ISSN: 0304-3703 REVISTA DE ANTROPOLOGÍA del MUSEO NACIONAL DE COSTA RICA Volumen 41 (1-2) SAN JOSÉ, COSTA RICA 2021 MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 1 LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN EL MONUMENTO NACIONAL GUAYABO ENTRE LOS AÑOS 1891 Y 2000 Mauricio Murillo Herrera Centro de Investigaciones Antropológicas Universidad de Costa Rica RESUMEN El presente artículo es una síntesis de la investigación en el Monumento Nacional Guayabo llevada a cabo entre los años 1891 y 2000. Se expone los cambios en las preguntas, objetivos, enfoques, escalas de análisis, estrategias metodológicas y técnicas por parte de los investigadores durante los primeros 110 años. Se analiza de manera crítica las acciones, las estrategias utilizadas y los productos de las investigaciones que se ejecutaron, con el fin de extraer lecciones para el presente y el futuro de la arqueología nacional. Finalmente, se discute la permanente relevancia de Guayabo como fuente de información del pasado y como uno de los principales referentes nacionales e internacionales de la arqueología del sur de América Central. Mauricio Murillo mauriciomurillo@hotmail.com Palabras clave: historia de la arqueología, Guayabo, Costa Rica ABSTRACT This article is a summary of the research in the Guayabo National Monument carried out between 1891 and 2000. Changes in the questions, objectives, approaches, scales of analysis, methodological and technical strategies by researchers during the first 110 years are discussed and evaluated. The decisions, strategies and products of the investigations carried out in the site are critically analyzed. The aim is to extract lessons that can be considered by current and future archaeologists in their research designs. Finally, the permanent relevance of Guayabo as a source of information from the past, and as one of the main south Central America archaeology’s icon is also discussed. Key words: history of archaeology, Guayabo, Costa Rica ISSN: 0304-3703 LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO2 El presente artículo es una síntesis de la investigación1 en el Monumento Nacional Guayabo llevada a cabo entre los años 1891 y 2000, tema sobre el cual investigué y escribí hace 18 años (Murillo 2002, 2003, 2008, 2012). Si bien ya ha transcurrido bastante tiempo desde esa investigación, en el marco de este volumen temático el editor gentilmente me invitó a colaborar con esta síntesis, y la difusión de los productos de investigación es una tarea que no dejará nunca de ser necesaria y relevante. Como veremos a continuación, Guayabo ha sido y sigue siendo un referente en la arqueología de Costa Rica y del sur de América Central y la historia de las investigaciones ejecutadas allí está entrelazada con el desarrollo mundial de la arqueología desde la segunda mitad del siglo XIX. Los cambios en las preguntas, objetivos, enfoques, escalas de análisis, estrategias metodológicas y técnicas por parte de los arqueólogos, primero amateurs y luego profesionales, durante 130 años han impactado directa o indirectamente lo que se ha hecho en el sitio. Guayabo fue una verdadera escuela de campo para las primeras generaciones de arqueólogos nacionales y fueron muchas las lecciones que recibieron tanto profesores como estudiantes de la práctica de la arqueología en Guayabo. Además, al ser el lugar donde se desarrolló uno de los primeros Trabajos Comunales Universitarios en el país, profesionales de distintas disciplinas dieron sus primeros pasos en el ejercicio de sus profesiones en un contexto social real en Guayabo. Siglo XIX El desarrollo de la arqueología en el siglo XIX, alrededor del mundo, estuvo fuertemente marcado tanto por el coleccionismo privado como por el impulso nacionalista detrás de la creación de museos nacionales, este fenómeno que ha sido investigado tanto a escala mundial (Daniel 1967; Trigger 1996), continental (Willey y Sabloff 1993) y nacional (Arias y Bolaños 1983; Corrales 2003; Solórzano 2001). Durante este periodo predominó la búsqueda de artefactos que llamaran la atención porque se adecuaba a los estándares estéticos de la época o porque respondían a la idea de exotismo desde el punto de vista de lo que se ha denominado “el mundo occidental”. En ese entonces los parámetros científicos utilizados en la arqueología se podían resumir en dejar un registro escrito de la proveniencia de los artefactos e inventariarlos; en un nivel más alto dejar una imagen de los artefactos, ya sea por medio del dibujo o de la fotografía y elaborar una interpretación del significado o del uso de las piezas a partir de la imaginación del autor y de la información histórica y etnográfica que estuviera a su alcance. En escasas ocasiones se realizaban planos de los hallazgos. No obstante, la gran mayoría de exploraciones de sitios arqueológicos durante el siglo XIX, alrededor del mundo, ni siquiera implementaron esos MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 3 elementos; quienes intervenían lo hacían con el único propósito de obtener las piezas para venderlas a coleccionistas privados y museos en formación. Fue en este contexto del desarrollo de la arqueología en que aparece Guayabo en la literatura académica nacional e internacional. Los primeros datos que poseemos acerca del sitio arqueológico Guayabo se encuentran en la correspondencia entre el acaudalado comerciante costarricense, José Ramón Rojas Troyo (1832-1887) y el naturalista alemán Hellmuth Polakowsky (1847-1917), miembro correspondiente de la Verein fur Erdkunde de Dresde y de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Polakowsky fue profesor del Instituto Nacional de Costa Rica (Pittier 1890: 8) y, de acuerdo con Molina y Lines (1974: 144), fue él quien inició el interés de los estudiosos alemanes por la arqueología de Costa Rica. Polakowsky editó la correspondencia con Rojas Troyo y escribió un artículo inicialmente publicado en alemán (Polakowsky 1888), el cual fue posteriormente traducido a lengua castellana (Polakowsky 1890, 1892). Durante la Exposición Nacional desarrollada en San José entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre de 1886, varios miembros de la sociedad costarricense mostraron sus diferentes colecciones, entre ellos el caficultor cartaginés José Ramón Rojas Troyo2 quién expuso objetos arqueológicos extraídos de Aguacaliente de Cartago y de “El Guayabo” de Turrialba. Rojas Troyo había iniciado las excavaciones en busca de objetos en 1882 (Polakowsky 1888: 206) y la prensa nacional difundía la creación de su “museo” personal (p. ej. Diario de Costa Rica 1885: 1). Polakowsky obtuvo un catálogo de dicha exposición (Dirección General de Estadística 1886) y quedó asombrado con su contenido e inmediatamente le envió una copia al etnólogo alemán Adolph Bastian (1826-1905). Bastian fue uno de los pioneros en el desarrollo de la Antropología durante el siglo XIX (Harris 1968: 137,265; Lowie 1937: 30-38; Trigger 1996: 154) y en ese entonces viajaba alrededor del mundo con la intención de buscar información que apoyara su doctrina ilustrada de la unidad psíquica (Elementargedanken) la cual sostenía que, dada la ausencia de evidencia, todas las similitudes culturales debía ser producto de una misma idea universal, y de paso recolectar objetos de sociedades aborígenes y antiguas de distintas partes del mundo para exponerlas y estudiarlas en el Museo Real de Etnología de Berlín. Bastian se mostró sumamente interesado en la información enviada por Polakowsky (1888: 207-208; Fernández 1888: 259-260, 1898a: 3) y lo animó a estudiar las piezas; así fue como este último se propuso “obtener por lo menos la parte numerosa de los duplicados de la Colección Troyo para el Museo de Berlín”3. Este hecho motivó a Polakowsky a ponerse en contacto con Rojas Troyo a través de correspondencia, intercambio que duró solo unos meses debido a la muerte de este último, el 01 de noviembre de 1887 (Fig. 1). LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO4 Polakowsky publicó fragmentos de las cartas que Rojas Troyo le envió y en ellos se encuentra la interpretación del hacendario cartaginés acerca de Guayabo: “Se cree generalmente que aquí existió una gran población que ya había decaído muchísima [sic] al tiempo de la conquista por los españoles; y es muy probable que, haya habido en este lugar un centro de civilización más adelantada que los demás, á [sic] juzgar por la posición topográfica de la localidad, y por haberse encontrado en el citado lugar los objetos más notables por su pulimento y manufactura” (Polakowsky 1888: 209). Si bien en ese mismo artículo se incluye una descripción por parte de Rojas Troyo de los artefactos de su colección (Polakowsky 1888: 210-213), se infiere del texto que Rojas Troyo describe indistintamente lo extraído tanto de Guayabo como de Aguacaliente. Sin embargo, en el catálogo de los objetos presentados por la República de Costa Rica en la Exposición Histórico-Americana de Madrid en 1892 (De Peralta y Alfaro 1893), se incluye la procedencia de los objetos del denominado “Legado Troyo” que fueron llevados y exhibidos en dicha exposición. Tres meses después de su última carta a Polakowsky, Rojas Troyo fallece y en su testamento lega al recién creado Museo Nacional toda su colección de antigüedades, conocida como “Museo Troyo” (Alfaro 1887: 763). Figura 1. Fotografías enviadas por José Ramón Rojas Troyo a Helmuth Polakowsky (Polakowsky 1888: 215). MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 5 Entre octubre y diciembre del año 1891 (Alfaro 1894a, 1894b; De Peralta y Alfaro 1893: XXXI) el científico costarricense Anastasio Alfaro González (1865-1951) excavó en Guayabo con el fin de ampliar la colección de artefactos precolombinos que llevaría la delegación costarricense a la Exposición Histórico-Americana de Madrid en 18924 y con motivo de este evento se vuelve a publicar acerca de Guayabo. El español Juan Gualberto López-Valdemoro de Quesada (1855–1935), quinto Conde de las Navas, escribe en el Boletín de la Unión Ibero-Americana (López 1892, 1893) sus impresiones acerca de los objetos presentados por la República de Costa Rica en la Exposición Histórico- Americana de Madrid en 1892. En su repaso por la colección de Costa Rica, describe “…[l]a magnifica «piedra de sacrificios», nombre