear lo posible y generar nuevos acuerdos de convivencia. Por tanto,