con que designan en el país las piezas indígenas que afectan formas semejantes…” y señala que “se encontró en el «Guayabo» á [sic] las faldas del Turrialba” (López 1892: 30). Y más adelante pasa a describir otro de los objetos: “Figura en esta Sala el mejor entre los siete ejemplares de mesas (?) de una sola pieza, con la superficie superior cóncava, mantenida por columnas elegantísimas que descansan en un círculo y adornada con caprichosos dibujos, del rostro humano y de diversos animales. Mide este valioso ejemplar 40 centímetros de alto por 75 de diámetro, y procede de «El Guayabo», en donde se encontró con la «piedra de sacrificios» que describí más arriba” (López 1892: 31). La llamada “piedra de los sacrificios” no sólo llamó la atención de López; el arqueólogo español José Ramón Mélida, miembro del jurado de la Exposición (Casado 2006: 112), se refirió a ella de la siguiente manera: “La pieza más importante, y la mejor de cuantas de Costa Rica se conocen, es la llamada «piedra de los sacrificios»… Es la tabla obra de los güetares [sic], y fué [sic] descubierta en el cementerio del Guayabo, situado en la falda oriental del volcán Turrialba” (Mélida 1893: 168). En el “Catálogo General de la Exposición Histórico-Americana Madrid 1892” se reportó que: “También exhibe Costa Rica cerca de 1000 objetos extraídos á [sic] fines del año pasado del cementerio del Guayabo, situado en la vertiente oriental de aquel país, esto es, en las faldas del volcán de Turrialba” (De la Rada 1893: 35-36) (Fig. 2). LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO6 Figura 2. Dibujo de escultura procedente de “El Guayabo” publicada por José Ramón Mélida en su reseña de las colecciones presentadas por el Gobierno de Costa Rica en la Exposición Histórico-Americana (Mélida 1893: 176). De acuerdo con el Catálogo del Museo Nacional de Costa Rica corresponde al artefacto # 6410. Y el fundador del Departamento de Antropología de la Universidad de Pennsylvania, Daniel G. Brinton escribió que: “Over 1,000 relics which were obtained in 1891 in exploring the native cemetery of Guayabo, situated on the slope of the volcano, form a conspicuous part of the collection from Costa Rica, and one highly illustrative of the industry of its earlier inhabitants” (Brinton 1895: 39). Estas son algunas de las múltiples reseñas y descripciones que se publicaron acerca de la exhibición de la República de Costa Rica en la Exposición Histórico- Americana de Madrid en 1892 (p. ej. Goode 1895; Hough 1893), así como en la World's Columbian Exposition celebrada en Chicago, Estados Unidos al año siguiente (p. ej. Putnam 1893; Starr 1893). La mayoría de estas reseñas fueron compiladas y publicadas en los informes del Museo Nacional de Costa Rica (Alfaro 1895, 1896) y han sido estudiadas en los últimos 30 años (p. ej. Gólcher 1998; Quesada 1993; Waters y Fonseca 2005). MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 7 En un artículo escrito por el intelectual cubano, Agustín Navarrete Tejera (1865-1914), quien en ese momento fungía como Inspector de Escuelas del 2° distrito de Alajuela, aparece por vez primera una función que vendría a tener Guayabo en el desarrollo de la arqueología costarricense, esta función es la de servir de patrón o de modelos sobre el cual los descubrimientos arqueológicos posteriores se comparaban o se medían. Esta función fue compartida con Aguacaliente durante la última década del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Refiriéndose a los rasgos de la arqueología de la zona de San Ramón, Navarrete (1899) señala que: “En ninguna de ambas necrópolis encontré los montículos y círculos de piedra que se ven en los cementerios güetares del Guayabo en Turrialba…” (p. 30). “…don Anastasio Alfaro encontró en el cementerio del Guayabo en Turrialba una fuente empedrada, cuyo desagüe lo forma una atarjea cubierta con grandes lajas que todavía no han descompuesto los carros que á [sic] diario pasan sobre ella...” (p. 32). “De la misma huaca se extrajo una águila [sic] de oro pequeña y de igual forma que las encontradas en Agua Caliente y el Guayabo” (p. 48). Otro ejemplo temprano de esta función del sitio como “medida estándar” es el siguiente comentario por Juan Fernández Ferráz (1900): “Nada se había encontrado en las huacas que pueda asemejársele [refiriéndose a un objeto esculpido en piedra encontrado en San Isidro, por Vázquez de Coronado]. Las mesas caladas de Turrialba, que en tanta estima tiene el Museo, la n.° 108, encontrada en el Guayabo con la llamada "Piedra de los sacrificios" (n.° 104) inclusive, no son más que objetos ornamentales, propios del culto acaso, con alguna tendencia al simbolismo; pero nada otra cosa [sic]”. Inclusive, la razón que señala el arqueólogo sueco Carl V. Hartman para haber enfocado sus excavaciones en la provincia de Cartago entre 1896 y 1897 fue precisamente porque: “Most of the collections of archaeological objects to be seen in the National Museum in San Jose and in the Troyo collection in Cartago were obtained from various localities in the province of Cartago… Most of the objects were dug up on his [refiriéndose a Rojas Troyo] own ground, either at the cemetery above mentioned [refiriéndose a Aguacaliente] or at Turrialba [refiriéndose a Guayabo]” (Hartman 1901: 47-48). LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO8 Con la llegada del siglo XX, la fama nacional e internacional que Guayabo desarrolló durante las últimas décadas del siglo XIX se disipó, como veremos a continuación. No fue sino hasta finales de la década de 1960 que recobraría la atención de los arqueólogos y del público general. Inicios del siglo XX Durante las primeras décadas del siglo XX el Museo Nacional experimentó un fuerte deterioro financiero, lo cual impidió el desarrollo normal en sus funciones, incluyendo su capacidad de llevar a cabo investigaciones científicas (Kandler 1987: 29-31). La investigación arqueológica sufrió de manera particular, debido a que Anastasio Alfaro tenía que atender tareas administrativas las cuales implicaban un fuerte sobrecargo. Por esta razón, se vio en la situación de tener que decidir en qué concentrar su poco tiempo disponible y eligió enfocarse en sus investigaciones en las ciencias naturales. Este hecho tuvo una fuerte repercusión en el desarrollo de la investigación arqueológica en Costa Rica durante la primera mitad del siglo XX; hay que señalar el hecho de que, previo a la década de 1960, el Museo Nacional era la única institución en el país que se ocupaba de lo arqueológico. La investigación arqueológica en el país entre 1900 y 1950 se llevó a cabo de manera esporádica y aislada por iniciativas personales de intelectuales nacionales y extranjeros, en donde predominó el estudio de colecciones privadas o en museos y el análisis de artefactos particulares (p. ej. Hartman 1907a, 1907b; Lehmann 1913; Lines 1935, 1936, 1938, 1940, 1942; Lothrop 1926; Skinner 1920, 1926; Tristán 1924a, 1924b, 1925). Durante esta época no hubo investigación en Guayabo ni tampoco de los objetos extraídos del sitio. El dueño entre 1906 y 1953 de los terrenos en que se encuentra el sitio, Juan Gómez Álvarez, no permitió que el sitio fuera intervenido, aunque la labor de los huaqueros se mantuvo subrepticiamente en la entonces conocida “Hacienda El Guayabo” (Aguilar 1972: 21; Stansifer y Bozzoli 2000: 23). Gómez Álvarez había comprado el terreno al hijo mayor de Rojas Troyo, Rafael Ángel [Rojas Pacheco] Troyo Pacheco, pocos años después del fallecimiento de su madre, Ángela de los Dolores Pacheco Ugalde, viuda de Rojas Troyo, en el año 1900 (Arias, Chávez y Gómez 1987: 22). Samuel K. Lothrop (1926: 439) describió a Guayabo y a otros asentamientos del Valle Central y del Caribe costarricense como cementerios, a pesar de que en otra parte dice que “[l]a principal evidencia visible de la ocupación antigua consiste en montículos” (ibid: 285). Así describe a Guayabo: “…[It] was a small but very crowded burial ground marked by stone circles ten to twelve meters in diameter. From this site have come many specimens...” (ibid: 439). MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 9 Hay que señalar que entre los intelectuales de finales del siglo XIX e incluso a mediados del siglo XX, era común describir como “necrópolis” o “cementerios” a los asentamientos precolombinos; faltaba aún varias décadas para que los arqueólogos identificaran con consistencia a asentamientos como Guayabo, Agua Caliente y Las Mercedes, entre otros sitios, como vestigios de aldeas precolombinas, donde vivía gente, y dentro de las cuales, en algunos de sus espacios, enterraban a sus muertos. Fue hasta 1954, cuando Carmen Álvarez Chacón, quien había heredado la finca de su esposo Juan Gómez Álvarez en 1953, invitó al primer arqueólogo profesional costarricense, Carlos Humberto Aguilar Piedra, para que observara los vestigios arqueológicos que se hallaban en el lugar. Una segunda visita se llevó a cabo en 1961 (La Prensa Libre, 4 de junio 1966, p. 7), sin embargo, no fue sino hasta 1968 que Aguilar pudo realizar investigaciones arqueológicas en el sitio (Aguilar 1972: 21). En 1964 la finca de Guayabo fue adquirida por el Instituto de Tierras y Colonización (I.T.C.O.) (luego Instituto de Desarrollo Agrario [I.D.A] [1982- 2012], hoy Instituto de Desarrollo Agrícola [INDER]) y dividida en parcelas, que fueron ocupadas, principalmente, por las familias damnificadas por las erupciones del Volcán Irazú en 1963 y las inundaciones del río Reventazón. A partir de entonces Aguilar, quien laboraba para el Departamento de Historia y Geografía de la Universidad de Costa Rica (U.C.R.) desde 1962, solicitó al Estado que se reservara el área que cubría las estructuras para futuros estudios (La Prensa Libre, 4 de junio 1966, p. 7; Stansifer y Bozzoli 2000: 53). Entre septiembre de 1965 y marzo de 1966 el arqueólogo norteamericano William J. Kennedy realizó investigaciones arqueológicas a lo largo de la cuenca del río Reventazón (Kennedy 1968). Durante sus estudios en la zona localizó, prospectó y excavó decenas de sitios, muchos de ellos aledaños al sitio Guayabo de Turrialba. En la descripción de Kennedy volvemos a hallar, en una fecha tan tardía como 1968, una descripción de Guayabo como un cementerio (Kennedy 1968: 31,253) y no como una aldea dentro de la cual se enterraban individuos, esto a pesar de que, en la misma página y en el mismo párrafo señala que “… [Alfaro] believed to be an important center of population”. Este arqueólogo reportó que Guayabo (identificado como Finca Guayabo [C-34]) había sido declarado de interés histórico por el Museo Nacional y que por esa razón no había realizado ningún levantamiento cartográfico ni había excavado en el sitio; solamente se limitó a ofrecer parte de la descripción ofrecida por Alfaro del asentamiento. A continuación, procedió a ubicarlo cronológicamente como un sitio “(?) Middle Period” (400 d.C.-1400 d.C.), no obstante, no ofreció ninguna explicación acerca de las razones detrás de dicha decisión (Kennedy 1968: 253-254). LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO10 Las investigaciones de Carlos H. Aguilar Piedra El 3 de mayo de 1966 Aguilar Piedra, acompañado por la también profesora de la U.C.R., María Eugenia Bozzoli Vargas, realizaron una inspección del sitio y generaron un informe para el Instituto Costarricense de Turismo (Aguilar y Bozzoli 1966). En dicho informe señalaron lo siguiente: “Las ruinas parece que se mantienen en bastante buenas condiciones, en gran parte, gracias a que la vegetación está cubriéndolas de nuevo. Pudimos ver en algunos lugares de los montículos y parte de las calzadas. A pesar de que los huaqueros siguen haciendo excavaciones clandestinas, dejando abiertos los hoyos, algunos hasta de más de cuatro metros de profundidad, las estructuras de piedra siguen conservando sus condiciones primitivas. De las visitas que hemos realizado a las ruinas arqueológicas del Guayabo, podemos establecer las siguientes recomendaciones preliminares: 1) Que las ruinas de la finca Guayabo se destacan en este momento en el país por la magnitud de sus construcciones y por el buen estado de conservación. 2) Que es necesario establecer los elementos jurídicos del caso a fin de preservarlas de la destrucción, cuyo momento más oportuno es éste, por estar iniciándose la Colonia y la carretera está en construcción. 3) Que deben iniciarse las gestiones necesarias a fin de interesar a diferentes organismos autónomos, ICT, ITCO, Universidad, Municipalidades de Cartago y Turrialba, a fin de lograr un aporte económico para preservar y estudiar la zona arqueológica. 4) Iniciar trabajos de limpieza en la zona. 5) Levantar los planos e inventariar el material arqueológico y 6) Establecer un puesto de vigilancia en el área”. A mediano plazo algunas de dichas recomendaciones se cumplieron, como veremos enseguida, mientras las relacionadas con dotar de sustento económico a las instituciones relacionadas con el patrimonio arqueológico para garantizar la protección, conservación e investigación de Guayabo se han implementado de manera intermitente y limitada. MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 11 En 1968 Aguilar realizó el trabajo de campo en el sitio, para entonces conocido aún como “Los altares” o “Cementerio indígena”. Incluso la primera versión inédita del famoso libro que se iba a originar producto de esta intervención, la cual circuló internamente en el Laboratorio de Arqueología, llevaba como título Guayabo de Turrialba: Los altares (Aguilar 1971). Instituciones como el Instituto Costarricense de Turismo (I.C.T.), el I.T.C.O., la Organization for Tropical Studies (O.T.S., luego O.E.T.), la U.C.R. y la Municipalidad de Turrialba financiaron la investigación con el objetivo final de convertir el asentamiento precolombino en un centro turístico (La Nación, 27 de mayo 1966, p. 17; La Prensa Libre, 31 de mayo 1966, p. 4). Su estadía se dividió en dos temporadas; la primera desde el 24 de junio hasta el 20 de julio, en la cual se limpió el área de maleza y escombros. En la segunda, desde el 3 de agosto hasta el 24 del mismo mes, se limpió un área mayor, “se descubrieron varias calzadas, círculos de piedra con escaleras y rampas y recogimos varios abundantes materiales de tiestos en seis calas que practicamos en los montículos, así como como en el material de escombro” (Aguilar 1969: 3). Los objetivos consistieron en conocer el área aproximada del asentamiento, exponer y restaurar los elementos arquitectónicos, investigar posibles secuencias culturales y establecer una cronología apropiada del sitio y de la región (Aguilar 1968, 1970: 4, 1972: 23), mientras que las técnicas empleadas fueron la excavación horizontal con el fin de exponer las estructuras y la excavación de calas para definir las características estratigráficas de la zona. Tantos los objetivos como la estrategia utilizada eran representativos del perfil académico de Aguilar. Él estudió arqueología en la década de 1940 en la Escuela Nacional de Antropología e Historia en México y según sus propias palabras, en ese entonces la formación estaba orientada al “descubrimiento, restauración y conservación del patrimonio arqueológico” (Fonseca y Fonseca 1989: 10). Adicionalmente, Aguilar complementó sus estudios con pasantías con Gordon Ekholm en Tampico en la región Huasteca de México (Ekholm 1944: 321) y con Albert Spaulding en el estado de Kansas en los Estados Unidos, así fue como tuyo la oportunidad de recibir entrenamiento tanto en excavación estratigráfica como en análisis cerámico (Fonseca y Fonseca 1989: 10-12). Tanto Ekholm como Spaulding fueron personajes relevantes en el desarrollo de la corriente arqueológica denominada Histórico Cultural, cuyos intereses y objetivos estaban orientados a resolver problemas cronológicos y espaciales en torno a la distribución de los artefactos y rasgos culturales del pasado y cuya cúspide teórico y metodológica se alcanzaba en norteamérica justamente en esa época (p. ej. O’Brien y Dunnell 1997). LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO12 En Guayabo, durante las temporadas de 1968, Aguilar procedió a la excavación horizontal de las estructuras que se hallan entre la desembocadura del acueducto principal hasta el montículo D, pasando por la calzada y montículos Z, X, C, B, E y A que se encuentran en dicha área. También se realizó limpieza superficial de los montículos que se hallan en el sector suroeste (F, G, I y H) y otros puntos (acueducto, empedrado rectangular, etc.) que sirvieron para amarrar puntos para el levantamiento del plano. Posteriormente se efectuaron seis calas estratigráficas en diferentes sectores del sitio. Éstas fueron realizadas en los montículos G, F, Z, B, D y A (Aguilar 1972: 37-39). Antes, durante y al finalizar la investigación en el sitio se realizó el levantamiento planimétrico de las estructuras visibles y excavadas del área, el plano se comenzó a principios de 1968 y se finalizó completamente en 1969 (Aguilar 1970). La excavación parcial del sitio no permitió conocer su extensión, ni siquiera aproximada (Aguilar 1972: 13, 27-36), aunque él calculó que el sitio se extendía a lo largo de “por lo menos 15 manzanas”. Aguilar estableció la secuencia cultural del sitio desde el “periodo temprano” (antes del año 800 d.C.) hasta el año 1400 d.C. (Aguilar 1972: 129-131) y los artefactos y rasgos excavados en el sitio le permitieron establecer la fase Cartago para el Intermontano Central (Aguilar 1972: 133-134). De la investigación surgió la obra clásica en la arqueología costarricense Guayabo de Turrialba, arqueología de un sitio indígena prehispánico (Aguilar 1972) y una ponencia presentada en el XXXIX Congreso de Americanistas (Aguilar 1970). En las conclusiones de su libro, Aguilar expuso sus apreciaciones respecto al funcionamiento del asentamiento precolombino y de la sociedad que lo construyó y habitó a lo largo de la historia. Según el autor la aldea “…tuvo una posición destacada desde el punto de vista político y religioso” (Aguilar 1972: 135), y fundó esta inferencia en la ubicación del asentamiento y en la monumentalidad de las obras arquitectónicas presentes. Respecto a la selección de la ubicación del asentamiento Aguilar infirió que se debió a “las condiciones favorables de protección y aprovechamiento de las aguas”, además “[s]u ubicación en el camino obligado entre las tierras bajas del Atlántico [sic] y las altas centrales del país, le daban una posición muy destacada como sitio de tránsito” (Aguilar 1972: 134). Según Aguilar, el poder político del asentamiento estaba fundado en el poder religioso que debió haber tenido los chamanes que habrían habitado el lugar y esta inferencia la sustentó en la presencia de una red de calzadas regional y en la reputación histórica de los chamanes en las comunidades indígenas. El periodo de mayor desarrollo social y cultural se debió haber alcanzado en algún momento del periodo medio (800-1400 d.C.) y a “finales del periodo medio B, Guayabo debió haber experimentado un marcado descenso cultural” (Aguilar 1972: 134-137). MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 13 Las investigaciones de Aguilar en Guayabo ayudaron a cimentar la hipótesis de que la cultura Tairona, en la Sierra Nevada de San Marta en Colombia provenía originalmente del Caribe costarricense, y que llegaron por primera vez en el siglo X o XI de nuestra era (Aguilar 1972; Dussan 1967; Fonseca 1979; Reichel-Dolmatoff 1965, 1978, 1982). Los resultados de investigaciones posteriores llevadas a cabo en el Caribe colombiano descartaron dicha teoría, a favor de un desarrollo autóctono de la cultura Tairona, el cual fue más o menos contemporáneo al que tuvo lugar en el Caribe costarricense (Cadavid y Herrera 1985; Giraldo 2010; Groot 1980; Langebaek 1987; Reichel-Dolmatoff 1986). La excavación del sitio desde 1969 hasta 1977 continuó intermitentemente gracias a la colaboración de grupos como el Movimiento Nacional de Juventudes, Guías y Scouts de Costa Rica y voluntarios en general (La Prensa Libre, 7 de marzo 1972, p. 8). Durante este periodo de investigación hubo constante seguimiento y difusión en la prensa (La Nación, 27 de mayo 1966; La Prensa Libre, 31 de mayo y 4 de junio 1966; La Nación, 19 de julio y 1° de agosto 1968; La Nación, 2 y 30 de abril 1969, La Prensa Libre, 7 de marzo 1972). El interés se centraba en la importancia histórica de lo que se desenterraba y en las especulaciones sobre quienes habitaron el lugar; así mismo se puso mucho interés en la posibilidad de concretar el proyecto de convertir el sitio en un parque arqueológico. No obstante, la investigación en el sitio se vio fuertemente limitada por falta de recursos y escaso compromiso de parte de las instituciones gubernamentales, se podría decir que el trabajo arqueológico que se efectuó durante esos años fue posible gracias a esfuerzos casi personales de parte de Aguilar por conseguir recursos y voluntarios. Los esfuerzos de Carlos H. Aguilar Piedra y el apoyo que recibió de parte de instituciones como el I.C.T., la O.E.T., la Municipalidad de Turrialba y la U.C.R. hizo la declaratoria del sitio arqueológico Guayabo como Monumento Nacional. El Monumento, con una extensión de 60 hectáreas, fue creado un 13 de agosto de 1973, según la Ley No 5300 publicada en La Gaceta N° 161 del 29 de agosto de 1973. Este hecho fue realmente significativo no solo para el sitio en sí, sino para la práctica de la arqueología nacional en general. Primero, se conservó un sitio arqueológico; segundo se abrieron las puertas a estudiantes para que se entrenaran allí y a arqueólogos profesionales para que investigaran sin depender del permiso de propietarios privados; tercero fue la primera vez que se protegió mediante declaratoria por Ley un sitio arqueológico en Costa Rica y continuó siendo el único por más de 25 años hasta la declaratoria del sitio El Farallón en Guanacaste. A partir de su proclamación como Monumento Nacional el sitio quedó bajo el resguardo del Departamento de Parques Nacionales (posteriormente Servicio de Parques Nacionales [S.P.N.] y hoy el Sistema Nacional de Áreas de Conservación [SINAC]), adscrito a la LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO14 Dirección General Forestal del Ministerio de Agricultura y Ganadería (M.A.G.) (luego Ministerio del Ambiente, Energía y Telecomunicaciones [MINAET], hoy Ministerio del Ambiente y Energía [MINAE]. Posteriormente, en 1978, se incorporó el Ministerio de Cultura y Juventud y Deportes (M.C.J.D), hoy conocido como Ministerio de Cultura y Juventud (M.C.J.). Como veremos con más detalle más adelante, en 1978 el arqueólogo Carlos H. Aguilar P. reactivó y amplió la investigación en Guayabo al establecer el Trabajo Comunal Universitario (T.C.U.) en Guayabo de Turrialba. La U.C.R. retomó la excavación del sitio a partir de un proyecto de investigación que se fue construyendo y desarrollando conforme pasaron las temporadas de campo, el cual se ejecutó de manera conjunta con el T.C.U. en la zona. En su artículo “Parques arqueológicos en el Área Intermedia, estudio de dos casos: Guayabo de Turrialba en Costa Rica y El Caño en Coclé Panamá” Aguilar (1982) se pronunció por última vez acerca del sitio, aunque continuó siendo un consultor obligado para los trabajos de restauración. Debido a la falta de tradición respecto al establecimiento y manejo de parques nacionales dedicados a la arqueología en esta parte de América (lo que él llama Área Intermedia), el autor manifestó su posición acerca de las condiciones y objetivos que deben presentarse en un parque arqueológico. Para Aguilar el fin primordial de un parque arqueológico debía ser la protección de un contexto arqueológico definido. Pero, también, la creación de este debía establecerse a partir de una amplia proyección hacia los diferentes campos culturales de la comunidad. El parque debía de adecuarse a las necesidades del gran público, este no solo debía admirar la obra creativa sino también conocer su proyección en el tiempo y el espacio y sustentar la identidad y el ser del costarricense (Aguilar 1982: 196-197). El autor finalizó refiriéndose a su preocupación por los problemas de conservación y consolidación de las estructuras, debido a la exposición directa al agua y a la obstrucción los sistemas de drenaje, lo cual genera un acelerado deterioro en ellas. Problema que aún hoy se encuentra sin resolver. Investigación en el marco del Trabajo Comunal Universitario (1978-1988)5 Durante el Tercer Congreso Universitario, efectuado en los años 1971 y 1972, la U.C.R. delineó y estableció los pilares y la función del Trabajo Comunal Universitario (T.C.U.). El concepto de Universidad se discutió y redefinió enfatizando en su función como docente, ente dedicado a la investigación y comprometido con la acción social. El T.C.U. se conceptualizó como una modalidad de acción social, en donde la Universidad tenía la oportunidad de proyectarse a las comunidades a la vez que podía captar sus intereses y problemas. La acción social, dentro del T.C.U. se entendió como una interrelación entre el estudiantado MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 15 y profesorado con la comunidad donde se ejecutaba el mismo, en donde se debía de dar un intercambio de ideas, experiencias e intereses que desembocaran en aportes y soluciones para los problemas comunales y nacionales, esto dentro de un marco multidisciplinario. Es con estos objetivos que se abren los primeros T.C.U. en 1977 y un año más tarde el entonces Departamento de Antropología abrió el suyo en Guayabo de Turrialba (Arias, Chávez y Gómez 1987: 25-26). La escogencia de la Colonia Agrícola Guayabo para poner en marcha un T.C.U. respondió a la posibilidad de reactivar la investigación en la zona, dado que ésta era prioritaria en los intereses de lo que en ese entonces se denominaba “Sección de Arqueología” de la U.C.R., dirigida por Carlos H. Aguilar Piedra. El T.C.U. era una excelente oportunidad para contar con recursos, investigadores, espacio docente y un enfoque multidisciplinario para investigar el sitio Guayabo y posteriormente también las zonas aledañas. Temporada 1978 Carlos H. Aguilar Piedra estuvo al frente del T.C.U. únicamente la primera temporada de trabajo entre 3 al 15 de julio de 1978, en la cual se excavó parcialmente el llamado “Montículo de las esculturas” (posteriormente catalogado como montículo 48) y se inició el descubrimiento de la calzada Karagra (o Caragra como después se le conocería). Antes del inicio del T.C.U. el guarda del parque había descubierto una escultura en piedra y luego el personal de la U.C.R. descubrió que la escultura se hallaba asociada a un montículo y que estaba junto con otras pequeñas esculturas. Fue así como se decidió desde antes de iniciar el T.C.U que una intervención de dicho montículo se hacía necesaria. Como objetivo de la intervención se buscaba limpiar el rasgo y definir algún patrón (si es que existía alguno) de ordenamiento de las esculturas, además de la relación entre el rasgo arquitectónico y las esculturas. El montículo se descubrió hasta tres cuartas partes y se mapeó. Se descubrió una escalinata en su sector este. Se hizo hincapié en la relación entre el montículo y el “Monolito del jaguar y el lagarto” (Aguilar 1974) y además en un posible patrón entre las esculturas, el montículo, el monolito y el resto del contexto. Entre las recomendaciones dadas se solicitó que se debía finalizar la excavación del montículo, tanto a su alrededor como a su interior, para así determinar áreas de actividad y la relación con su contexto. Con la limpieza de la calzada se pretendía determinar su extensión y así aportar nuevos datos al estudio del complejo arqueológico. Así mismo, se inició el trabajo interdisciplinario y la acción social en la comunidad, relacionado con el T.C.U. LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO16 Temporada 1979 Para la segunda temporada del T.C.U. entre el 13 de enero y el 17 de febrero de 1979 el profesor Oscar M. Fonseca Zamora asumió la dirección del Proyecto de T.C.U. en Guayabo. Esta temporada se realizó siguiendo un enfoque interdisciplinario y con objetivos orientados a evaluar el potencial arqueológico y natural del parque además de la situación de la comunidad. En el caso del potencial arqueológico se propuso determinar la extensión del sitio, establecer un sistema de cuadrículas para referencia de labores en la zona, levantamiento de planos para el área descubierta hasta entonces e iniciar con las labores de restauración de los rasgos arquitectónicos. Al final, la tarea prioritaria de la intervención arqueológica fue actualizar el plano del componente arquitectónico, también se inició la prospección de los alrededores. Para tales propósitos se levantó un sistema de cuadrículas de 10 x 10 m orientado al norte, cuyo punto de referencia central (α) se estableció en el montículo principal, a partir de entonces Montículo 1. Se prospectó el área tomando como referencia las líneas principales y secundarias de la cuadrícula y siguiendo los transectos ubicando los rasgos y sondeando las zonas sin ellos. El principal resultado de esta primera etapa de investigación fue la confección de un nuevo plano del sitio, el cual actualizó el plano publicado por Aguilar en 1972. Con este nuevo plano, la extensión conocida del sitio aumentó a 3,8 hectáreas, es decir, en casi el doble. Así mismo, se implementó un sistema de análisis estructural del sitio mediante patrones significativos de distribución de rasgos arquitectónicos. Entre los datos obtenidos se contabilizaron un total de 50 rasgos, distribuidos en 43 montículos, tres acueductos, dos plazas, una calzada y un “encierro”. Dado que Fonseca interpretó los rasgos monumentales como contemporáneos y funcionando más o menos de manera sincrónica, procedió a agruparlos en siete conjuntos y estos a su vez en cuatro sectores, con base en la disposición del sistema de aguas y a la relación y características entre ellos (Fonseca 1979: 38-40). Algunos años después el plano se actualizó y se incluyó un montículo y una plaza más, para un total de 52 rasgos arquitectónicos (Fonseca 1983: 201-218; Fonseca y Hurtado de Mendoza 1981: 17-22). Los datos recopilados en la investigación fueron utilizados por Fonseca (1979, 1981) para comparar la arquitectura de Guayabo con sitios similares del Caribe costarricense y colombiano. La relación de los sitios en términos arquitectónicos, junto con las referencias que se hallan en las crónicas coloniales y etnohistóricas le permitió sustentar la idea de que hubo una comunicación vial bastante consolidada entre asentamientos ubicados en distintas regiones para el último periodo precolombino. MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 17 Hubo una segunda parte de trabajo de campo en ese mismo año, ejecutada dentro de la misma segunda temporada. En ella se llevó a cabo la prospección del sector sureste del parque y la excavación de una cala estratigráfica de un metro por un metro con una profundidad de 1,90 m. El T.C.U. cubrió otras áreas de investigación además de lo meramente arqueológico. En el ámbito social se trabajó en la tramitación de las escrituras de los dueños de las parcelas, la formación de la Asociación de Desarrollo de la comunidad de Guayabo, la construcción de la cañería, el potencial agropecuario de la zona, su situación socioeconómica y además se dieron cursos de corte y confección. En el campo natural se investigó el potencial biológico del parque y las características geológicas de la zona. Estas acciones no se dieron solamente por el carácter interdisciplinario que tenía que prevalecer en el T.C.U. sino también respondió a los requerimientos básicos, elementales para una comunidad rural pobre, la cual no disponía de los servicios sociales mínimos para la atención de las necesidades personales y colectivas, como por ejemplo la carencia de agua potable. La información recogida durante la segunda temporada permitió al CATIE y al S.P.N. crear el borrador del primer Plan de Manejo para Guayabo, el cual debía estar listo en 1981 para que funcionara durante cinco años. Sin embargo, hacía falta información para concluir el Plan de Manejo, sobre todo en lo que concernía a la restauración de los rasgos arquitectónicos. La tercera temporada del T.C.U. se planeó básicamente con el fin de subsanar esa carencia. Por otra parte, en 1979 Fonseca envió una carta a la dirección del Parque Nacional Guayabo, en la cual expresó su preocupación por el deterioro de las estructuras arqueológicas debido a su exposición permanente a agentes erosivos. En esa misiva se planteó la necesidad de crear un proyecto con el fin de detener el deterioro. También en ella se postularon los principales criterios de conservación y consolidación del sitio: lo esencial era habilitar, de inmediato, los desagües y acueductos del sitio dado que la acción del agua en las estructuras era la principal causa destructiva y, por otra parte, no se debía emplear materiales que no fueran originales del sitio y del modo constructivo, ni que pudieran alterar las características físicas del Monumento o la evidencia arqueológica que en él se encuentra. Temporada 1980 Como consecuencia de la preocupación por el mal estado de conservación de los rasgos arquitectónicos que componen el sitio arqueológico, se estableció una Comisión Técnica Asesora conformada por miembros de las diversas LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO18 instituciones involucradas en el sitio: U.C.R., S.P.N., CATIE y M.C.J.D. Esta Comisión, tomando como base la información generada por la investigación realizada en el ámbito local, planteó la necesidad de ampliar el área del Monumento Nacional para dar una mejor protección del recurso cultural y natural. Debido a ello, el 15 de febrero de 1980 el Decreto Ejecutivo N° 11148- A estableció: “...ampliar el Monumento Nacional Guayabo, para incluir áreas donde existen calzadas y otros rasgos arqueológicos, y bosques de particular valor biológico y paisajístico”. A partir de entonces el Monumento se amplió en 157, 9 hectáreas, alcanzando una extensión total de 217,9 hectáreas, de las cuales aproximadamente 15 correspondían al área arqueológica excavada en ese entonces. Al existir una mayor cobertura de protección de terreno en torno al sitio Guayabo surgieron mayores y mejores posibilidades de investigación dentro de una perspectiva regional, lo cual se aprovechó de inmediato como a continuación veremos. A principios de enero de 1980, el arqueólogo peruano Luis A. Hurtado de Mendoza se incorporó a la Sección de Arqueología de la U.C.R. Durante la década de 1970 la arqueología costarricense había experimentado una ampliación en los intereses de investigación y, principalmente, en el enfoque metodológico debido a, por un lado, los estudios realizados por Óscar Fonseca y Luis Hurtado de Mendoza en Estados Unidos y por el otro, al ingreso de arqueólogos estadounidenses a instituciones estatales gracias a recursos aportados por el Estado, en el caso del Museo Nacional, y por la Fundación Ford en la U.C.R. Al Museo Nacional ingresaron Frederick W. Lange, Michael J. Snarskis y posteriormente Robert P. Drolet, entre otros, quienes además de trabajar para el Museo Nacional también impartieron cursos en la U.C.R. (Bolaños 1993; Corrales 1999). Si bien la disertación doctoral de Hurtado de Mendoza trató acerca de los patrones de distribución de la obsidiana en las tierras altas del centro de Guatemala, durante sus estudios Pennsylvania State University estuvo expuesto a las ideas de, entre otros, William T. Sanders. Sanders fue uno de los principales exponentes del determinismo ecológico y del estudio de patrones de asentamientos en la arqueología. Esta influencia se vería reflejada en las próximas temporadas de investigación en Guayabo. Con su ingreso a la U.C.R., Hurtado de Mendoza asume de forma inmediata la dirección del T.C.U. de Guayabo. Entre el 7 de enero y el 8 de febrero de 1980 se llevó a cabo la tercera temporada de T.C.U. en Guayabo. Los objetivos fueron prácticamente los mismos que aquellos que se implementaron y no se concluyeron durante la temporada pasada. En dicha temporada se excavaron cuatro calas estratigráficas en el cuadrante noroeste del área arqueológica descubierta, esto con el fin de determinar MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 19 la naturaleza multicomponente del sitio y además obtener datos sobre las características ocupacionales del mismo a través del tiempo. En ellas se encontró: pisos de actividad, restos de estructuras, fogones, carbón, cerámica, lítica, entre otros restos. A partir de dichas calas se planteó la posibilidad de que el sitio hubiera estado ocupado durante al menos 4 fases culturales, de las cuales por lo menos dos, hayan incluido montículos como elementos arquitectónicos. En el análisis del material se utilizó las fases culturales propuestas para la vertiente Caribe Central (Snarskis 1978) y se concluyó que las fases que presentaron una mayor densidad de ocupación en Guayabo fueron las fases La Selva y La Cabaña, pero sobre todo durante la fase La Cabaña. En los informes inéditos de esta temporada Hurtado de Mendoza reportó haber encontrado varios pisos de actividad en la cala 1 los cuales interpretó como parte de un proceso de ocupación secuencial y de igual manera interpretó la presencia de al menos dos fogones. Él creía que los rasgos pertenecían a un proceso constructivo a lo largo del tiempo que produjo la superposición de estructuras. Lo cual, según él, correspondería a una larga tradición de uso y construcción de los montículos y “plataformas” en el sitio. Por otra parte, planteó la posibilidad de que la primera ocupación del sitio estuvo al margen de un riachuelo extinto que cruzaba lo que es ahora el “centro” del sitio (Hurtado de Mendoza 1980a: 4-5; 1981a: 3-4). Es así como Hurtado de Mendoza cuestionó que las diversas estructuras descubiertas en el sitio Guayabo de Turrialba llegaran a conformar, en la fase Cartago o en cualquier otra, una unidad arquitectónica; planteamiento diametralmente opuesto a la interpretación propuesta por Fonseca tan sólo un año antes. Más bien planteó que la utilización de todo el complejo de estructuras nunca fue simultánea (Hurtado de Mendoza 1980b: 2-5, 10-13). Fue en julio de 1980 cuando Fonseca y Hurtado de Mendoza plantearon el proyecto de investigación denominado “Secuencia cultural y patrones de asentamiento en la región de Guayabo de Turrialba” el cual echaría a andar al año siguiente. Dos eran los objetivos del proyecto, por un lado, refinar y describir la secuencia cultural, y por el otro, se buscaba reconstruir los patrones de asentamiento y sus cambios en el mismo periodo. Claramente el elemento más novedoso que se incorporó en el T.C.U. de Guayabo durante la década de 1980 estaba ligado a ese segundo objetivo, la incorporación de una perspectiva regional de investigación no se había llevado a cabo en las décadas anteriores. Si bien Kennedy había tenido un interés en esa dirección, su estrategia fue asistemática y, como vimos, tuvo problemas para acceder a Guayabo. La prospección del sitio y de sus alrededores se denominó Operación 7 y cada suboperación correspondió a cada parcela que estableció el I.T.C.O. en Guayabo. Posteriormente, los investigadores dividieron el territorio en subregiones. LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO20 Temporada 1981 Durante 1981 se realizaron varias operaciones tanto en el ámbito de macro patrón de asentamientos como en el de micro patrón de asentamiento. Las investigaciones desarrolladas en 1981 fueron la continuación de los estudios iniciados en 1980, dada la naturaleza continua de los trabajos. Los objetivos estaban orientados a redefinir la secuencia cultural propuesta para el asentamiento (Aguilar 1972) y reforzar la secuencia regional (Snarskis 1978) a partir del análisis de materiales provenientes de calas excavadas en posibles basureros precolombinos y, también, conocer la función de las estructuras, su momento de construcción y de uso y fechar su último momento ocupacional. También se continuó con la prospección de las parcelas aledañas al Monumento con el fin de determinar su extensión; de esta manera se fueron localizando nuevos rasgos y asentamientos. También inició el seguimiento de las calzadas “Norte” (posteriormente denominada calzada “El Palomo”) y de la calzada Caragra. La extensión del sitio se fijó, entonces, en 32 hectáreas. Los sectores de tumbas localizados al oeste y noroeste del área nuclear y las concentraciones de cerámica fragmentada hacia el este, sureste y sur de la misma fueron circunscritos en esta nueva definición del área del sitio. Por último, se subrayó el carácter superficial de la inspección y el impedimento de acceso a algunas áreas restringidas (Fonseca y Hurtado de Mendoza 1981: 10-11). Por otra parte, los profesores de la Escuela de Ingeniería Civil de la U.C.R., Jorge Dubón y Hernán Solís, así como las estudiantes de arqueología Magdalena León y Leonora Carboni, evaluaron las obras hidráulicas del sitio (Dubón et al. 1981). El objetivo de la evaluación era describir el complejo hidráulico tanto en su aspecto constructivo como funcional, así como la relación entre los distintos componentes de la red, esto con el fin de elaborar una hipótesis sobre la forma de funcionamiento original del mismo. Acerca del drenaje de aguas pluviales los autores indicaron que las calzadas empedradas y la forma circular de los cimientos ayudaron en gran medida en esta tarea. También, el empedrado fue una solución para la erosión y el levantamiento de las edificaciones por encima del terreno ayudó a controlar los problemas de inundación. Haciendo un recuento, durante ese año se realizaron 6 operaciones: de la 11 a la 16, además de las labores topográficas (actualización de planos) y de conservación (operaciones 8, 9 y 10). Temporada 1982 Para 1982 se continuó con la prospección regional y también se trabajó con estudiantes de Ingeniería Civil en Guayabo con el fin de, entre otras cosas, MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 21 identificar los factores de deterioro que la naturaleza estaba provocando sobre las estructuras del Monumento. Los problemas al respecto se agruparon en dos categorías: aquellos producidos por el desequilibrio hidráulico del sitio y el segundo relacionado directamente con la acción de la flora y la fauna dentro del sitio. Se consideró al primero como el más crítico y complejo de solucionar. En cuanto al problema hidráulico, se determinaron tres causantes básicos: erosión, causada principalmente por la lluvia, asentamientos del terreno, producto de la erosión y la “subpresión”, causada por el acumulamiento del agua al interior de las estructuras ejerciendo una fuerte presión lateral en la pared del montículo, produciendo un efecto de volcamiento, esto debido a que las estructuras no están cubiertas, como originalmente estuvieron. Por otra parte, los problemas relacionados con la flora y la fauna se delimitaron a tres elementos: (1) las hormigas, las cuales generan grandes problemas de erosión debido a la creación de hormigueros, (2) los árboles, debido a que las raíces de estos desestabilizan las estructuras o simplemente las deforman y (3) los animales como armadillos y roedores quienes socavaban sectores importantes de las estructuras. Las observaciones y recomendaciones iban dirigidas a la urgencia de excavar en su totalidad la red hidráulica del sitio y ponerla a trabajar cuanto antes para así detener en gran medida el deterioro de las estructuras se continuaba repitiendo una y otra vez en el transcurso de los años. En ese mismo año también se buscó caracterizar e ilustrar los petrograbados hallados en Guayabo, reconocer alguna relación existente ellos y los rasgos arquitectónicos y ofrecer alguna interpretación contextual (Fonseca y Acuña 1986: 237-254). Por estar asociados con los rasgos arquitectónicos del sitio, los investigadores interpretaron que los petrogrados habían sido creados durante la última fase de ocupación del asentamiento y, según ellos, tendían a estar asociados con los rasgos que componen la red hídrica del sitio y por lo tanto estaban relacionados con el tema del agua. Muchos de los resultados obtenidos hasta el año 1982 fueron publicados por Fonseca y Hurtado de Mendoza dos años después (Fonseca y Hurtado de Mendoza 1984). La dirección del proyecto se reforzó, dado que a partir de mediados de 1982 la arqueóloga Ana Cecilia Arias Quirós se incorporó como corresponsable del T.C.U. No obstante, en 1982 se inició el recorte presupuestario para el T.C.U., problema que se agravaría durante 1983. Las restricciones económicas iniciadas en 1982 y agravadas para el año 1983 hizo necesario centralizar las actividades de la temporada de T.C.U. en el Laboratorio de Arqueología de la U.C.R. LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO22 Por otra parte, la comisión creada en 1980 con el fin de brindar asesoría para la conservación de Guayabo se oficializó mediante el Decreto Ejecutivo No 022-C del año 1982, con el nombre Comisión Interinstitucional Asesora para la Conservación del Monumento Nacional Guayabo. La comisión se creó con el fin de asesorar y apoyar al S.P.N., en el desarrollo y manejo del área. El organismo se integró con representantes de la U.C.R., S.P.N., CATIE, M.C.J.D., el Museo Nacional de Costa Rica y el ICOMOS. Temporada 1983 Las excavaciones en Guayabo y las prospecciones del asentamiento y de regiones aledañas continuaron durante esta temporada. Para los arqueólogos de la U.C.R. era indispensable la relación permanente con instituciones nacionales, además de otras unidades académicas. A pesar de que la U.C.R. aportaba recursos a través de las Vicerrectorías de Investigación y de Acción Social, además del apoyo que pudiera brindar la Escuela de Antropología y Sociología, la naturaleza del proyecto hacía necesario el aporte constante de entes que pudieran involucrarse directa o indirectamente. Los organismos que colaboraban para entonces eran los siguientes: M.A.G., a través de su S.P.N.; M.C.J.D.; el Museo Nacional; el Centro Agronómico Tropical para la Investigación y la Enseñanza; la Municipalidad de Turrialba; la comunidad de Guayabo; el Centro Universitario del Atlántico; y numerosas Escuelas de la U.C.R. donde destacaban: Física, Ingeniería Civil, Topografía, Biología e Informática y Computación a través del Centro de Análisis de Datos. La participación de estas instituciones había permitido contar con la financiación necesaria, facilidades de campo durante la estadía, ya sea en el sitio Guayabo de Turrialba (Parques Nacionales) o en Turrialba (Centro Universitario del Atlántico) y facilidades de laboratorio (Laboratorio de Arqueología en la Sede Central). Sin embargo, persistían las conversaciones para contar con facilidades más amplias en el Centro Universitario del Atlántico. Las relaciones con instituciones extranjeras, si bien se contemplaron, nunca llegaron a concretarse. Temporada 1984 El año de 1984 sería el último año de investigación arqueológica enmarcada dentro de un proyecto de investigaciones regional e intrasitio. Sería el año de las últimas investigaciones y resultados del proyecto Secuencia cultural y patrones de asentamiento en la región de Guayabo de Turrialba, justo cuando la investigación en Guayabo estaba comenzando a tener mayor presencia y difusión internacional (p. ej. Goldstein 1985: 882-883). MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 23 En 1984 se intensificó el trabajo de campo en tres zonas: el sitio Guayabo (C- 362 MNG / UCR 43) y su periferia, el valle de Turrialba y la región de Ta’lari en la cuenca media del río Pacuare. También continuó una labor comenzada en 1983 con la cual procuraba ubicar los sitios asociados a una calzada que se prolonga desde el sitio Guayabo hacia el norte (calzada Palomo). Se determinó que la calzada se extendía por casi 6,5 km, y se señaló que su ancho variaba entre 2,5 y 3 metros (Hurtado de Mendoza y Gómez 1985). En octubre de 1984 durante el Primer Seminario de Ingeniería de los Recursos Hidráulicos se presentó los resultados de las investigaciones en ingeniería hidráulica efectuadas en Guayabo (Dubón, Solís y Fonseca 1984). Se delimitaron tres sistemas principales: Sistema Mayor de Abastecimiento de Agua, Sistema Menor de Abastecimiento de Agua y Sistema de Drenaje de Aguas Pluviales, correspondiendo a los anteriormente llamados: Zona de Tanque Mayor, Zona de Tanque Menor y Drenaje de Aguas Pluviales, respectivamente. Además, respecto a los elementos conformadores del Sistema Mayor de Abastecimiento de Agua se enumeraron: una toma, un embalse disipador, un tanque de captación, dos canales de conducción, un embalse, un vertedero, un puente, y un canal de desfogue. Entre los hechos que se destacaron en el ámbito de aspectos constructivos del sistema se mencionó la técnica de construcción de los canales, la cual permitió la construcción de calzadas sobre los mismos. El uso de piedras planas (lajas) y cantos rodados en las paredes y techos en los canales y además la calzada misma daban una condición impermeabilizante y así una protección eficaz contra la contaminación del agua potable por aguas pluviales o contaminantes sólidos. Además, el interior del canal, debido a la ausencia de luz, constituyó un ambiente no favorable al desarrollo de las plantas, lo que permitió el funcionamiento adecuado de los mismos. Según se desprendía del análisis, en general, de la topografía del sistema y la pendiente de los canales surgió la hipótesis de que estos vinieron a sustituir a quebradas existentes. El Sistema Menor de Abastecimiento de Agua faltaba aún de excavar en su mayoría, aún no se había encontrado la toma, la cual se creía debía de estar en algún punto de la quebrada La Chanchera. El Sistema de Drenaje se efectuaba por varios métodos: uno era las propias calzadas, otro era los canales abiertos, y el último era los pozos de drenaje. Si bien existió la intención de implementar investigación arqueológica en Guayabo enfocada en localizar restos de ecofactos que proporcionaran información sobre los hábitos alimenticios, explotación de recursos, fechamiento e identificación de especies, lo cual no fue posible debido a diversos obstáculos presupuestarios y administrativos que imposibilitaron tal objetivo (Arias 1985a: 67). También se procedió a la localización y el mapeo de varios sectores LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO24 de tumbas, con miras a detectar patrones mortuorios. En el ámbito regional se había iniciado el mapeo e investigación en el sitio Ta’Lari (C-402 TL / UCR 282), y los períodos más tempranos estaban siendo estudiados en yacimientos ubicados en el Valle de Turrialba, acciones que tenían la intención de proveer información sobre las actividades humanas más antiguas de la región. A finales de 1984 se designó a la profesora Ana Cecilia Arias Quirós como Directora del Proyecto T.C.U. de Guayabo. Temporada 1985-1988 Durante 1985 Arias desarrolló un proyecto denominado “Arcillas y cerámica en la región de Guayabo de Turrialba” (Arias 1985b) cuyo objetivo era el de esclarecer la relación entre yacimientos de arcillas y cerámica en la región, intentando clarificar procesos de desarrollo del intercambio, especialización y desarrollo regional entre otros. Dentro del proyecto estaban involucrados profesores de la Escuela de Química y de Artes Plásticas de la U.C.R. El sitio designado para iniciar la investigación fue Guayabo de Turrialba y los tipos a investigar preliminarmente fueron Guayabo Bicromo y Guayabo Rosado por presentar “una incidencia importante en el sitio”. Algunas muestras de arcillas se habían recolectado durante la temporada de campo de T.C.U. durante enero y febrero de 1985. Durante esa inspección en los alrededores del Monumento Nacional se lograron detectar 25 yacimientos en 16 km², “con diferencias cualitativas entre ellos”. El objetivo del T.C.U. para el año de 1986 giraba en torno a la comunidad, la relación con ella, la determinación de estrategias para atacar sus problemas, así como el ofrecimiento de la asesoría para la búsqueda de nuevas vías de desarrollo para la Colonia Agrícola Guayabo de Turrialba y para el Monumento Nacional Guayabo (Arias 1985c). De nuevo, asesorías en el campo de la salud, la nutrición, organización comunitaria y asuntos legales, además del seguimiento a las charlas y actividades recreativas de la temporada anterior fueron el campo de acción del T.C.U. para 1986. Respecto al Monumento, se pretendía realizar un diagnóstico de su estado de conservación. Fue entonces cuando se elaboró un documento entre la directora del T.C.U., el arqueólogo Carlos H. Aguilar y algunos estudiantes de ingeniería sobre los problemas de conservación del Montículo principal y algunas posibles soluciones al respecto (Aguilar et al. 1986). La única intervención en este sentido fue la continuación de la Operación 17 por la arqueóloga Dalia Castillo, en ese entonces asistente del T.C.U., quien excavó 12 cuadros de 2 x 2 m en el sector norte del sitio cerca del tanque de captación. A mediados de 1986, la hasta entonces directora del T.C.U. Guayabo, Ana C. Arias dejó la coordinación (Arias 1986) y ésta fue asumida MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 25 por el arqueólogo Sergio Chávez Chávez hasta su finalización en 1988. Chávez continuó con la misma línea de dirección del T.C.U. que había impuesto Arias, el objetivo seguía siendo el de colaborar con la comunidad en la resolución conjunta de sus problemas (Chávez 1986: 2-3). El año de 1987 fue el último del proyecto “Cuadro espectrográfico de cerámica precolombina de la región de Guayabo de Turrialba (No 113-81- 013)”. Después de la salida de Hurtado Mendoza en 1985, el proyecto continuó como investigación de la Escuela de Física bajo la responsabilidad de Alfonso Salazar y Luz María Moya. El objetivo de la última etapa era clasificar, analizar y establecer correlaciones entre elementos preestablecidos como referencia con el fin de establecer la existencia, o no de discontinuidades observables que permitieran definir grupos característicos de tiestos. Se analizó cerámica de los tipos Guayabo Rosado, Irazú Línea Amarilla y Cot Línea Negra, todos provenientes del sitio Guayabo, también se analizó 11 muestras de arcilla obtenidas de la Subregión 1 (Salazar y Moya 1987). Dentro de los resultados se destacó las características similares entre la arcilla irradiada y el tipo Guayabo Rosado y la similitud espectral entre los tipos Cot Línea Negra e Irazú Línea Amarilla, estableciéndose así una correspondencia de zona y época entre ambos. Con estos datos finalizó el último remanente del proyecto de investigación arqueológica en Guayabo establecido por la U.C.R. durante la década de 1980. En 1988, con motivo del cumplimiento de los diez años de T.C.U. en Guayabo, Chávez organizó una actividad conmemorativa denominada “Guayabo de Turrialba: Pasado y Presente” la cual consistió en producir una monografía y organizar una actividad con la comunidad y las autoridades universitarias (Chávez 1987). En la monografía (Chávez 1993) se compiló la información que había producido el T.C.U. en Guayabo durante sus 10 años de existencia con el fin de darla a conocer al público en general. En la actividad con la comunidad y las autoridades universitarias, en mayo de 1988, se hizo entrega del borrador de la monografía y se homenajeó a Carlos H. Aguilar Piedra. El T.C.U. en la comunidad se detuvo a partir de esa fecha y se volvió a reactivar en el año 2000, en una segunda fase que duró otros ocho años. Aprendizajes durante el periodo en estudio Como sería de esperar de cualquier sitio arqueológico que ha sido intervenido por múltiples décadas y múltiples investigadores, las intervenciones acumuladas en Guayabo están compuestas de una serie de aciertos y también de desaciertos que han dejado enseñanzas valiosas para el desarrollo de la investigación en Costa Rica, y esto es así desde el siglo XIX. Así, por ejemplo, como hemos visto, Guayabo fue el lugar donde tuvo lugar el primer ejercicio de documentación de LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO26 una excavación en sitio arqueológico, siguiendo los parámetros generales de la época. Además, sus objetos y su contexto ayudaron, junto con otras colecciones, a crear e impulsar el Museo Nacional de Costa Rica y a iniciar la construcción académica de una historia precolombina del territorio costarricense. Sin embargo, para realizar esto último, algunos intelectuales de la época rápidamente se dieron cuenta de que requerían de elementos que no tenían a mano, como lo era un presupuesto básico, elemental, que les permitiera conservar las colecciones arqueológicas y una formación profesional que les permitiera profundizar y ampliar los estudios de las colecciones y de los sitios arqueológicos. Este tipo de reflexión, presente de manera particularmente lúcida en Juan Fernández Ferraz (1898a, 1898b, 1899), representa una toma de consciencia temprana de lo que el desarrollo de una disciplina como la arqueología demandaba, y aún demanda, de las instituciones del Estado. También Guayabo se convirtió en el primer Monumento Arqueológico del país, lo cual le garantizó un resguardo legal y propició su posterior fama nacional e internacional, y que le valió ser prácticamente el único sitio arqueológico emblemático de Costa Rica por cerca de cuarenta años, hasta que felizmente en el 2014 se le unió en ese honor el conjunto de sitios con esferas de piedra del Diquís. Por lo tanto, Guayabo es uno de los principales referentes que tiene el costarricense acerca del pasado del territorio que habita y de igual forma lo es para el extranjero interesado en el pasado remoto de esta parte del mundo. Por otra parte, en Guayabo ha contribuido a la formación de generaciones enteras de arqueólogos nacionales, siendo este uno de los principales objetivos trazados con Carlos H. Aguilar Piedra cuando tomó la iniciativa de investigar y conservar el sitio en la década de 1960. Además, como hemos descrito, la Colonia Guayabo fue el centro de acción de los primeros T.C.U. de la Universidad de Costa Rica, en donde tuvo lugar una colaboración exitosa entre las comunidades locales y la institución universitaria, colaboración que fue reflejo y modelo del concepto de acción social propuesto en la década de 1970. Las distintas etapas de la historia de la investigación en Guayabo reflejan con claridad los componentes teóricos y metodológicos de los distintos momentos del desarrollo de la disciplina en Costa Rica y en el mundo. Las intervenciones de Alfaro, de Aguilar, y de Fonseca y Hurtado de Mendoza, fueron muy diferentes en sus objetivos y en sus métodos y técnicas porque, en gran medida, corresponden a momentos históricos distintos del desarrollo de la arqueología. Los intereses de Alfaro giraban principalmente en torno al valor estético de los artefactos y de las habilidades artesanales de sus creadores y, adicionalmente, él como buen naturalista e intelectual, sabía que debía dejar algún tipo de registro, de descripción, de lo qué excavó y qué encontró en el sitio. Este escenario no se aparta en lo absoluto de lo que era la práctica común de la arqueología a MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 27 finales del siglo XIX. La formación profesional de Aguilar en la época y bajo la guía de algunos de los pioneros de la arqueología histórico cultural hizo que su interés se enfocara en conocer la profundidad temporal del asentamiento, de conocer sus componentes culturales, de delinear sus fases y de iniciar el proceso de exposición de las estructuras que componían el sitio. Estos objetivos fueron representativos de la práctica común de la arqueología durante el siglo XX en la mayor parte del mundo y, en gran medida, lo siguen siendo. Por último, durante sus estudios de posgrado, tanto Fonseca como Hurtado de Mendoza fueron influenciados por los desarrollos más tempranos de la Nueva Arqueología, especialmente respecto a la idea de que era necesario trascender la descripción artefactual y tratar de reconstruir procesos sociales a través diseños de investigación que apuntaran hacia ello. También fueron influenciados por los estudios de patrones de asentamiento, a escala intrasitio como a escala regional desarrollados en el suroeste de los EE. UU. y en México en las décadas de 1960 y 1970. Estas influencias se ven reflejadas en sus ambiciosas propuestas de investigación las cuales esbozaban metodologías sofisticadas y sistemáticas y en el enfoque multidisciplinar que introdujeron a la práctica arqueológica. No obstante, la puesta en ejecución de las propuestas y los alcances de sus resultados fueron problemáticos y limitados debido a múltiples razones. Si bien las propuestas presentaban objetivos ambiciosos y estrategias de campo sistemáticas, el proceder en el campo y en el laboratorio fue poco sistemático y su registro confuso e incompleto. Una justificación para ello se encuentra en el propio relato de los investigadores en los informes de investigación y del T.C.U., en algunos de los cuales se señala que el tiempo y los recursos que tenían a su disposición eran muy limitados para poder atender las labores docentes, administrativas y de investigación de manera simultánea. Adicionalmente, dado que las labores docentes y de administración eran impostergables, el componente de investigación era el más vulnerable a la hora de elegir qué privilegiar. Es justo señalar que la implementación de estrategias metodológicas sistemáticas en arqueología requiere de mucho planeamiento y de mucho orden y esto, por supuesto, demanda mucho tiempo y que el trabajo con estudiantes en formación requiere también de mucho tiempo y de mucha atención; especialmente en contextos sociales y naturales que son complejos de controlar para los profesores-investigadores. No obstante, quizás si el proyecto de investigación en Guayabo se hubiese focalizado en uno, o unos pocos objetivos, el impacto de este problema habría sido mucho menor. La amplitud, generalidad de los objetivos esbozados y la diversidad y variedad de las acciones ejecutadas en el campo, en contraste con la duración del proyecto y de la permanencia de los investigadores explica, al menos parcialmente, la poca concordancia entre objetivos y resultados. Si tomamos en cuenta que Fonseca sólo estuvo vinculado formalmente al proyecto entre 1979 y 1982, y que LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO28 ya a mediados de 1984 el proyecto no existía más, entonces no es de extrañar que los alcances de la investigación fueran limitados respecto a los objetivos perseguidos. Por otra parte, las publicaciones respecto a las investigaciones en Guayabo durante la década de 1980 fueron abundantes respecto a la producción arqueológica nacional en general y las publicaciones de Fonseca y de Hurtado de Mendoza sobre el tema continúan siendo hitos ineludibles en la literatura acerca de la historia antigua del territorio que hoy es Costa Rica. Estas valiosas publicaciones son exposiciones razonadas de resultados y síntesis interpretativas, necesarias para el avance del conocimiento de la historia antigua. Ahora bien, una característica esencial de cualquier síntesis y exposición interpretativa es que, por razones de tiempo y espacio, el investigador sólo puede referirse a lo que se propuso a investigar y, por lo tanto, la exposición de los datos es parcial, limitada a algunos de los análisis que se realizaron en el proceso. Por esta razón es tan importante y necesario en la práctica arqueológica dejar un registro detallado y completo de la información que se recolecta en el campo y de lo que se analiza en el laboratorio. Los informes de investigación deben de contener la información detallada de las acciones específicas ejecutadas y ser completos y detallados en cuanto a los datos recuperados, tanto en el campo como en el laboratorio. Por supuesto, la información recuperada y contenida en un informe de investigación estará siempre delimitada por aquellas variables que el investigador debería de categorizar como relevantes para su investigación, a partir del proceso de operacionalización de sus hipótesis de trabajo. No obstante, artículos de síntesis interpretativas, por su naturaleza, nunca exponen todas las variables utilizadas en las investigaciones, ni todos los datos obtenidos, ni tampoco todos los análisis hechos. Ese tipo de información, cuando es registrada, se le conoce como informes de investigación o como las bases de datos completas de las investigaciones. Para el caso de Guayabo la información básica de las acciones en el campo y en el laboratorio sólo existe, y de manera parcial y poco estandarizada, en los trabajos generados por los estudiantes para sus cursos de campo y laboratorio. Esta información nunca fue integrada, sistematizada, completada y publicada, lo cual representa un grave error sobre el cual los arqueólogos debemos de reflexionar y aprender para no repetir. La publicación, en físico o en digital de la información completa recuperada en la investigación no puede seguir siendo considerada como una extravagancia o una acción voluntaria, opcional, por parte del investigador o del consultor en arqueología, debería de ser un requisito indispensable solicitado a todo profesional en la disciplina al culminar cada proceso de investigación. Al fin de cuentas, esa información será, en la gran mayoría de las ocasiones, el único patrimonio que quede disponible para las futuras generaciones proveniente de los sitios arqueológicos desaparecidos; especialmente si consideramos que MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 29 sin esa información es imposible contextualizar los objetos arqueológicos más allá de su proveniencia de un sitio determinado. Por lo tanto, la posibilidad de explorar otras preguntas o de utilizar otras estrategias metodológicas y técnicas depende y dependerá, en gran medida, de si existen o no estas bases de datos completas y sistemáticas para los sitios arqueológicos que ya no existen o que han sido modificados de manera irreversible por la práctica misma de la arqueología. En conclusión, Guayabo ha sido una guía o termómetro del estado y desarrollo de la arqueológica nacional, con sus aciertos y desaciertos. El análisis crítico de lo que se ha investigado en Guayabo representa una oportunidad inmejorable para aprender no sólo acerca del desarrollo de la arqueología en Costa Rica, sino también acerca de qué cosas son necesarias de replicar, de imitar, de fortalecer, de impulsar y acerca de qué cosas debemos de evitar y desterrar de nuestra disciplina. El aporte de figuras como Alfaro, Aguilar, Fonseca, Hurtado de Mendoza, Arias, entre otros, en la investigación en Guayabo durante sus primeros cien años fue fundamental e invaluable para nuestro acervo de conocimiento acerca de nuestra historia antigua y para el desarrollo de nuestra disciplina. Además, Guayabo seguirá siendo un símbolo ineludible de la arqueología nacional, no sólo por la información que aporta y que seguirá aportando acerca de la historia antigua del territorio que hoy es Costa Rica, sino también porque es parte central de la historia de las dos instituciones que concentran la investigación arqueológica del país: el Museo Nacional de Costa Rica y la Escuela de Antropología en la Universidad de Costa Rica. Si bien lo que ha ocurrido posterior al año 2000 queda fuera del análisis del presente artículo, es importante reconocer y mencionar que la investigación en Guayabo ha continuado durante el siglo XXI, impulsada desde la Universidad de Costa Rica. Esto ha sido posible gracias a distintos apoyos que se han recibido desde la rectoría, las tres vicerrectorías, la Escuela de Antropología y, recientemente, desde el Centro de Investigaciones Antropológicas. A partir del año 2010 se creó un nuevo programa de investigaciones permanente para Guayabo (Alarcón 2012; Murillo y Alarcón 2010), el cual ha sido abordado y ejecutado desde una perspectiva multiescalar e interdisciplinaria. En la última década se han ejecutado acciones conjuntas con diversas escuelas y centros de investigación de la U.C.R. tales como: la Escuela Ingeniería Topográfica, la Escuela de Ingeniería Civil, la Escuela de Ingeniería Industrial, la Escuela de Química, la Escuela Centroamericana de Geología, el Centro de Investigaciones en Productos Naturales, el Centro de Investigaciones en Estructuras Microscópicas, el Centro de Investigaciones en Granos y Semillas y el Centro de Investigaciones en Biología Celular y Molecular y el Canal U.C.R. LA INVESTIGACIÓN ARQUEOLÓGICA EN GUAYABO30 Así como, instituciones internacionales tales como la Universidad de Estudios Extranjeros, Kyoto, Japón, Universidad Waseda, Tokio, Japón, Universidad de Bologna, Italia, y la Universidad Nacional Autónoma de México. Gracias a ello se ha investigado acerca de la temporalidad de la ocupación, su extensión, los procesos constructivos, el sistema hidráulico y el estudio de factores que afectan la conservación del asentamiento, entre otros temas. Todo este trabajo y colaboración ha venido brindando resultados los cuales se han plasmado en publicaciones (Alarcón 2013, 2017, 2018; Arroyo 2020; Ruíz et al. 2018), en investigaciones de maestría y doctorado (Alarcón 2014 y 2019) y en numerosos informes inéditos. NOTAS 1. Por lo tanto, si el lector desea conocer acerca de otras acciones llevadas a cabo en el Monumento durante esos primeros 100 años, como conservación y restauración, y sobre la acción social implementada en las comunidades aledañas, se le invita a que consulte Murillo 2012; de igual manera, si se desea profundizar en algún aspecto de investigación llevada a cabo durante el periodo aquí reseñado. 2. Como lo señala el genealogista Mauricio Meléndez Obando (1998, 2003), los apellidos que le correspondían a José Ramón Rojas Troyo eran Rojas Serrantes, no obstante, durante el periodo colonial y aún en el siglo XIX con cierta frecuencia las personas se cambiaban sus apellidos por otros que se concibieran como de un mayor prestigio: “en la década de 1830, los tres varones que transmitieron el apellido Troyo eran Rojas Serrantes, pero ellos usaron y fueron más conocidos como Rojas Troyo, incluso en algunos documentos firman Rojas Troyo o R. Troyo. El apellido Troyo procedía de la madre de estos Rojas pues se llamó María de Jesús Serrantes Suárez o Serrantes Troyo (según Fernández 1888, sus apellidos eran Cerantes Arnesto de Troya), cuya madre, Juana, fue conocida como Juana Troya, Juana Troyo o Juana Suárez. Juana fue lo que se llamó “hija natural” de doña Petronila Arnesto de Troya y don Antonio Suárez”. Este mismo fenómeno parece ser también la causa detrás del hecho de que a su colección se le conociera como “Colección Troyo” o “Museo Troyo”, sin el apellido Rojas. 3. El término “duplicado” podría interpretarse al menos de dos formas: como réplica, es decir, como una copia de un objeto original, o como un objeto original repetido. No obstante, más adelante en la respuesta que da Rojas Troyo a Polakowsky se puede inferir que, en ese contexto histórico, la interpretación correcta del término es la segunda definición, la de objeto original “repetido”: “Los objetos más importantes de mi colección no están duplicados…de algunos [de los 3000 objetos] hay duplicados” (Polakowsky 1888: 210). 4. Acerca del trabajo de Alfaro en Guayabo, remito al lector a Rojas 2020. 5. Esta sección es un resumen de una extensa sección publicada en Murillo 2012 y, por lo tanto, condensa la información contenida en decenas de informes inéditos. Si se desea consultar las referencias específicas a los documentos inéditos se remite al lector al libro señalado. MURILLO, M. VÍNCULOS 41 (2018): 31 LITERATURA CITADA AGUILAR, C. H. 1968. Actividades en Costa Rica. Parque Arqueológico de Guayabo de Turrialba. Boletín Bibliográfico de Antropología Americana 31: 7-8. _____ 1969. Informe de labores, 1968. 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